Pulgasari (1985)

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Pulgasari (Pulgasari, 1985) es una de las pocas muestras de cine norcoreano que se puede encontrar en mercados occidentales. La película se realizó en el país más hermético del mundo y alrededor de ella se han escrito numerosas cosas, algunas de las cuales seguramente nunca serán posibles de comprobar nunca. Parece ser que el filme se realizó con el propósito de demostrar las bondades del régimen mediante una fábula medieval. Lo cierto es que la película la dirigió Shin Sang-Ok (con producción del propio Kim Jong-Il) un director de cine surcoreano, que fue secuestrado en el 1978 por orden del propio líder de Corea del Norte con la intención de renovar la industria cinematográfica de su país. A lo largo de los años que el director se encontró recluido en el país fue dirigiendo películas, y seguramente Pulgasari es la más destacada de todas ellas.

El filme se centra en una trama realmente delirante, que tiene como a protagonista un monstruo apodado Pulgasari. A pesar de todo, no deja de ser paradójico que la historia fantástica que nos cuenta el filme tenga en realidad bastantes semejanzas con el cine de ciencia ficción del momento, no sólo Japonés (como se acostumbra a apuntar) sino también con el norteamericano. Algunas secuencias que nos presenta el filme, especialmente en su primera parte del metraje, tienen cierto parecido con otros filmes norteamericanos como por ejemplo los de Steven Spielberg. El infantilismo de nuestros protagonistas acariciando al Pulgasari pequeñito parece un eco oriental del filme E.T.: The Extra-Terrestrial (E.T, El Extraterrestre, 1982).

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Más allá de estas paradojas, Pulgasari nos cuenta una historia aparentemente fantástica y ubicada en plena edad media coreana. Los habitantes de un pequeño pueblo son esclavizados por los soldados del rey, que les imponen unas condiciones de vida demasiado duras. Existe una rebelión, pero esta está demasiado poco organizada como para poder plantar cara a los soldados del rey, que además son profesionales adiestrados. Un día capturan al anciano de la aldea, interpretado por Gwon Ri, y finalmente lo asesinan. Sin embargo, antes de morir, traslada su alma a un pequeño muñeco de barro invocando además un pacto con los dioses para que le permitan perpetrar su venganza. De ahí nacerá el monstruo, Pulgasari.

Como vemos y ya han indicado algunos[1] Pulgasari se acerca más a la leyenda judía del Golem (es decir, una leyenda fantástica y de origen oral) que no al tradicional filme de Ishirô Honda, Gojira (Godzilla, Japón bajo el terror del monstruo, 1954). Nuestro monstruo (al que como buen filme ochentero se le notan las costuras desde lejos) irá creciendo a medida que consume metal, hasta llegar a unas proporciones monstruosas. Sin embargo, no es el malo de la película, sino todo lo contrario. Gracias a él los campesinos pueden organizarse y luchar de tú a tú contra los ejércitos del rey. De hecho, cada vez que Pulgasari se acerca al campo de batalla los ejércitos monárquicos huyen de manera despavorida. El guión del filme acabará convirtiéndose en una repetición constante en la que a pesar de los numerosos intentos del rey y sus secuaces (con armas cada vez más aparatosas) resultan continuamente derrotados por Pulgasari.

No hace falta ser muy listo para observar una evidente lectura política y alegórica en la película. El propio monstruo podría ser el régimen político, el único medio por el cual los campesinos pueden optar por la revolución. Sin él, los rebeldes son continuamente machacados por los ejércitos, pero una vez en su bando, son invencibles. Pulgasari nos muestra una revolución proletaria que en realidad no deja de ser la misma que supuestamente organizó el régimen de Kim Jong-Il. Sin embargo el mensaje es tan simplón que calificar la película como propaganda política es aventurarse demasiado. Puede que efectivamente la película se haya realizado como ejemplo político para otros países vecinos de Corea del Norte…o que simplemente tuviera un consumo propio como filme de entretenimiento dentro del país.

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Lo cierto es que Pulgasari es una película muy corriente en sus aspectos técnicos. Los efectos especiales del propio monstruo dejan bastante que desear, y por otra parte la trama se acerca a un folklorismo que parece sacado de un cuento tradicional pero que sin embargo no acaba de cuajar. El lenguaje del filme se acerca a la representación teatral, incluyendo el espacio donde transcurre el filme o la declamación de los actores. Los colores que emplea el director chocan al espectador occidental, pues están puestos totalmente en consonancia para crear un efecto estridente y lleno de contrastes.

[1] RYANG, Sonia, North Korea: Toward a Better Understanding, Ed. Lexington Books, Plymouth 2009, p.102

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