Alexander Nevsky (1938)

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No es ningún secreto que las películas que realizó el director soviético Eisenstein como Oktyabr (Octubre, 1928) o Bronenosets Potyomkin (El Acorazado Potemkin, 1925) ensalzaban las virtudes del nuevo régimen formado a partir de la revolución de 1917. Todas ellas sirvieron como filmes de propaganda para mostrar las virtudes y necesidades del nuevo gobierno. Le sucede igual a Alexander Nevsky (Alexander Nevsky, 1938) que sin embargo cruza la línea del maniqueísmo más torpe para ofrecernos una historia que a pesar de estar ubicada en el siglo XIII, tiene claras alusiones al momento en que se realizó, justo sólo un año antes de que los alemanes decidieran invadir Polonia.

Efectivamente, Alexander Nevsky es un filme basado en hechos reales. La trama de la película se centra en la figura del personaje histórico que da título a la obra. Alexander Nevsky fue un gobernante que dirigió las tropas contra la invasión de los pueblos extranjeros que amenazaban “Rusia” en aquellos años. Lo cierto es que Rusia aún no existía como entidad política (en lo que era la región más occidental había diversos principados y reinos y en su parte oriental estaba prácticamente despoblada o regida por pueblos asiáticos), hecho que el filme elude para poder favorecer el mensaje de propaganda. La cuestión es mostrarnos a Alexander Nevski como un doble del propio Stalin, un héroe capaz de derrotar al enemigo exterior que se cierne de manera amenazante sobre la nación. El propio director afirmó que se realizó el filme con la intención de combatir al fascismo, una amenaza que se agigantaba sobre Europa, representada en los caballeros teutones[1]. El texto final que introduce el director resulta un verso bastante predictivo “Quienquiera vendrá a nosotros con una espada, de una espada fallecerá”.

En efecto, las órdenes teutónicas que intentaron conquistar en el siglo XIII las provincias de la actual Rusia son una evidente metáfora que emplea el filme para hablarnos de la amenaza nazi. El pueblo ruso pues, deberá defenderse de los germanos, tal y como ya lo hizo en los tiempos de Alexander Nevski. Los buenos y los malos aparecen definidos en un maniqueísmo que no era nuevo en la filmografía de Einsenstein, pero que aparece en el filme de manera muy amplificada. Los teutones son unos monstruos que aparecen definidos con todos los rasgos negativos.

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Ya desde el vestuario se puede apreciar la diferencia entre los diversos pueblos. Los Germanos aparecen vestidos prácticamente de manera uniformada (como los Nazis) y mostrando las enormes cruces que adornan sus trajes. La película también nos muestra el choque entre civilizaciones y religiones opuestas. El filme oculta de manera sutil el hecho de que el propio Nevsky fuera canonizado por la iglesia ortodoxa tres siglos más tarde de los hechos que nos muestra el filme (recordemos el Ateísmo de la URSS). Los Teutones, altos y rubios (físicamente muestran claras diferencias con los rusos) son unos carniceros que realizan matanzas con las ciudades que capturan, mientras que los soldados de Nevsky liberan una vez ganada la gran batalla a los prisioneros. Continuamente el filme pretende mostrar las diferencias entre las dos civilizaciones, sin temor por caer en la brocha gorda.

En un momento determinado de la película, la gente de Novgrod acude a Nevsky para pedirle ayuda en defensa de su ciudad. El responde que no está ahí para defender Novgrod, sino a Rusia. Las intenciones de Eisenstein con la película eran claras, refundar el mito de Nevsky convirtiéndole en un héroe nacional, no sólo regional. Poco importa que el verdadero Nevsky poco tuviera que ver con el personaje romántico que nos presenta Einsenstein, porque lo cierto es que sobre el personaje real poco se conoce. Cuando el cineasta soviético decidió encargarse del filme, sabía que hiciera lo que hiciera sería aceptado precisamente por este desconocimiento historiográfico[2]

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Si por algo es recordada la película, es por la brillante utilización de la puesta en escena (algo que no sorprende viniendo de un director como Einsenstein). Más de un tercio del filme está destinado a la batalla final entre teutones y los pueblos rusos, que tuvo lugar  en el lago Peipus. Realmente épica, la batalla está coreografiada como si fuera un Ballet, de tal manera que los avances y retrocesos de los soldados de un bando y otro no son más que movimientos rítmicos (no hace falta decir que también ayuda sobremanera el montaje del filme) y preparados como una gran danza. A ello se le suma la música del excelente compositor Profokiev, quien realizó la banda sonora que emplea la película, y que alcanza auténticas cumbres artísticas.

[1] TAYLOR,Richard, Film Propaganda: Soviet Russia and Nazi Germany, Ed. I.B Tauris, New York 2006, p. 87

[2] DOBRENKO, A,  Stalinist cinema and the production of history : museum of the revolution, Ed. Edinburgh University press, Edinburgh 2008, p. 76

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