La Maldición de Frankenstein (1957)

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The Quatermass Experiment (El Experimento del Doctor Quatermass, 1955) fue el primer éxito serio de la productora británica Hammer. Gracias a la rentabilidad de la película, los directivos de la compañía decidieron jugársela comprando los derechos de la Universal sobre las películas de terror que habían tenido tanto éxito en los años treinta, con sus monstruos clásicos (Drácula, Frankenstein). Así nacieron las películas de la Hammer que realmente iban a pasar a la historia. El filme lo dirige Terence Fisher, sobre quien caerían la mayor parte de estos filmes revival.

La primera de todas las películas de la Hammer que reutilizaba los filmes de la Universal fue The Curse of Frankenstein (La Maldición de Frankenstein, 1957)[1], que como indica su título, recogía el filme clásico que había dirigido James Whale en los años treinta. El filme fue un absoluto éxito, lo que permitió a la franquicia continuar realizando filmes Revival de antiguos mitos. Además en La Maldición de Frankenstein nos encontramos ya con un reparto que sería totalmente aprovechado en películas posteriores y con actores que se convertirían en totales iconos del cine de terror y fantástico, como Peter Cushing y Christopher Lee, una dupla imprescindible en el género fantástico.

El filme utiliza parte de la trama del filme clásico, pero también reinventa bastante texto. La película se centra especialmente en el personaje del Señor Frankenstein, que interpreta Peter Cushing, un científico que se encuentra realizando unos extraños experimentos en compañía de su amigo Paul, interpretado por Robert Urquath. Como todo el mundo sabe, nuestro profesor se encuentra trabajando en un proyecto que tiene la ambición ni más ni menos que la de resucitar a un muerto a partir de fragmentos de varios cadáveres.

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En realidad, el filme presenta un señor Frankenstein bastante diferente al de la película Universal. Peter Cushing encarna a un científico totalmente despótico, que sólo piensa en sus objetivos y que hará lo que sea para que estos se cumplan. Nuestro personaje supera sin creces, en cuanto a maldad se refiere al personaje de la película de la Universal. Gran parte de la trama, por no decir el eje principal, se centra principalmente en la progresiva corrupción de nuestro profesor, que se transforma convirtiéndose casi en el mismo monstruo de Frankenstein que acaba construyendo. Esto se comprueba especialmente en la relación que mantiene Frankenstein con sus allegados. Es el caso del propio Paul a quien acabará despreciando por no seguir sus métodos criminales. O la criada a la que acaba engañando después de haber prometido que se casaría con ella, para acabar mandándola a una muerte segura con el monstruo.

La antítesis la encontramos rápido en el personaje de Paul. El es la voz científica que utiliza la razón y se da cuenta rápidamente de que el proyecto que investiga el señor Frankenstein es una atrocidad que debe ser detenida, por lo que inmediatamente abandona el proyecto. Hasta su retorno final, en la que recogerá una importancia capital para la obra.

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La Maldición de Frankenstein transcurre prácticamente en único lugar. Esto en realidad se debe a que la película de Terence Fisher cuenta con un presupuesto más bien ajustado (que sigue la política económica de la primera trayectoria de la Hammer, ganar lo máximo invirtiendo lo mínimo). Apenas salimos de la mansión donde reside nuestro científico durante todo el filme, tanto del salón recibidor como del propio laboratorio. Esta lucha entre lo ordinario, lo común y lo espeluznante, queda en realidad reflejado casi de una manera subconsciente en el filme, pues continuamente nos encontramos con que el filme nos muestra o bien el salón o bien el laboratorio. Una dicotomía casi diabólica que se presta a interesantes reflexiones.

El tono del filme evoca gustos por la imaginería gótica. Dejando el expresionismo del primer Frankenstein de Whale, la película de Fisher se acerca al lenguaje más teatral. No sólo porque toda la película transcurra prácticamente en un mismo escenario, sino incluso por la propia escenografía de Terence Fisher. Como decía, algún toque gótico se puede percibir en el filme, especialmente en el caso del monstruo, que interpreta el magnífico Cristopher Lee (aunque por momentos debido a la caracterización del monstruo resulta irreconocible). Desde luego, el monstruo de Frankenstein que encontramos en la película de Fisher, es más siniestro que el de Whale.

[1] DAVIS, Blair, The Battle for the Bs: 1950s Hollywood and the Rebirth of Low-Budget Cinema, Ed. Rutgers University Press, New Brunswick 2006, p. 97

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