Arte, Belleza y gusto

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Robert Kelso Cassatt- Mary Cassatt.

Uno de los tópicos más extendidos sobre el mundo del arte es que este representa o ha de representar, como función principal, la belleza. Inmediatamente uno se da cuenta de que esta afirmación no tiene demasiado sentido, porque el concepto de Belleza es difuso y está siempre ligado al contexto sociocultural de la época. Umberto Eco lo dejo bien plasmado en su obra Historia sobre la Belleza[1]. Recordemos además el cuadro archifamoso de Rubens, las tres gracias.

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Las Tres Gracias, Rubens.

El concepto de belleza que parece implícito en los tres modelos femeninos difiere en parte del gusto general de un espectador de nuestro momento (como vemos, las modelos de Rubens, rollizas y voluptuosas, poco tienen que ver con las actuales modelos que circulan en pasarelas). El gusto, evidentemente, cambia y se moldea con el tiempo.

Entonces ¿Qué es el arte y que significa belleza?  El Arte, al igual que la ciencia o la filosofía, no ha tenido el mismo sentido para los diversos pueblos ni culturas a lo largo de la historia. Incluso, dentro de un mismo espacio y lugar concretos, el arte no ha tenido un mismo significado cerrado. Así, por ejemplo, no es lo mismo el concepto de arte el que pueda tener un español con estudios avanzados que otros de la misma nacionalidad con menos estudios o incluso con estudios avanzados pero concretados en la rama humanística. Pierre Bordieu realizó diversos experimentos en este sentido, recogidos en su maravilloso libro, Las Reglas del Arte[2]. Bordieu enseñó una serie de fotografías a gente con diferentes tipos de estudios, obligándole a escoger su favorita entre diversos tipos. El resultado fue que la gente con una cierta formación cultural era capaz de apreciar ciertos aspectos estéticos en las fotografías que mostraban una cierta abstracción, mientras que en líneas generales, la gente con menos formación se decantaba por las fotografías en las que aparecía figuración, y por tanto, en las que se podían reconocer ciertos aspectos cognoscibles para él. La Conclusión es evidente, el mundo del arte no es el mismo, aún compartiendo aparentemente un mismo espacio y tiempo.

Así, pues, los aspectos que pretenden realizar juicios estéticos sobre obras pasadas sin tener en cuenta el contexto sociocultural de cada momento resultan desacertados. Lo que hace el espectador contemporáneo cuando aprecia ciertas obras denominadas clásicas es reflejar su propio pensamiento en ellas, apropiándose de unos determinados rasgos a los que hace suyos. Por ejemplo, apreciar el Hermes de Praxíteles sin tener en cuenta la importante innovación formal que introdujo este artista en su momento.

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Praxíteles-Hermes

El concepto de arte es dinámico a lo largo de la historia. Por ejemplo, los escultores griegos (Cuando hablamos de griegos nos referiremos a los de la época clásica), tan admirados desde no sólo perspectivas contemporáneas, sino desde lo que incluso denominamos como Renacimiento, no tenían un reconocimiento como tal en la antigüedad. Plinio nos concreta: “Se admira la obra, pero no el escultor”. En líneas generales, el artista en la antigüedad clásica no tenía un reconocimiento. Su profesión no distaba en demasía a la de otras como la de zapatero o campesino. De hecho, la escultura, pintura y arquitectura no provenían del mismo grupo de artes, sino que estaban consideradas como simples techné (técnicas). Posteriormente, el arte se dividiría en dos grupos, las artes liberales y las mecánicas.

Lo cierto es que en la propia Grecia clásica, ya encontramos diferencias sobre la utilidad del arte. Por ejemplo, no tenía la misma intención la estatua crisoelefantina de Atenas, esculpida por el magistral Fidias (en la actualidad perdida) que la decoración de las vasijas producidas para el comercio. En un caso, nos encontramos con una obra que podríamos denominar con participación pública (sufragada por el estado), que pretende glorificar un determinado sentido religioso (la religiosidad y el sentido público iban muy unidos en la Grecia Clásica) mientras que el arte de la vasija griega proviene de otro tipo de iniciativa, más ligada a la privada. La función del arte en este ejemplo difiere de manera totalmente diferente. Seguramente, en las vasijas, nos encontraríamos con tipo de arte más decorativo.

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Reconstrucción ideal de la estatua del Partenón, que construyó Fidias.

Donde mejor vemos el ejemplo de que el arte y su función está ligada totalmente a su contexto, es en el arte egipcio. Para aquel que lo desconozca, uno, al ver los murales de pintura egipcia, conservados dentro de las majestuosas pirámides, podría pensar que la pintura egipcia no se encuentra al mismo nivel que la arquitectura. Ciertamente, esas pinturas a priori rudimentarias y realizadas de perfil podrían pasar en una primera instancia por un arte totalmente esquemático y simplón.

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En realidad, el arte egipcio es indisoluble del pensamiento mágico que los sacerdotes (la casta cultural dominante de la cultura egipcia) imprimían al arte. En el contexto cultural egipcio, el arte tenía una función totalmente mágica. Las imágenes eran de hecho una representación de la propia vida, y al quedar inscritas en una pared cobraban vida al instante. Por este motivo, había que tener cuidado al realizar las figuras, pues si se ejecutaban de mala manera, el faraón o personaje representado podría perder su condición mágica. Como también pintaban animales peligrosos, los artistas ejecutaban con una especie de símbolo de negación este tipo de animales, para que no pudieran hacer daño al artesano que realizaba las pinturas. El método de dibujar en perfil era el único que podía mantener las capacidades mágicas de la figura. En conclusión, la función del arte egipcio queda totalmente sujeta a la mentalidad de su momento, y por lo tanto, aplicar nuestros propios juicios artísticos contemporáneos sería un error si quisiéramos entender su arte. De la misma que valorar su política sin tener en cuenta su contexto.

[1] ECO, Umberto, Historia sobre la Belleza, Ed. Lumen, Barcelona 2004

[2] BORDIEU, Pierre, Las Reglas del Arte, Ed. Anagrama, Barcelona 2002

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