El Arte de Vivir (1965)

El arte de vivir

El Arte de Vivir (El Arte de Vivir, 1965) se encuadra dentro de lo que denominamos como el Nuevo Cine Español. Un movimiento, que pese a su poca influencia y recepción, tiene películas como mínimo interesantes, como es el caso de este filme que presentó Julio Diamante. Por cierto, que viendo el filme nos damos cuenta fácilmente de porque el gobierno no vio con buenos ojos la subida de este tipo de cine. El guión del filme lo escribió el propio Diamante en colaboración con Elena Sáez.

Evidentemente, el filme es una producción muy menor, rodada en Blanco y negro y sin contar con un gran reparto de actores (no hay rostros conocidos en plantilla). Aún así, el filme se presentó a concurso en el festival de Berlín de 1965, algo que parece seguir con la línea oficial del régimen, que pese a no promocionar el consumo interno de estos filmes, si los vendía al exterior, tratando de mostrar una falsa apariencia de democracia.

Los rasgos del Nuevo Cine Español, se desarrollan a lo largo de la película. Desde la utilización musical que realiza Diamante, que pasa de la música pop (en los títulos de crédito o en el final) a una composición (que compone Adolfo Waitzman) que tiene la intención de perturbar al espectador, convirtiéndose en un Leimotiv degradadante, hasta una temática denunciatoria.

El filme de Diamante es ciertamente crítico con la sociedad Española de los años sesenta. En este sentido, sólo hay que observar la secuencia inicial con la que se abre el filme. Nuestro protagonista, interpretado por Luigi Giulani, pasea por los barrios más populares de Madrid. Diamante nos muestra los pensamientos de este ser solitario y anti social (por lo menos en la primera parte de la película) mediante el recurso de la Voz en Off. En apenas cinco minutos, el discurso del personaje de se dirige tanto al turismo impostado (una imagen que ahora nos es muy comuna, como la de Guiris desembarcando en territorio patrio y contemplando el panorama urbano como si fuera digno de especial atención) como a la cultura de masas en torno al fútbol (“si en vez de eso pensarán un poco más”…llega  a decir). Las intenciones del director quedan claras desde el primer minuto.

La película se divide claramente en dos partes, que se complementan contrarrestándose la una a la otra. En la primera, Diamante nos desarrolla los avatares del personaje principal, que como ya comentaba, interpreta Luigi Giulani. Pertenece a una clase alta, y precisamente por este origen, se permite el lujo de vivir sin la necesidad de buscar un trabajo. A lo largo del filme lo vemos rechazar más de un puesto por la defensa de sus ideales, que le impiden domarse ante el sistema (es un idealista de cabo a rabo). Sin embargo, la visión de Diamante es muy ácida, porque en la segunda parte, cuando nuestro protagonista encuentra un trabajo y afianza su posición, lo primero que hace es dar la vuelta a sus antiguos ideales. Como bien la definieron algunos[1],  el filme nos muestra la búsqueda de un lugar en el sol, un qué hay de lo mío de manual. Un personaje arribista que una vez es uno más dentro de la estructura franquista, puede permitirse el lujo de dar la espalda a todo lo que defendía en primera instancia (como es el caso de su antigua novia). Precisamente por esta segunda parte (mucho menos convencional) la película consigue alzar el vuelo por encima de demás producciones, por señalar un problema que incluso es traspasable a la propia cinematografía española.

Una de las mejores secuencias nos la regala la madre de nuestro protagonista,  interpretada por la incombustible Lola Gaos, cuando reacciona de manera negativa, al conocer los orígenes humildes de la novia de su hijo. Este no reacciona mal ante los prejuicios de su madre, sino que los considera totalmente normales. Finalmente, se harán realidad los deseos de su madre, “Porque una amante es lo normal para una persona como yo”.

Seguramente, lo que más destaca para peor es la rigidez con la que afronta Diamante el filme. A pesar de que la nouvelle vague ya había despegado hace años, El Arte de Vivir es un filme aún demasiado clásico en sus formas. A pesar de lo contundente que pretende ser su mensaje, nunca sale a relucir su intención crítica, precisamente por encontrarse demasiado hermético en el lenguaje cinematográfico que emplea. De hecho, en más de una ocasión la película se vuelve demasiado confusa, y el montaje que tiene una función crucial en el desarrollo de la película, pues ha de saber unir las dos partes de la película, acaba naufragando. No hay un pensamiento estético organizado detrás del filme, y esto es lo que más le pesa a la obra.

[1] Críticas que recoge: VAQUERIZO, Luis García, La censura y el nuevo cine español: Cuadros de realidad de los años sesenta, Ed. Universidad de Alicante, Alicante 2014, p. 90

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