La Fortaleza (1983)

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Yo no sé que tendrán los Nazis en el cine, que parece que simplemente con poner a un grupo de estos uniformados se consigue captar la atención del espectador, casi de manera indefinida. Sucede casi también con The Keep (La Fortaleza, 1983) una de las primeras películas de Michael Mann, por lo menos con la primera parte de la película. Si además de la temática Nazi, le sumas un contenido declaradamente esotérico, parece que la fórmula se consigue sola, pues hay que recordar que poco años antes había triunfado precisamente la película de Spielberg,  Indiana Jones: Raiders of the Lost Ark (En Busca del Arca Perdida, 1981). Y sin embargo, en La Fortaleza, prácticamente todos los elementos que la conforman fracasan de manera estrepitosa. Hoy sólo se considera un borrón en la trayectoria de Michael Mann.

A pesar de ser una producción norteamericana (con un escaso presupuesto, todo hay que decirlo y sólo hace falta ver los efectos especiales para darse cuenta) la película nos introduce el punto de vista nazi (bien es cierto que para ser políticamente correcto nos encontramos con que el protagonista del filme es un declarado antifascista que según él, estuvo muy cerca de luchar al lado de la República en la Guerra civil Española). La película se ambienta durante la Segunda guerra mundial, en el momento en que la guerra aún está en su punto más culminante  (los alemanes aún preparan ofensivas de avance en Rusia). El actor Jürgen Prochnow interpreta al comandante de un grupo de soldados Nazis, que se introduce en un pequeño pueblo de Rumanía, donde existe una extraña fortaleza. Los monjes del lugar le desaconsejan introducirse en ella, pero el comandante desobedece cualquier tipo de consejos y se instala con sus soldados.

La Fortaleza es una película muy extraña. Es cierto que se trata de una combinación de diversos géneros, como el terror y el bélico, pero desde luego, no es una película convencional. Seguramente, la extraña idiosincrasia de la película, haya hecho que el público mayoritario la desprecie, al igual que la crítica, en ocasiones hasta extremos inteligibles. Lo cierto es que es un filme con una propuesta muy particular. Tan particular, como de hecho, fallida.

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El filme navega entre el ridículo y el mundo onírico y fantástico. Y las líneas en ocasión son demasiado endebles, con lo que la película no tiene reparos en cruzar y traspasar sensaciones encontradas en más de una ocasión. No se explota una película arquetípica de terror, con monstruo suelto por la fortaleza devorando nazis (como habría sido lo más lógico viendo los primeros compases de la película) sino que el filme se introduce en unos terrenos diferentes, mucho más cercanos a una metafísica de mercadillo. En definitiva, la propuesta de la película opta por sacar la leyenda del lugar como una especie de maldición, a la que se le suma el mismísimo diablo y que no tiene reparos en caer en la cutrería más desquiciante.

La película se adentra en los cimientos del esoterismo nazi, pero con consecuencias nefastas. Para muestra, el final de la película, donde las fuerzas del diablo se acaban enfrentando a las del bien, en una secuencia digna de ser rodada por alguien cercano a Dan Brown. La ambientación del filme es original, para que negarlo, pero en demasiadas ocasiones se cae en un Kitsch incosciente que debilita la postura (seria) de la película. Donde más brilla la película en este sentido es en la creación de un espacio intrigante (La Fortaleza) que parece verosímil con la propuesta de la película (magia más historia).

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Que Michael Mann estaba experimentando con La Fortaleza, y buscando su lugar en la industria, es más que evidente, y nos lo demuestra el hecho de que la película no tenga demasiadas semejanzas con filmes posteriores que acabaría realizando el director. No sólo por temática, sino especialmente por el lenguaje cinematográfico que emplea el cineasta en el filme. Empleando de manera muy consciente la música que el grupo Tangerine Dream compuso para el filme, Michael Mann construye un filme que se liga voluntariamente con el lenguaje Videoclip, tan en auge en los años ochenta. Pero a este recurso, el cineasta añade un toque que pretende ser culto, con dosis de esoterismo y magia, pero que acaba finalmente en un burdo espectáculo. Lo Kitsch se acaba configurando como el óbice de toda la película, con secuencias como la de los Nazis siendo devorados por el poder de la Fortaleza, o la secuencia sexual, totalmente Naif, en la que el espectador no tiene mucho más margen que el de echarse la mano a la cara, por pura vergüenza ajena.

El montaje de la película es además muy confuso. El guión estructura muy mal sus partes, y eso se puede rastrear perfectamente en la película. De una secuencia a otra, parece incluso en ocasiones, que Michael Mann haya escogido el momento más inoportuno para presentarlo a escena.

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