Diaz: No Limpiéis esta Sangre

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Nuestra memoria es muy frágil. Cierto que por aquel entonces yo apenas era un niño con capacidad de reflexión, pero el silencio que se ha cernido sobre lo que transcurrió en Génova durante la reunión del G-8 en el año 2001 no es normal. Más teniendo en cuenta los agravantes de que tan terribles hechos sucedieran propiciados por las fuerzas del estado, en teoría fundadas para la defensa del ciudadano. Y sin embargo, una amensia colectiva se ha cernido sobre estos hechos. Quizá interesa no remover según que cosas, porque la sangre no vale lo mismo sino que depende siempre a quien pertenezca.

Por eso, podemos calificar el filme de Daniele Vicari, como una de aquellas películas necesarias. Si nos atendemos estrictamente a su técnica cinematográfica nos llevaremos sin duda alguna una decepción. Pero, ¿Qué es la técnica si no hay una intención detrás? ¿De qué sirve una película si sólo tiene la intención de entretenernos y quitarnos un poco de nuestro tiempo (como si nos sobrara)? Vicari sabe lo que puede llegar a ser el cine, y elabora su película teniendo en cuenta la difusión del arte de masas por excelencia. El filme, titulado, Díaz: Non pulire questo sangue (Díaz: No limpies esta sangre, 2012) tiene la intención de meter el dedo en llaga y recuperar de la memoria unos hechos olvidados. Es evidente que en su país de origen, Italia, el filme ha servido para llamar la atención sobre lo que aconteció hace poco más de una década.

El mensaje denunciatorio es por tanto el que ocupa toda la acción del filme. Por tanto, es difícil, por no decir imposible, hablar de un desarrollo dramático convencional, o incluso hablar de protagonistas principales o secundarios (los hay, pero apenas son desarrollados su caracteres a lo largo de todo el metraje). No hay en la práctica nada de eso, porque las intenciones del filme no son las mismas de las de un producto comercial, como es evidente.

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Que Díaz: No limpiéis esta sangre tiene problemas de estructura y montaje se ve desde la primera secuencia. La acción nos adentra en la reunión del G-8 y la secuencia introductoria ya nos deja realmente confusos (además, el recurso de la botella estrellándose se irá repitiendo en más de una ocasión, como si no provocara vergüenza ajena ya desde la primera toma)…Pero por si fuera poco, el filme no tiene reparos en abrir subtramas con personajes secundarios que poco aportan a la narrativa del filme, que queda eclipsada por las continuas secuencias de torturas y vejaciones. Al director no le interesa para nada el trasfondo ideológico del filme, y se queda en la epidermis más superficial (valga la redundancia) mostrando a cámara las torturas y acciones policiales. No existe el debate. Además hay algunos flashbacks que no están correctamente colocados, y la sensación que provocan en el espectador es de confusión profunda.

El problema principal del filme, es que subestima la importancia de una buena puesta en escena. Y es que es cierto el dicho de que la realidad supera la ficción y precisamente el problema principal de la película es que nunca nos creemos lo que realmente estamos viendo. Es duro, terrorífico y cruel, pero de la manera como nos lo muestra Vicari, es difícil que uno pueda creerse lo que está sucediendo en pantalla. Puede que sea por el hecho de que al no existir personajes principales, el espectador no empatize con ninguna de las víctimas (por muy duro que suene decirlo, el público generalista está más que colapsado por las efectistas imágenes provenientes de los telediarios) o porque el casi inexistente guión, incapaz de desarrollar cualquier tipo de situación dramática (palpable en las secuencias en las que se centra sobre algunos personajes concretos, que resultan ser meros muñecos de trapo) no está dispuesto a desarrollar discursos. El caso es que a pesar de la brutalidad de las imágenes, en ocasiones uno llega a desentenderse de lo que está viendo. Poco ayuda la demagogia con la que está realizada la película, diferenciando con brocha gorda entre bandos.

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Y todo eso, a pesar de que el filme se intenta presentar con una capa de verosimilitud documental, incluso llegando a mezclar imágenes reales con las de ficción. Y no deja de ser curioso que sean las imágenes (escasas) reales,  son las que tienen un nivel de impacto mucho mayor. Aún así, la película logra crear algunas imágenes ciertamente impactantes, como la Humillación degradante en la comisaría de policía (atestiguada por los juzgados como algo real y para nada ficticia) o la invasión encubierta a la escuela Díaz mientras la mayoría de gente dormía (el clímax más grande de todo el filme, que además está colocado a mitad .

En conclusión, nos encontramos con una película que tiene una gran voluntad, pero que no entiende que para llegar al máximo posible de espectadores, en una película denunciatoria como esta, hay que tener un domino técnico que vaya más allá de las buenas intenciones.

Spoiler: Ninguno de los Policías que vemos a lo largo de la película pagó por sus acciones. Y eso que se trataba de un Estado de derecho. Juas.

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