Los Amantes del Pont-Neuf (1991)

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El Puente de Pont Neuf es el lugar donde transcurre gran parte de la acción de la tercera película que Leos Carax llevó a la gran pantalla, Les Amants Du Pont-Neuf (Los Amantes del Pont-Neuf, 1991). Una película extraña que aún hoy en día sigue diviendo a parte de la crítica. Lo cierto es que el filme sigue la senda controvertida que marca el propio director, con una propuesta arriesgada, que supone un auténtico puñetazo al estómago para cualquier espectador. El filme contó con un importante presupuesto, y el rodaje duró aproximadamente unos tres años, llegándose a construir una réplica del propio puente de Pont-Neuf[1]. A pesar del éxito que tuvo el filme en algunos festivales (siendo nominada a los Premios BAFTA, a los César, y consiguiendo tres premios en el festival de cine Europeo), la película fue un fracaso sonoro de público.

Y es que la película da el giro definitivo al cine de género romántico. Acostumbrados a las típicas historias de amor edulcorado y alejado de la realidad, en pleno 2015, donde la concepción del amor se reduce por muchos a la de productos derivados como los de Crepúsculo o 50 Sombras de Grey, nos encontramos con un filme que rompe con todos los esquemas prestablecidos. Y es que traspasa con la frontera tradicional de la pareja romántica, de nivel de clase media, que parece que se alimenta únicamente del amor. Los protagonistas de Los Amantes del Pont-Neuf son ni más ni menos que dos mendigos. Un antiguo miembro del circo y una artista que está perdiendo progresivamente la vista. La película se dirige hacia los estómagos que sólo aceptan una mirada limpia y neutra, mostrando la realidad más amarga, pero que sin duda alguna está ahí. Porque entre las masas de hierro y los bloques de pisos, también nos encontramos con gente como los protagonistas del filme (bien es cierto que Leos Carax, como viene siendo habitual en su cine, dota de una capa surrealista al filme).

El propio Puente de Pont-Neuf no deja de ser una isla. Todo lo que nos muestra el filme parece tener lugar en otra dimensión paralela. Un mundo del que el espectador parece totalmente ajeno, y que sin embargo produce un fuerte magnetismo, atrayéndolo y repeliéndolo al mismo tiempo. Lo que es cierto es que Carax no construye el filme amabilizando el tema o domesticándolo, sino con una mezcolanza de humor negro y neorrealismo.

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Los amantes del Pont-Neuf, nos sitúa en una historia de amor, como decía, poco convencional y de hecho, bastante crítica. Juliette Binoche interpreta a una joven que progresivamente va perdiendo la vista. Lo más interesante de su personaje, es que en realidad proviene de una buena familia (su padre es coronel del ejército) pero decide marginarse por voluntad propia (se intuye que por no avergonzar ni ser una carga para su familia). Por su parte, el personaje que interpreta Denis Lavant es un joven que por lo que nos cuenta el filme ha vivido prácticamente siempre así, y antes era un miembro del circo (aún mantiene unas dotes acrobáticas, a pesar de que cojea).

A diferencia de otros filmes, Los Amantes del Pont-Neuf no dulcifican en ningún momento su temática, sino que presenta una visión amarga y muy egoísta del amor. En efecto, más que querer al otro, los dos buscan la satisfacción personal (una visión amarga del amor por parte del cineasta). Nuestra protagonista, una vez se ha enterado de que hay un tratamiento que la puede ayudar, decide pasar del personaje que interpreta Denis Lavant, porque pertenece a una clase social más baja, avergonzándose de él. Por su parte, el personaje de Denis Lavant intenta por todos los medios destruir los carteles en los que se anuncia la posible salvación de la chica (el padre publicita carteles afirmando que existe un tratamiento, y nuestro protagonista trata de quemarlos), con lo que resulta evidente que ambos personajes están buscando su propia consumación, utilizando al otro como un medio para su felicidad.

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El filme introduce en diversos momentos del filme unas señas claramente surrealistas. Son notas discordantes que rompen con el equilibrio del filme, y aunque nunca llevan al espectador al límite, si es cierto que provocan una sensación más que confusa, porque el filme no tiene reparos en mover las líneas que había colocado para su entendimiento. Es decir, si en determinadas secuencias todo parece transcurrir con una lógica más o menos habitual dentro del cine comercial (bien es cierto, que desde la primera secuencia, el director nos enseña sus cartas) en otras, la sensación de calma y apariencia.

[1] AUSTIN, Guy, Contemporany Frenhc Cinema: An introduction, Ed. Manchester University Press, Manchester 1996, p.133

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