Iván el Terrible. Parte II (1958)

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Ivan Groznyy II: Boyarsky zagovor (Iván el terrible. Parte II. La conjura de los Boyardos, 1958) forma parte del díptico que el cineasta soviético Eisenstein realizó en la década de los años cuarenta, sobre una de las figuras más importantes de la historia rusa, el zar Iván IV. En teoría el cineasta había de estrenar una trilogía que constaría de tres películas, pero Stalin no vio con buenos ojos el proyecto, y la censura soviética acudió para destruir la propuesta. Por este motivo, el filme de Iván el Terrible. Parte II acaba de manera interrumpida, porque el final del filme prevé lógicamente, una continuación (que nunca llegó).

Y es que a diferencia de la primera parte del díptico, en este filme nuestro personaje protagonista se radicaliza, convirtiéndose en un auténtico tirano. Eisenstein pasa del héroe romántico, que se sobrepone a las conspiraciones Hamletianas donde el cineasta nos llegaba a mostrar alguna que otra batalla, donde se simbolizaba su superioridad (la suya y la del pueblo ruso, que vence con el ejército) a una concepción mucho más recluida. Ya no nos encontramos con un líder victorioso, sino con un monarca que ve conspiraciones por todas partes, y que por miedo a ellas, ejecuta siempre el primer golpe (aunque ello suponga ejecutar sin piedad). No es de extrañar, pues, que Stalin viera una clara alusión velada a su figura, mediante el déspota que representaba en esta segunda parte el monarca Iván.

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El argumento de la película gira en torno a la figura del monarca y a la conspiración de los Boyardos, un grupo que unidos por la tía del monarca, pretende destruir el poder del Zar. Así pues, el filme se centra prácticamente en su totalidad en la ciudad de Moscú, donde encontramos la corte del monarca. Sólo hay una pequeña escena que sucede con anterioridad, y que nos presenta al rey de Polonia, Segismundo. Es bastante significativa esta secuencia, porque nos muestra parte de la perspectiva ideológica con la que está cortada el filme. Segismundo es representado ya desde sus vestidos como un rey occidental, totalmente opuesto a la idiosincrasia rusa, pero además, le vemos hablar sobre el apoyo de los Boyardos que el prestará, para poder derrocar a Iván. En realidad, Eisenstein recoge el sempiterno debate de la idiosincrasia del pueblo ruso, que se mueve siempre entre la aceptación de occidente y la negación de sus valores.

El tono teatral es sumamente importante en la película. Shakespeare se respira en prácticamente todos los fotogramas del filme. Las ambiciones, los personajes que juegan con dobles rasero y las declamaciones forman un todo que inevitablemente recuerdan el lenguaje del escritor inglés más célebre de la historia. En realidad, Iván El terrible. II Parte, es la demostración del tirano que acaba quedándose progresivamente sólo, después de desembarazarse de todos sus rivales.

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Prácticamente todo el filme es en Blanco y negro (la fotografía la firman los colaboradores habituales de Eisenstein, entre ellos el genial Eduard Tissé) menos la parte del baile, en que el filme destapa una vena expresionista y colorista realmente espectacular. Lo cierto, es que la fotografía es prácticamente media película, y sin el excelente trabajo que hay detrás, prácticamente no entenderíamos nada de lo que propone el filme. Eisenstein emplea un expresionismo que se destapa en cada fotograma por el empleo de una fotografía que constantemente se sirve de las sombras y el claroscuro. Nuestros protagonistas deambulan por un mundo sombrío, donde prácticamente no existe la luz. El filme aprovecha las características de los interiores, para deformar mediante el uso de la luz lo que el espectador contempla como el lugar de acción.  Mediante la fotografía, el cineasta califica el lugar (el palacio) donde transcurre la acción. Y el resultado es más que evidente, porque Eisenstein nos lo define como un espacio donde las conspiraciones están totalmente a la orden del día.

También juega la puesta en escena, que ayuda a crear esta sensación de distorsión. Es el caso de los primeros planos, que nos muestran a nuestros personajes en un formato totalmente antinatural, intentando resaltar determinados rasgos expresivos (Iván mirando a cámara como un tirano, o los príncipes conspirando contra el monarca).

La secuencia más interesante de toda la película la encontramos en el banquete, cuando Eisenstein emplea de repente el color, rompiendo con el blanco y negro precedente. Una auténtica orgía que juega con colores como el rojo y el negro, formando una composición muy llamativa y potente, totalmente artificial que resulta en su manera, igual de expresiva que el Blanco y negro, generando contrastes y sensaciones.

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