Exodus: Dioses y Reyes (2014)

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Últimamente parece que están surgiendo las películas sobre los antiguos patriarcas del antiguo testamento como si fueran churros. El Año pasado se estrenaron precisamente dos películas sobre dos de las figuras indiscutibles de esta mitología: Noé y Moíses. Noé (Noah, 2014), dirigida por Darren Aronofsky, era una película que significaba una irrupción en el sistema más comercial de Hollywood por parte del director, pero a la vez intentando introducir elementos propios del cine independiente. El resultado final fue ambiguo, aunque interesante. Menos elogios se pueden decir del enésimo fracaso de Riddley Scott, Exodus: Gods and Kings (Exodus: Dioses y Reyes), una película que retoma la figura de Moisés para embarcarla en un contexto prácticamente contemporáneo.

El argumento resulta igual de fantástico que el Antiguo Testamento, pero no se ajusta a la fuente literaria. La película empieza presentándonos a Moisés como un aliado del Faraón, que acabará siendo defenestrado cuando el Hijo del monarca suceda al trono, y lo envié al exilio, donde recogerá el liderazgo de su nuevo pueblo, el elegido.

Exodus: Dioses y Reyes es una película sin alma. Riddley Scott la rueda de la misma manera que hizo con otra película pretendidamente histórica, como Robin Hood (Robin Hood, 2010). La Historia poco importa, porque el filme está construido a la disposición de los FX (Que por cierto, flojean bastante, y en muchas ocasiones se convierten en una acumulación sin sentido) y de las batallas de acción. Las lecturas que se pueden sacar de semejante historia épica son más bien pocas. Además, la película adolece de un defecto que ya le pasaba a otra gran producción de Scott, como fue Kingdom of Heaven (El Reino de los Cielos, 2005) y es que la película parece acelerada, como si estuviera mal montada. Se nota que se ha rodado mucho material, pero el director no ha sabido comprimir las imágenes en el montaje. Esto puede comprobarse en numerosos momentos del filme, especialmente en el principio, con una presentación de personajes a la que se le nota que está mal planificada.

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Christian Bale interpreta a Moisés. En Un primer momento, como ya comentaba, lo vemos al servicio del Faraón. La película aprovecha para mostrar una batalla en los primeros compases, que en realidad únicamente tiene la intención de entretener al espectador, porque carece de sentido en el desarrollo de la historia, lo que ya nos dice bastante de las intenciones reales del filme. La película aprovecha el contraste y la dicotomía entre el líder hebreo y el faraón egipcio (el Heredero, no el primero) que interpreta Joel Edgerton. A pesar de que el guión podría haber aprovechado el jugoso argumento de diferencias que ofrecen ambos personajes, se tira por la borda cualquier posibilidad. Sobre Moisés se trata de construir una imagen de líder militar, capaz de organizar el pueblo hebreo como un ejército (algo que resulta absurdo a todos luces) capaz de enfrentarse a los Egipcios. Un Líder, en cierta manera revolucionario (que lucha contra la esclavitud) pero que no acaba de cuajar, en parte por la indecisión de Scott a la hora de direccionarlo.

El Debate pues queda a un segundo plano, mientras vemos a los hebreos armarse y pertrecharse. Ni siquiera su conexión con Dios queda bien definida, sino que Scott se queda en una tibia tierra de nadie. No sabe si criticar la figura de Moisés como un fanático religioso, o quedarse en sus virtudes castrenses. El resultado nos regala algunas secuencias sonrojantes, como las reiteradas en las que vemos Moisés hablando con Dios o uno de  sus mensajeros. Tampoco Bale está en su mejor momento, sino que se le ve forzado ante un personaje que no sabe como afrontar, y que continuamente cae en contradicciones.

El filme de Scott se trata de una película fantástica. Las referencias históricas resultan más verosímiles en Gladiator (Gladiator, 2000) lo que parece todo dicho. El filme no aprovecha los espacios en los que se ambienta. Además, a pesar de que nos encontramos con un filme de gran presupuesto, la realidad es que sólo contamos con unos pocos escenarios, que no son explotados totalmente por Scott. Quizá, lo más encomiable en este aspecto lo encontramos en las expresionistas calles de las ciudades donde habitan los hebreos, que entonan muy bien con la visión romántica de espacios oscuros y alejados de Dios, que recuerdan en parte a los grabados de Piranesi. Sin embargo, la visión oficialista del Faraón y sus aposentos recuerdan lo más rancio del Hollywood que directamente aprovecha lo nuevos métodos digitales para elaborar las mismas imágenes de siempre.

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Solamente se pueden apuntar algunos detalles, como el ligerísimo debate ético que se plantea el filme, en su revisión del Antiguo Testamento. Me refiero a la pequeña escena que tiene lugar cuando las plagas ya se han desatado y nuestro faraón claudica ante las exigencias del líder hebreo. En una pequeña conversación, el faraón le espeta ante el personaje de Christian Bale, sobre la esencia de su Dios. ¿Cómo puede un Dios castigar de semejante manera a todo un pueblo? Son detalles que apenas aparece en el filme, que como decía, prefiere la grandilocuencia habitual del Péplum clásico y enzarzarse en las secuencias de acción que no producen más que un sopor indefinido.

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