Deprisa, Deprisa (1981)

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Deprisa, Deprisa (Deprisa, Deprisa, 1981) es la culminación del cine quinqui en las esferas oficiales. El filme, que dirigió Carlos Saura, consiguió el Oso de Oro en el Festival de Berlín del mismo año 1981. Nunca hasta el momento, ni posteriormente tampoco, un filme dentro de este subgénero, tan popular en los años ochenta, conseguiría un reconocimiento internacional como lo logró el filme de Saura. Y eso, que no nos encontramos ante la mejor película del Subgénero.

Fue el Propio Saura, quien inauguró el género quinqui con Los Golfos (Los Golfos, 1959). Una película, que ya formulaba los primeros tópicos que luego serían habituales. Nos encontrábamos con un grupo de jóvenes aislados y marginados de la sociedad (no adaptados a ella), que delinquían abiertamente y que resultaban molestos para los estamentos oficiales. Lo interesante de Los Golfos, en comparación con Deprisa, Deprisa, es que la primera estaba dirigida aún en época franquista, mientras que la ganadora del Festival de Berlín, estaba dirigida durante la transición. Y esto nos da en parte un marco distinto, aunque es cierto que Deprisa, Deprisa sigue contando con los mismos arquetipos de personajes que aparecían anteriormente comentados.

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Por ejemplo, los protagonistas también son un grupo de jóvenes, provenientes de un estrato social bajo (Lumpenes; utilizan además una jerga propia para comunicarse) y que utilizan la delincuencia como prácticamente un modus vivendi. La película no tiene un argumento totalmente clásico, con Presentación nudo y desenlace, sino que esta estructura aparece desdibujada (Bien es cierto que si hacemos un esfuerzo la podemos reconocer, la presentación llega hasta el momento en que nuestro protagonista interpretado por José Antonio Valdelomar conoce a la que será su compañera sentimental, quien interpreta Berta Socuéllamos, el nudo serían los diversos atracos y el desenlace sería el clímax del atraco final). Son los diversos atracos los que realmente hacen desarrollar la película, sobre los que en gran parte pivota Deprisa, Deprisa.

Hay pues un deambulamiento que se identifica con los propios jóvenes. Al igual que sucedía con gran parte de la sociedad de la España de la transición, nuestros protagonistas no tienen metas ni objetivos, únicamente buscan seguir viviendo. Una especie de supervivencia, que refleja muy bien la película. Incluso con lo que podría ser un guiño a Truffaut y Les 400 Coups (Los 400 golpes, 1959) cuando la película hace hincapié en el tema del mar como liberación.

Contando con actores desconocidos (algunos de ellos volverían a la delincuencia después del rodaje), Deprisa, Deprisa nos presenta una trama amorosa que se desenvuelve entre atraco y atraco. Y en realidad, la trama amorosa deja bastante que desear, porque resulta bastante artificial. Impuesta al auténtico tono de la película, que es el documental. Cuando el filme se aleja de la cartografía social, es cuando más monótono resulta (y además, para nada hay química entre los dos actores).

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A diferencia de uno de los directores más célebres del subgénero, como lo es Eloy de la Iglesia, cuyas películas están totalmente politizadas, Deprisa, Deprisa, es un filme que parte de unas premisas tirando a apolíticas, si bien es cierto que obviamente la película permite múltiples lecturas. No se nos muestra un mundo más allá de la cotidianidad y la delincuencia de nuestros personajes. Es a partir de este modus vivendi, que el espectador ha de dilucidar el marco histórico y el contexto social que nos está diseñando la película. También es verdad que la película nos presenta a los delincuentes desde una perspectiva casi heroica[1], en contraposición con la policía (el filme aprovecha en muchos momentos la lucha entre estos dos grupos) que heredan la tradición franquista. De hecho, nuestros personajes aparecen casi como una especie de herederos del bandolerismo romántico, al más puro estilo José María el Tempranillo. El filme no tiene la intención de subrayar, sino documentar la realidad de estos jóvenes.

Encontramos pues, también diferencias con otro de los directores clásicos del subgénero, como es José Antonio de la Loma. Director, célebre entre otras por el Tríptico de Perros Callejeros, y por dotar de cierta moralidad a sus películas. Al contrario, Saura no pretende mostrar un discurso moralizante con el filme.

La puesta en escena de la película se muestra mucho más cuidada que la de otros filmes similares, pero a la vez esto le hace perder parte de gracia. Ya no estamos ante una estética feísta, como la de las películas de Eloy de la Iglesia, y sin embargo un tema marginal tratado de manera tan limpia y aséptica a veces se hace contradictorio.

[1] De hecho, la comisión francesa de Control de películas dijo que el filme de Saura podía incentivar a la delincuencia. Véase: LERA, José María, El Cine Español de la Democracia: De la Muerte de Franco al Cambio socialista (1975-1989), Ed. Anthropos, Barcelona 1992, p. 200

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