Cazador Blanco, Corazón Negro (1990)

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White Hunter, Black Heart (Cazador Blanco, Corazón negro, 1990) se trata de un filme dirigido por Clint Eastwood que en realidad desarrolla  un argumento metacinematográfico, pues tiene la intención de mostrarnos como transcurrió el rodaje de otra película histórica y mítica, como es el filme que rodó John Huston, The African Queen (La reina de África, 1951). La película está basada en la novela de Pieter Viertel (que colabora en el guión de la película de Eastwood),  escrita en 1953 y que cuenta parte de sus experiencias en África, donde estuvo presente en el momento del rodaje de la película de Huston[1]. Eastwood venía precisamente de rodar una importante película biográfica, como fue Bird (Bird, 1988), sobre el célebre músico de Jazz Charlie Parker,  y con su nueva película seguía dando pasos en el establishment de Hollywood, pero acrecentando su fama de director capaz de rodar películas artísticas de calidad.

Es cierto que nos encontramos con un tal John Wilson y no se rueda específicamente la Reina de África, pero por los demás, las referencias hacia John Huston y su rodaje son más que conocidas. Y lo cierto es que Clint Eastwood tiene muy claras las intenciones de elaborar una visión casi romántica (que nos significa que elogiosa) del director, que no tiene la intención real de rodar una película, sino de irse de aventuras por el continente Africano.

Cazador Blanco, Corazón Negro, es la historia de una Obsesión. En realidad, prácticamente todo el filme se dedica a diseccionar la personalidad del controvertido cineasta John Huston (por lo menos tal y como lo presenta la película) y la búsqueda que realizó en el 1951 cuando se embarcó en una de las aventuras más fantásticas que se conocen en el mundo del cine. En los primeros compases del filme vemos a nuestro protagonista prepararse sobre cual va a ser su próxima película y finalmente decide que será en África, pero no por intereses cinematográficos, sino puramente personales. Y es que le ronda constantemente la idea de realizar ni más ni menos que un safari.

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Esto puede parecer una fruslería, un capricho infantil. Y efectivamente lo es, pero ahí reside la gracia de la película. Y es que Eastwood se dedica a registrar en imágenes la culminación de una persona que está tan hastiada de la vida, que sólo le queda una válvula de escape tan absurda como la caza. Pero no una caza cualquiera, sino que el personaje que interpreta el propio Eastwood (que realiza una interpretación realmente magistral) se obsesiona con un gran elefante. Hay sin duda en este detalle, una representación entre la lucha instintiva entre el hombre y el animal. Poco diferencia la actitud del personaje de Huston con la de un mismo salvaje. Pero esto no significa que Eastwood desprecie al cineasta, sino que existe una extraña simbiosis entre ambos. De hecho, parece más que evidente que en determinados momentos el propio director acaba apropiándose de la figura de John Huston, con algunos detalles que nos muestran las semejanzas que existen entre ambos[2]. Mujeriego y dominante, Eastwood comprende al personaje y se lo hace suyo en determinados momentos de la película. El concepto metacinematográfico que desarrolla la película con el desdoblamiento de personalidades (Huston y Eastwood) se acaba fundiendo en un único personaje.

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Pronto aparece la figura de Peter Viertel, que interpreta Jeff Fahey. Viertel, que fue uno de los guionistas de la Reina de África (a pesar de no estar acreditado)  tiene un papel determinante en la película ya que en parte su visión es la que domina la perspectiva del filme (una especie de desdoblamiento del espectador, que contempla en una situación privilegiada lo que está sucediendo). La película juega también con la dicotomía entre la razón que es representada por Viertel y la locura de Huston. Amigos en un principio, poco a poco Viertel se va dando cuenta de donde se ha metido cuando comprueba la tiranía con la que Huston organiza su singular cortijo en África. La película nos regala secuencias que definen perfectamente este corte surrealista del que hace gala la película, como aquella donde aparece el mono que destroza el guión del filme (con un recurso cinematográfico que repite Eastwood en algún que otro momento, como es el plano subjetivo de una steady cam que parece moverse con inquietud) o la magistral secuencia final, donde se llega al sentido final de la frase que da el título a la película, poniendo de relieve el resultado final de las ambiciones y desmanes del director.

La ambientación es sin duda otro de los puntos fuertes de la película. Ubicada en los años cincuenta, sin duda con la atmósfera, vestuario y fotografía se demuestra una exquisitez de gusto que deja una más que correcta sensación en el espectador. Desde las panorámicas desérticas hasta las fiestas tan rimbombantes que tienen lugar en la propia ciudad donde se instalan los protagonistas, la película siempre consigue dotarse de una capa de verosimilitud casi histórica.

[1] STERRIT, David, The Cinema of Clint Eastwood: Chronicles of America, Ed. Wallflower, New York  2014, p. 162

[2] AGUILAR, Carlos, Clint Eastwood, Ed. Cátedra, Madrid 2009, p. 199

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