Frozen (Frozen, el Reino de Hielo, 2013)

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Polémica inevitable la que desató en su momento Frozen (Frozen. El Reino de Hielo, 2013). Y es que parece que las películas que produce Disney están condenadas a ser examinadas con lupa, y en ocasiones con filtros no precisamente infantiles. Célebres son las críticas que ha realizado más de una celebridad (el caso más conocido es el de la actriz Mayim Bialik, famosa por su papel en la serie The Big Bang Theory, quien acusó a la película de contener un mensaje machista) hacia la película.

Ciertamente, Frozen resulta más interesante de analizar desde una perspectiva sociológica, que no cinematográfica. Y es que, para el crítico, se le presentan una serie de dudas y preguntas que debe afrontar inevitablemente, por ejemplo, ¿Cómo posicionarse ante la película y valorarla?. En definitiva, lo que está claro es que la película ha vuelto arrasar en taquilla, aunque esto tampoco nos debería extrañar, teniendo en cuenta que cuando se dirige hacia un público totalmente infantil, difícilmente Disney pierde dinero.

Mucho se ha vertido sobre la vertiente política de la factoría y resultaría ingenuo quedarse al margen del debate. De hecho, el propio filme, Frozen, nos muestra un claro ejemplo de todo esto, con lo que parece un intento de auto-corrección política. Y es que a diferencia de los discursos amorosos mil y una veces vistos en Disney, y los romances a primera vista, Frozen plantea precisamente como este romance poco cocinado (en apenas un par de secuencias) resulta ni más ni menos que un engaño (me refiero, claro está, a la figura del personaje de Hans). Resulta evidente que la compañía ha intentado enmendar sus anteriores errores en este sentido, lo que no quiere decir que la película caiga por otros tópicos derroteros. Aún así hay que destacar que este está autoconsciencia que demuestra el filme (mal que sea un par de secuencias contadas) es lo más destacable de todo el metraje.

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Y es que una vez más, y en pleno siglo XXI, nos encontramos con una Historia de reyes y princesas. Parece que Disney no sabe hacer nada al margen de la tradición folclórica a la que ha saqueado durante tantas décadas, y se dedica únicamente a forjar el mismo tipo iconográfico sin ni siquiera una reactualización contemporánea. La película está basada en el cuento de Hans Christian Andersen, La reina de las Nieves, al que se le han aplicado las modificaciones básicas para convertirla en un relato adocenado.

El filme pues nos presenta un elemento fantástico muy presente en este tipo de cuentos, como una maldición, que envuelve la familia real, convirtiendo a la princesa Elsa en un ser solitario, debido a los poderes incontrolables que recibió cuando era un bebé. Se ve pues totalmente separada de su hermana, Ana, que una vez ha entrado en la adolescencia empieza a recelar de su hermana. La película acaba desarrollando una trama donde todos los elementos mil veces vistos acabarán teniendo su aparición, como el personaje secundario animado que coge un rol cómico (en esta ocasión, un descerebrado muñeco de nieve) un héroe que acabará enamorándose de la princesa, una galería de personajes secundarios que sirven como contrapunto a los principales (otra vez la comicidad como elemento desfigurador) y  una historia de aventuras con malo de última hora incluido.

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Aún así, quien espere ver un buen drama puede esperar sentado. Frozen está destinada a un público exclusivamente infantil, a diferencia de otras películas Disney perfectamente disfrutables por miembros más adultos. Todos y cada uno de los personajes están pensados para que los más pequeños gocen (cosa que no resulta en sí misma criticable) y no tienen una profundización demasiado elaborada. Las dos hermanas no dejan de ser dos maniquíes simpáticos, con unos problemas epidérmicos resueltos sin demasiado esfuerzo. Que el personaje más logrado de todos sea precisamente el secundario, Olaf, no dice demasiado bien de la manera en cómo están diseñados los personajes protagonistas.

El guión es un auténtico desastre. El problema principal, más allá de que la historia está ya quemadísima, es que no tiene buenos nexos de conexión entre los diversos hechos que transcurren a lo largo del filme. La trama pasa de una a escena a otra sin que realmente haya una justificación que explique lo que está sucediendo. Esto queda especialmente evidenciado con las partes de cine musical que están incluidas prácticamente a la fuerza en el filme. Más allá de la condición puramente musical de estas canciones (realmente sólo algunas pasarían el corte, y no hay más que una, Let it Go, que podamos decir que permanezca cierto tiempo en la memoria del espectador) lo que realmente les hace fracasar es la manera en cómo están encajonadas en la película.

En los aspectos técnicos, Frozen cumple, pero sin demasiadas pretensiones. Los diseños parecen haberse reutilizado de películas anteriores, y tampoco el argumento de la película pide demasiadas florituras como para impresionar al espectador en este sentido.

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