Alicia en las Ciudades (1974)

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Alice in den Städten (Alicia en las ciudades, 1974) es puro Wenders. Una película tan magnética como tediosa y petulante. Con tantas virtudes como arrogantes defectos. Lo cierto es que Wender siempre polariza al público y Alicia en las Ciudades es una de las películas más sensibles en este aspecto.

Ya desde el formato, tan poco comercial, pues la película está rodada en 16mm y en blanco y negro, lo que ya desde la estética puede repeler a más de uno en el primer momento. Craso error por otra parte, porque la estética que emplea Wenders en Alicia en las Ciudades es seguramente el elemento más atractivo de toda la película. Algunos han comparado la película con Paper Moon (Luna de Papel, 1973) película dirigida por Peter Bodganovich prácticamente coetánea con el filme de Wenders, porque ambas comparten una temática básica. Lo cierto es que si buscamos similitudes, podemos encontrar bastantes entre el personaje principal y el que interpretaría años más tarde Harry Dean Stanton en Paris, Texas (Paris, Texas, 1984).

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El filme de Wenders debe contemplarse como un cuadro paisajista abierto. Como una reinterpretación del subgénero de Road Movie. Nuestro protagonista interpretado por Rüdiger Vogler es un escritor que es enviado por su empresa editorial a los Estados Unidos para escribir una novela. Sin embargo, el personaje ha perdido toda la inspiración posible. La película describe bien este deambular tan contemporáneo que nos muestra el protagonista, divagando en sus recorridos y captando cualquier instante con su cámara de fotografía. Sin embargo, la editorial le retira todos sus fondos, y el escritor deberá volver a Alemania. Es en el aeropuerto donde el personaje que interpreta Rüdiger Vogler se encuentra con una madre y una hija, que acabarán cambiando totalmente la dimensión apática del protagonista.

Alicia en las ciudades es una Road Movie de cabo a rabo, cierto, pero no una obra convencional del género. Primero porque los protagonistas no son los arquetípicos, como la pareja tan insólita que forman nuestros protagonistas. Niña y hombre adulto. Un hombre que por lo que parece entreverse en el filme ha perdido toda esperanza en la vida, y se mantiene simplemente activo por rutina. Rutina que de hecho aparece diseccionada con precisión en el filme, pues en muchos compases de la película vemos punto por punto su vida gris y monótona. Por su parte, la joven intérprete Yella Rottländer se hace cargo de un personaje totalmente opuesto al masculino, aportando vitalidad desbordante. Gracias a la contaminación que se establecerá entre los dos personajes, esa misma vitalidad se acabará traspasando al gris personaje principal.

Es la niña quien cambia toda la perspectiva del personaje. Quien se encarga de introducir una vitalidad que anteriormente había ido desapareciendo en el protagonista. La película muestra muy acertadamente esta Quijotización, que sin embargo también tiene sus más y sus menos.

Por otra parte, el filme de Wenders demuestra una vena estética que es seguramente la más destacable faceta de todo el conjunto. El Blanco y negro de la fotografía que firma Robby Müller es de una sensibilidad expresionista que consigue amoldarse perfectamente al sentimiento de alienación que pretende presentar Wenders con el vacío existencial del personaje protagonista. Al igual que su desolado interior, también la fotografía nos presenta las ciudades por las que transcurren nuestros protagonistas como un ente prácticamente ajeno a la vida humana (o por lo menos de los dos protagonistas, sólo hay que ver cómo reaccionan ante un mundo que se les presenta hostil). El título del filme hace referencia de hecho a cierto elemento urbano, y es que al fin y al cabo gran parte de la película es una Road Movie por donde nuestros dos protagonistas bucean por diversas ciudades, que aparecen como un elemento de fondo, un telón prácticamente fantasmal.

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Sin embargo algunos rasgos chirrían a lo largo del metraje. Es el caso de la utilización de la música, que de hecho se liga con el tono petulante que se mantiene a lo largo de toda la película. Unas pocas notas que se repiten continuamente y que únicamente buscan el sentimentalismo más barato (cuanta diferencia con la composición de Ry Cooder para Paris, Texas). Y es que Alicia en las ciudades tiene una cara de la que también hemos de hacer mención como es la clara pedantería que se hace reiterante durante toda la película. La poética no acaba de trasladarse completamente de la pantalla a la butaca y por momentos uno se siente igual de perdido que los personajes protagonistas. Al fin y al cabo sentimientos que son inevitables en cualquiera película de Wim Wenders.

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