Chappie (2015)

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Quizá a Neil Blomkamp se le encumbró muy pronto, con sólo una película en su trayectoria, District 9 (District 9, 2009) y esto le está pasando una factura irremediable. Después del bajón que supuso Elysium (Elysium, 2013) le llega el turno a Chappie (Chappie, 2015) una película que aún deja más interrogantes sobre el futuro del cineasta.

Al igual que sus predecesoras, Chappie se enmarca en el género de ciencia ficción. Y el cineasta se remite a sus raíces originales, dejando el tono serio de Elysium para adscribirse al humor gamberro de su opera prima. Seguramente, incluso yendo un paso más allá, pues directamente el último filme de Blomkamp se convierte en una gamberrada pubescente sin demasiado sentido.

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El caso es que la película no inventada nada nuevo, sino que nos presenta una mezcla entre el mundo imaginado por George Miller en la trilogía de Mad Max (especialmente en sus dos primera entregas) y parte de la premisa filosófica de Blade Runner (Blade Runner, 1982) de Riddley Scott. Dev Patel, actor británico de ascendencia india que pasó al estrellato por Slumdog Millonaire (Slumdog Millonaire, 2008) es en esta ocasión un prestigioso científico que ha desarrollado un robot capaz de utilizarse en operaciones policiales de alto riesgo, algo que nos puede recordar la célebre obra de Paul Verhoeven, Robocop. Sin embargo, unos bandidos secuestran a un prototipo de estos robots para que les ayude en su carrera criminal. Así nace Chappie, un robot que al tratar también con su creador (quien introducirá sus investigaciones más novedosas en él), el personaje de Patel, será el primero en tomar consciencia.

La estética Mad Max es fácilmente rastreable en los protagonistas que acogen a Chappie. Ambos actores, Yolandi Visser y Ninja, forman parte del grupo de música sudafricana Die Antwood (cuya música formará la mayoría de temas que suenan en la banda sonora de la película) están configurados como una especie de Punks que sobreviven en los márgenes del sistema, casi de la misma manera que lo hacían todos los protagonistas de la trilogía de Miller. Esa combinación entre anarquía y tecnología está muy presente en la película y sin embargo queda arruinada por el infantilismo que rodea el producto. Chappie no hace gracia. En ningún momento, sus puntos cómicos consiguen la menor empatía en el espectador. Lo peor de todo, es que esa pátina cómica parece ser una mera excusa para tapar la incapacidad de desarrollar el tema serio que propone la película.

Chappie no deja de ser la versión zafia de Blade Runner. El sempiterno debate sobre la inmortalidad y la vida humana aparece reflejado el filme, casi de la misma manera que lo hacía en la obra de Scott, con un ente tecnológico que llega a tomar conciencia de sí mismo y pretende alargar los plazos de vida que se le han impuesto. Sin embargo, Blomkamp rehúye del debate intelectual para llevar la película por otros derroteros, como el de la acción y el humor más estúpido. Y tampoco habría estado mal una revisión autoconsciente en clave cómica, pero está claro que Chappie no tira por ese camino.

El director de la película antes que construir un personaje complejo pretende crear un payaso. No hay riesgo en Chappie, porque la acción y el humor adolescente son aderezos mucho más comerciales que otros elementos. Humor que deja bastante que desear, porque hace alusión en todos sus diálogos a claves casi adolescentes (seguramente cuando Chappie empieza a hablar se den las frases más idiotas que se hayan llegado a escuchar en una película pretendidamente seria). Acción que no tiene demasiado misterio, y que hace añorar District 9 y el pulso tenso con el que era capaz de rodar Blomkamp.

Así pues, pocos elementos podemos destacar de una película que parte fallida desde sus premisas más básicas. La autoparodia resulta graciosa en algún momento del filme y parece que en cuanto el director se deja de absurdos infantilismos la película consigue alcanzar el vuelo un poco. La mezcla bizarra entre estética y música (el ya comentado grupo Die Antwood tiene temas que serían perfectamente clasificables como un Kitsch autonconsciente) aporta alguna imagen fresca, pero no lo suficientemente arriesgada como para tomarse Chappie como un filme trascendente. Seguramente una película bisagra en la carrera de tan singular director.

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