El Fuego Fatuo (1963)

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Le feu follet (El Fuego Fatuo) es una de las películas más icónicas del cine francés de la década de los años sesenta. La película está dirigida por uno de los directores más inclasificables del momento, Louis Malle. Y es que este cineasta nunca estuvo totalmente adscrito en los movimientos que estaban revolucionando el panorama cinematográfico, como la celebérrima Nouvelle Vague (aunque sí tuvo ciertos contactos con el movimiento y sus miembros) o la marginada desde la historiografía, Rive Gauche. Pero esto no significa que Malle no fuera a su manera un revolucionario en la exploración de nuevas vías cinematográficas y el Fuego Fatuo es testigo de excepción de este hecho. De todas maneras, el Fuego Fatuo fue una de las películas con las que se sintió más orgulloso el director, por ser una de las más personales de toda su carrera[1].

Sí es verdad, que la película podría relacionarse más con la Nouvelle Vague que con su homólogo izquierdista.  Y eso se debe a la temática que desarrolla la película. A diferencia de los filmes de la Rive Gauche, El Fuego Fatuo se centra en la vida de un rico burgués, aislado totalmente de la sociedad y durante toda la película él es el personaje principal absoluto y prácticamente exclusivv (la individualizante investigación de la personalidad, más propia de la Nouvelle Vague que de la Rive Gauche).

El Fuego Fatuo nos presenta a un personaje atormentado, interpretado por Maurice Ronet. Es un ex alcohólico que parece haberse curado después de haber pasado mucho tiempo por tratamiento médico. Sin embargo, se encuentra totalmente vacío. Es un personaje totalmente nihilista, y la película desarrolla precisamente el naufragio del intelectual contemporáneo en el contexto moderno. Ese Vacío, tan literario y poético, es el eje total del filme.

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Maurice Ronet, el personaje principal de la película, realiza una de las mejores interpretaciones de la Historia del cine. El actor, que ya había colaborado en otras películas de Louis Malle, como la pionera Ascenseur pour l’Echafaud (Ascensor para el Cadalso, 1957) encarna la perfección el papel que le pide Malle para la película, de un burgués que deambula por la vida y que ha perdido todo interés por esta. El actor nos deja escenas para el recuerdo, como aquella en la que sube lentamente las escaleras en el piso de su compañero, mientras debate internamente el destino final de su existencia.

El Fuego Fatuo se encarga de diseccionar diversas temáticas, como el Nihilismo, la adicción a la droga (el alcohol), o la amistad. En pleno desarrollo de la literatura existencialista[2], la película se encarga precisamente de desarrollar los resortes filosóficos de un representante de la alta burguesía que no encuentra su sitio en la sociedad actual. Parte de la debacle transcurrida por la segunda guerra mundial queda heredada en la tradición que encarna el protagonista. Lo vemos hablar y entablar conversaciones con los diversos personajes con los que se entrevista, pero realmente parece un muerto viviente, que pasa sin pena ni gloria por la pantalla. De hecho, gran parte de la película es un perpetuo recuerdo, un viaje por parte de nuestro protagonista a todos los recuerdos más gratos que ha tenido durante toda su vida y que se han esfumado para no volver. El tiempo que inevitablemente ha transcurrido y ha hecho mella en todo su ser.  La película podría definirse perfectamente como un deambular constante hacía el pasado, siempre con unos infructuosos resultados para el presente. Una película poética, que no puede abrazarse racionalmente.

Temas muy personales construyen la película, y de hecho la muerte de uno de sus amigos más cercanos le impactó en el momento de concebir el filme (y obviamente tiene una correlación argumental con la película). Por eso ello mismo realizó la escritura del guión (adaptándolo eso si de la novela de Drieu la Rochelle, que está ambientada en los años treinta) sin contar con guionistas profesionales, por primera vez en su carrera.

Hay que destacar también la fotografía que firma Ghislain Cloquet. Una fotografía realizada precisamente en Blanco y negro porque el presupuesto con el que contaba Malle era muy ajustado, pero que cumple perfectamente sus objetivos, mostrando una vena intimista que es capaz de plasmar los detalles amargos que presenta el filme, pero también desarrollándose bien en las partes que suceden en espacio abierto.

[1] V.V.A.A, En torno a la Nouvelle Vague, Ed. Institut de Valencia, Valencia, p. 296

[2] AGUILAR, José Maria, El cine y la metáfora, Ed. Renacimiento, Madrid 2007, p. 34

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