Loreak (2014)

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Loreak (Loreak, 2014) ha sido una de las película sorpresa del año. El film coodirigido por José María Goenaga y Jon Garaño llegó a recibir la nominación de los Goya a mejor película. Pero sobre todo, lo importante es que el filme se ha conseguido un boca a boca entre cinéfilos que le ha dado una status como filme cercano al de culto.

El guión es muy interesante, porque aunque la puesta en escena no acompaña, puede verse perfectamente cuáles son sus intenciones y la manera en cómo se construye la historia. Loreak es una interesante vía poética que en parte se dirige hacía una reflexión la soledad y de la aceptación del paso del tiempo y sus consecuencias, pero con múltiples lecturas, de tal manera que tampoco es fácil clasificar el filme en una única dirección.

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La película está pensada para abarcar un espacio de tiempo bastante considerable, y la estructura se adecua a ello, con lo que no es extraño observar variados saltos de tiempo a lo largo del metraje. Nagore Aramburu interpreta a una mujer llamada Ane, que parece cumplir con el prototipo de mujer trabajadora y casada. Sin embargo, en los primeros compases del filme, un médico le diagnostica una menopausia precoz. Al mismo tiempo, empezará a recibir unas flores, que parecen provenir de un admirador anónimo. La metáfora es evidente, nuestra protagonista que cree que su etapa como mujer ha llegado al final (si nos atenemos a los cánones que han regido la femineidad durante siglos), recibe la compensación de unas flores, que en este determinado contexto se toman como un signo de renovación y esperanza. Por otra parte también somos testigos de que su matrimonio no es que vaya precisamente bien, debido a la incomunicación que existe entre ella y su marido.

Posteriormente la película nos introducirá un par de protagonistas femeninas más, y entre las tres se hará girar el eje narrativo del filme. Tere (Itziar Aizpuru) interpreta la madre de Beñat (Josean Bengoetxea) que a su vez está casada con Lourdes (Itiziar Ituño). En principio, no hay ninguna relación entre estos tres personajes y Ane, pero el guión jugará inteligentemente sus bazas para acabar de unirlos (las flores como nexo de unión, es un más que interesante recurso) y el filme nos mostrará la complejidad de cada uno de estos caracteres.

A medida que recuerdan a uno de los personajes, los personajes irán interrelacionándose. Las flores adquieren un nuevo nivel simbólico, en tanto que en esta ocasión sirven como elemento de recuerdo para aquellas personas que ya no están (sobre esto la película hará una reflexión, especialmente por parte del personaje más anciano, Itziar Aizpuru) y la película introduce además interesantes subtramas. Como vemos, la película no tendría demasiado sentido si no fuera por los personajes y la manera en cómo se desnudan cada uno de ellos, como personajes poliédricos, que reaccionan al entrar en contacto con los demás personajes.

Y, sin embargo, hay algo que falla en Loreak. Y es sencillamente, que el lenguaje cinematográfico por el que optan los dos cineastas que dirigen el filme, no casa con la propuesta intimista del guión. Así, el eje central y el discurso dramático sobre el que se construye la película, queda en muchos momentos interrumpidos por una puesta en escena que rompe con el equilibrio del resto del filme, produciendo una desazón al espectador.

Dejándolo más claro, Loreak es una película que trata temas, que si bien están ligeramente poetizados, podrían suceder perfectamente (teniendo en cuenta que estamos ante ficción). No es neorrealismo, es evidente, y la película tuerce bastantes las situaciones, creando una serie de “casualidades mágicas” pero la película se inscribe en nuestra cotidianeidad, y podríamos decir que describe una serie situaciones comunes. Y sin embargo, la puesta en escena embarulla todo esto, para crear una magia que en esta ocasión no es cotidiana, sino artificial. Pensemos ahora en los planos cenitales que aparecen en un momento de la primera parte del metraje… ¿Eran  necesarios? ¿Tenían alguna función específica? La realidad es que ese plano cenital, que acaba mostrando una cámara dinámica que se acerca a los dos protagonistas que tienen una conversación, parece más una floritura estética propia de inicios de la Nouvelle Vague que una necesidad estética. Un plano resultón, que acaba comiéndose el resto de la escena, e incluso el interés en escuchar los diálogos, que son el auténtico motor de dicha secuencia. Pues, como este plano cenital, podemos encontrar múltiples recursos similares  a lo largo del filme.

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