Picnic en Hanging Rock (1975)

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Existe un Peter Weir antes de hacer las Américas y firmar sus películas más famosas para el gran público, como Dead Poets Society (El Club de los Poetas Muertos, 1989) o The Truman Show (El Show de Truman, 1998) por poner dos de los ejemplos más significativos. Sin embargo, en su etapa Australiana, y aún sin poder con grandes presupuesto, el cineasta mostraría su habilidad para hacer un cine singular, como Picnic at the Hanging Rock (Picnic at Hanging Work, 1975). Este filme sería elogiado por el mismísimo Kubrick, del que parece evidente que recogió algunos elementos para sus propias películas, sobre todo en lo que se refiere a la creación de una atmósfera que deje sobreimpresionado al espectador, tal y como haría en The Shinning (El Resplandor, 1980) cinco años después.

El inicio del filme ya resulta enigmático. Mostrando una semejanza más que curiosa con el cuadro de Dalí en el que muestra a Gala asomándose a una ventana, el filme nos presenta a unas jóvenes que están a punto de realizar una excursión por lo más profundo del campo australiano. Ya en estos compases primerizos la música hace acto de aparición importante, ayudando a crear una atmósfera que se mueve entre lo inquietante y lo bucólico (lo anecdótico, como ver los entresijos de una escuela típicamente británica y decimonónica, muy parecida a lo que veríamos más adelante con el Club de los Poetas Muertos). La película, que adapta la novela de Joan Lindsay, está basada argumentalmente en una leyenda urbana, según la cual, a principios del Siglo XX, un grupo de jóvenes que se encontraba de excursión en la zona volcánica de Hanging Rock, desapareció de la nada sin dejar más rastro. Lo cierto es que si se rastrea las fuentes originales, la historia no deja de ser un invento de la prensa, que acabo transmitiéndose de una a otra sin verosimilitud. La película de Peter Weir aprovecha la historia para crear un argumento fantasioso en el que realmente los protagonistas no son tanto humanos, sino la propia dimensión fantástica que impone el filme.

La película de Peter Weir no debe captarse con la razón, sino con los sentidos. Si uno espera captar un desarrollo puramente convencional, con una narrativa que parta de un punto a otro y desarrolle el guión de manera lineal, no comprenderá el filme, y seguramente lo aborrecerá al cabo de cinco minutos de iniciarse el metraje. Durante gran parte de este mismo, de hecho, no transcurren eventos clásicos, sino que el filme se decanta por una serie de imágenes, básicamente independientes entre ellas, que buscan cimentarse por sí solas en una poética determinada . Por eso, la música es un elemento imprescindible para entender los intereses de Peter Weir con el filme. La música, que compone Bruce Smeaton, va en total consonancia con el mensaje místico del filme. La banda sonora se transmuta en el mensaje fantasioso que pretende abanderar la película, y podemos ver claramente como se convierte en el máximo representante del desenfreno y la naturaleza, en contraposición con la Apolínea ciudad. La Flauta de Pan[1] se contrapone  con la ordenada música (el piano) que tocan las jóvenes. En efecto, el filme es en realidad una lucha entre la naturaleza mística, que prácticamente se encuentra en una dimensión especial, contra la civilización ordenada, como es la humana. Mediante contraplanos que tratan de ensalzar las montañas de Hanging Rock y la utilización de fotogramas que se solapan (todo ello aderezado con la ya comentada música) la película muestra también formalmente la diferencia entre uno y otro mundo.

Que a Picnic en Hanging Rock no le interesan demasiado los personajes resulta evidente. Cuando se produce el extraño incidente, y una serie de protagonistas desaparece, el filme no se centra en el aspecto dramático que todo esto conlleva, ni tampoco nos muestra las consecuencias que estas desapariciones provoca en los familiares (que apenas aparecen en el filme) sino en cómo afecta el incidente al desarrollo de la vida en las poblaciones colindantes, pero siempre centrándose en la comunidad, y no especialmente en individualidades.

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En conclusión, Picnic en Hanging Rock propone formas arriesgadas, pero que no acaban de funcionar del todo. Estéticamente el filme resulta interesante y consigue agobiar al espectador (parte de sus objetivos), haciéndole empequeñecer contra la sublime naturaleza. Ahora bien, también es cierto que el filme se embarulla en su discurso, y a medida que avanza el metraje da la sensación de que el director no tenía muy claro que hacer finalmente con el filme.

[1] MUIR, John Kenneth, Horror Films of the 1970’s, Ed. MacFarland, North Carolina 2002, p. 359

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