Llamada para un Muerto (1966)

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The Deadly Affair (Llamada para un muerto, 1966) es una película más que, ambientada en la década de los sesenta, trata sobre el tema del Espionaje. Y además, el filme goza de la producción británica. Pero nos equivocaríamos de pleno si definiéramos el filme como una producción a corriente de la saga Bond. El filme, dirigido por uno de los directores más prestigiosos de la Historia del Cine, como es Sidney Lumet, es la adaptación cinematográfica de una novela de John Le Carré, uno de los escritores más famosos en el mundo del Thriller de espías contemporáneo.

Un James Mason ya entrado en años debe interpretar el papel principal, un investigador que deberá analizar un supuesto caso de suicido, que en realidad no es tal. Ya se aprovecha desde el primer minuto para introducir algún discurso político, totalmente candente relacionado como  no puede de ser de otra forma que con la Guerra fría. Precisamente nuestro protagonista deberá introducirse en una guerra abierta en la que parece que hay involucrado diversos antiguos comunistas.

Un cruce entre las películas de Sherlock Holmes y las adaptaciones cinematográficas de John Le Carré. James Mason se pasa durante gran parte del metraje realizando averiguaciones que no distan mucho de las insinuaciones que encontrábamos en la obra más célebre de Arthur Conan Doyle, mientras trata de averiguar el fondo del enigma principal. El tono del filme ronda pues, entre el Humor pequeño burgués y el Espionaje de salón. Olvidémonos de Aston Martin, secuencias llenas de acción y aparatos de primer nivel tecnológico. La Dirección de Llamada para un Muerto se dirige hacia otros menesteres. Y es que en realidad, nos encontramos ante una película que gran parte de su metraje está dedicado a las relaciones personales de los diversos personajes.

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Por una parte, tenemos el drama entre el personaje de James Mason y su jovencísima mujer, que interpreta Simone Signoret. Mason encarna un espía de mente muy lúcida, que está casada con una mujer más bien modelo florero, bastante insatisfecha. Básicamente, la película explora los celos del marido con tal poder conservar el amor de su mujer (de hecho, le deja tener diversas relaciones extramatrimoniales, siempre que no vea que hagan peligrar su relación). Una lucha de intereses que aparece muy bien reflejada en el filme, gracias a la interpretación de los personajes protagonistas, que encarnan perfectamente sus papeles.

El Segundo bloque de conflictos dramáticos lo encontramos entre el personaje de James Mason y los diversos secundarios que irán apareciendo y que junto a él tratarán de resolver el caso. Si bien son igual de importantes, lo cierto es que Lumet no consigue sacarle el mismo jugo que  a la dupla Mason-Signoret.

Al igual que sucedía en la más alabada película de Lumet, 12 Angrey Men (Doce Hombres Sin Piedad, 1957) el tono del filme emplea un lenguaje totalmente teatral. Pero el director lo utiliza manera específica y  en las ocasiones en las que el metraje deja de lado el conflicto entre personajes, y se dedica a mostrar secuencias más propias de la acción, es donde ahí la puesta en escena se vuelve más dinámica. Esta teatralidad que fluye sobre toda la esencia del filme no es per se un elemento negativo, pues cuando Mason se encara con Signoret es de hecho cuando la película alcanza cotas más altas, como ya decíamos. Además, en lo que parece un guiño más que evidente, en Llamada para un Muerto aparece el propio teatro en sí, y con un peso bastante considerable (y como no, la obra representada donde transcurre parte de la acción final es en una representación Shakesperiana).

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Llamada para un muerto no es una película que podamos tildar como fallida, pues lo que propone lo acaba cumpliendo. El problema está, en que precisamente, lo que propone Lumet con el filme no es tampoco un proyecto excepcional. En resumidas cuentas, nos encontramos con un filme de espías más, correctamente aderezado, eso sí, pero que queda lejos de los grandes filmes del propio Lumet. De hecho el filme parece perfectamente encarnado en el personaje del propio Mason, al que lo vemos ya como un espía muy desgastado por el paso del tiempo. Una vez se ha acabado la película, no hay ninguna trascendencia, ni ninguna reflexión por parte del espectador, que digiere la película como si, a efectos finales, fuera un filme de Bond más. La intriga política, por mucho que pretende venderse como de altos vuelos, acaba confinándose como un capítulo menor, casi una rencilla amorosa, más que un conflicto político real (por mucho que en primer momento veamos que se trata de involucrar a la URSS o parte de la política de la guerra fría).

Por cierto, la banda sonora que compone Quincy Jones es puramente del momento. Una percusión Jazzística que no tiene reparos en colocar algún coro femenino, que no desentonaría en algún coro de Ghospel contemporáneo. En parte, este tipo de películas son sobre las que la saga Austin Powers realizaría una parodia.

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