Mesalina (1924)

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La década de los años veinte del Siglo XX era ya demasiado tarde para que los Filmes colosialistas siguieran estrenándose como si no hubiera pasado nada una década antes. La Fórmula de Pastrone y Guazzoni, los dos grandes directores del subgénero colosalista, estaba ya exhausta y apenas se habían introducido renovaciones importantes. Los filmes que tanto éxito habían tenido en el mundo entero (Desde Italia se exportaban todo el mundo occidental) empezaban a palidecer. Seguramente, uno de los últimos grandes éxitos vendido por todo el globo, incluida la URSS[1] (en el aspecto comercial, no artístico) fue Messalina (Mesalina, 1924), dirigida precisamente por Enrico Guazzoni, uno de los directores más importantes del subgénero, y que había destacado ya una década antes.

Cuando se estrenó el filme de Guazzoni era mudo evidentemente, pero en la década de los treinta se utilizó un procedimiento habitual, como era la sonorización sobre el filme original, para poderse comercializarse mejor. Así, ha llegado la mayoría de copias de Mesalina, con diálogos incorporados (un falso doblaje) y con los interttítulos recortados. En muchos momentos del filme, el ridículo de estos diálogos resulta contraproducente con la intencionalidad original, además de ser una aberración desde el punto de vista actual de restauración artística.

Mesalina, como indica su nombre, es una película más del Colosalismo ambientada en la época Imperial Romana. Mesalina fue la pérfida esposa de Claudio, que a punto estuvo de mandar ejecutar a su propio marido y emperador en un sucio complot, que afortunadamente para Claudio, fue desmantelado a tiempo. En definitiva, el filme nos presenta una historia de desmanes y lujuria, donde las actividades licenciosas de Mesalina ocupan prácticamente la totalidad del metraje. Se introducen también subtramas y líos amorosos, pero podríamos decir que al filme no le interesa mostrar un episodio histórico en concreto (Como podría ser Cabiria, donde Pastrone mostraba, aunque a su manera, la guerra púnica), sino la radiografía de una época, según el filtro personal del director y del momento.

Mesalina aparece representada en el filme casi como una prostituta que el único interés que le mueve es el de coleccionar maridos y cometer todo tipo de vicios. En realidad un personaje poco construido, como prácticamente todo los que desfilan en el filme, simples arquetipos con los que Guazzoni rellena el metraje. En realidad, lo que le interesa al director es hacer un espectáculo absoluto y dejarse llevar por la épica y por tanto aparecen las secuencias típicas.

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Por una parte, la aclamación del Emperador. El filme precisamente empieza con el fallecimiento de Calígula (que aparece sólo con intertitulos) y la aclamación de Claudio por parte de los Pretorianos como el nuevo emperador. El festejo triunfal, en realidad es una secuencia en la que Guazzoni aprovecha para mostrar grandes masas de extras desfilar por la pantalla (bien que muchos son personajes repetidos) algo habitual en el Colosalismo, y que pretendía impresionar al espectador y dejarlo boquiabierto con la producción de medios. Igual sentimiento lo encontramos con las carreras de cuadrigas, elemento que no podía faltar en una película ambientada en la antigua Roma.

La Historicidad brilla por su ausencia, como es lógico en este tipo de filmes (y como lo sigue siendo en la mayoría de películas Históricas que se estrenan hoy en día) con lo que no es extraño contemplar cómo se mezclan los conceptos prejuiciados del momento, y contaminados por la opinión católica. No faltan las escenas en las que mediante el Sexo y las orgías el guión nos trata de mostrar una Roma lujuriosa y depravada, donde no existe la moralidad (Lo cierto es que la moralidad cristiana no, pues el Pecado nunca ha funcionado en prácticamente ninguna religión de las múltiples que había en la Roma del momento, a excepción de la Judiocristiana). Siguiendo a esto, nos encontramos con los sacrificios Humanos (sumamente absurdo en el momento) y el punto exótico que apunta el bando egipcio, que tampoco tiene una justificación demasiado clara.

Mesalina supone un canto de cisne. Después de la primera guerra mundial, las películas Históricas Italianas sólo fueron perdiendo territorio en el mercado internacional, y posteriormente a la década de los años treinta, el Régimen simplemente utilizaría la historia como un herramienta propagandística, caso del Scipione l’africano (Escipión, el Africano, 1937) de Carmine Gallone, donde la trama pretendía justificar las incursiones militares en el África por parte de Mussolini.

[1] ESPAÑA, Rafael, La Pantalla Épica: Los Héroes de la Antigüedad vistos por el cine, Ed. T&B, Madrid 2009, p. 73

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