La Rebelión de las Máquinas (1986)

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La primera y última incursión de Stephen King como director de cine la encontramos en Maximum Overdrive (La Rebelión de las Máquinas, 1986), una película que obviamente está basada en uno de sus propios relatos. King siempre ha sido un escritor prolíficamente adaptado en términos cinematográficos, pero nunca hasta la fecha había corrido el riesgo de colocarse detrás de las cámaras. Y después de comprobar el resultado final, entendemos porque Stephen King no volvió a repetir la jugada. Lo cierto es que la Rebelión de las Máquinas podría haber llevado perfectamente la firma de Mick Garris y tampoco se habría enterado demasiada gente.

No es extraño tampoco entender el porqué de la decepción. Para empezar, el relato que adapta el propio escritor es uno de los peores que ha escrito en toda su carrera, o por lo menos de los más planos. Una historia que quizá pueda ser entretenida, pero carece de cualquier interés más allá de convertirse en lo que acaba siendo, como es un producto ínfimo de Serie B.

Utilizando un prólogo irrisorio, la película nos introduce un texto de los prototípicos de la serie B de los años ochenta. Se supone que el paso de un meteorito es el causante de los desastres que serán el definitivo eje del filme. Se supone que el cometa provoca que las máquinas de la tierra se vuelvan completamente locas, incluso tomando consciencia  y provocando, como indica el propio título del filme, una rebelión contra los seres humanos. Como vemos, el argumento a pesar de que lo firma King, podría firmarlo cualquier escritorucho de tres al cuarto, y no se desentona demasiado con la ingente cantidad de películas de ciencia ficción y de terror que se realizaban por aquellos años, los ochenta. Incluso la premisa no es demasiado exigente consigo misma, y así no es extraño observar diversas contradicciones a lo largo del metraje: Las máquinas se vuelven conscientes sí, pero nunca sabemos cuáles son sus objetivos exactamente, sino que parecen convertirse en un mero simulacro de inteligencia. Por otra parte, las reglas que se autoimpone la película se rompen con facilidad, pues muchas de las máquinas que encontramos en la película no están “infectadas” mientras que otras sí, con que no sabemos exactamente que reglas sigue el filme en este aspecto.

MaximumOverdrive

Emilio Estévez interpreta al personaje protagonista, un ex convicto que trabaja en una gasolinera. La poca originalidad de la película sigue resumiéndose en este protagonista, que representa todo lo más chusco del género. Guaperas, mangoneado por su superior y con un atractivo sexual indudable, es el típico personaje resuelve problemas que todo filme de acción necesita. Lo más indignante desde luego es la relación de amor que nos coloca la película, respecto este personaje y el que interpreta Laura Harrington. Ambos personajes se conocen en el mismo momento de la acción, y en apenas un par de secuencias los vemos retozar, con un resultado más que sonrojante. Además el amigo King se obsesiona bastante, dándoles un protagonismo inusitado y que no merecen.

En honor al filme hay que defender la primera parte del metraje, que resulta la más interesante. La rebelión maquinaria pilla a un grupo de humanos cruzando un puente, y el director se recrea con multitud de coches siendo destrozados (con tripulantes dentro incluidos, por supuesto) en una secuencia que es lo único espectacular de toda la película. Pero después de esta introducción, parece que a King se le acabó todo el presupuesto  y el resto de la acción transcurrirá siempre en una gasolinera, que es acechada por los camiones rebeldes.

Lejos de la claustrofobia o de un análisis de personajes en profundidad, la película opta por las salidas tópicas, tanto en acción (las decisiones más arriesgadas y estúpidas serán las prioritarias, como el pacto con las máquinas) como en dramatismo (el perfil de los personajes denota un desarrollo bajísimo, y sólo hay que ver el personaje del jefe, desdibujado por una brocha gorda simplona).

Por último, comentar la curiosa banda sonora, que compuso totalmente el célebre grupo australiano de Rock, AC/DC. El resultado, aunque imperfecto, es bastante estimulante, pues el grupo rehúye de crear canciones convencionales con estrofa/estribillo, para crear una batería de sonidos que en muchos casos pretenden emular la propia maquinaria, o ambientar la secuencia. Aunque dramáticamente se le pueda poner alguna objeción, lo cierto es que la película consigue con la música cierta singularidad, y en alguna ocasión el experimento sale ganando.

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