Surcos (1951)

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Hay una secuencia en Surcos (Surcos, 1951) en la que una pareja de ricachones se dirigen al cine para ver una película. La mujer pregunta qué película van a ver, y el novio contesta que una “Neorrealista” qué “está muy de moda en Europa”. Ella pregunta qué, “que es eso de Neorrealismo”, y él contesta que es “El Drama Social, historias de gente pobre”. Cuando vuelven del cine, ella se queja evidentemente de que la película no le ha gustado, por ser demasiado aburrida. Esta pareja de personajes representa bastante bien la alta clase social típica heredera del primer franquismo, que vivía alejada totalmente del drama social (como sucede exactamente ahora).

Surcos supone un antes y un después en la cinematografía española. Después de la guerra civil la pantalla estaba dominada por películas que se dedicaban a exaltar al nuevo régimen instaurado y los valores que lo acompañaban, así teníamos: Películas patrióticas, religiosas y folclóricas (este último grupo el menos inofensivo). No ayudaba la rígida censura que imperaba por aquel entonces. El filme dividió en dos a gran parte de los miembros más comprometidos con el cine, e incluso se asegura que José García Escudero, el director general de cinematografía, dimitió de su puesto tras una defensa enconada de la película[1]. Aunque después de largas y tensas negociaciones (donde se llegó a censurar un final que era aún más demoledor que el que se muestra en la versión final) el filme consiguió el título de Interés Nacional. De hecho la película se exhibió en el festival de Cannes de 1952. La película contaba una historia original de Eugenio Montes, pero fue adaptada por Gonzalo Torrente Ballester.

Surcos nos cuenta una historia que era realmente viva en aquel año de 1951. El drama de la inmigración rural es la absoluta protagonista. Los primeros compases del filme son más que significativos en este aspecto, cuando José Nieves Conde rueda con perfección el resumen del triste viaje que debe realizar nuestra familia protagonista, cuando se traslada definitivamente del campo a la ciudad. En el tren son vejados por muchos de los otros pasajeros, que los consideran inferiores a ellos. Una vez pasado este primer envite, nuestros protagonistas deberán sobrevivir en la ciudad, y para ello es vital la búsqueda de un trabajo. Gran parte del metraje está dirigida en este aspecto, con nuestros protagonistas buscando mediante el trabajo un incremento del nivel de vida. De hecho, la mayoría de los diálogos entre los personajes se refieren siempre a la economía doméstica, acaparando un monotema que ayuda a entender la propuesta del guión, este leimotiv constante.

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El filme se dedica también a mostrar a los diferentes personajes de la familia relacionándose entre ellos y con el reto de poder contribuir a la supervivencia del núcleo familiar. El Padre, ya mayor, representa el arquetipo de aquel hombre ya hecho de una manera determinada e imposible de adaptarse a los nuevos cambios (Le despiden inmediatamente del trabajo y su propia mujer lo considera en cierta medida un paria) a pesar de que mantiene la moral y los valores familiares hasta el final, el Hijo mayor, que toma el testigo de su padre convirtiéndose en el líder familiar, y que cae en las garras de la criminalidad ante la expectativa de obtener un futuro mejor para él y sus allegados, el hijo menor, que al ser considerado un lastre se marcha del hogar en una secuencia filmada con una sensibilidad brillante, o la hija, que es engañada por un mafioso sin sentimiento (que representa el típico corrupto que sacó provecho de la guerra civil) se echa a sus brazos, y es engañada vilmente.

Surcos es una de las primeras películas españolas que mirando el espejo del Neorrealismo, muestra una realidad hasta entonces desconocida en las pantallas de cine españolas. Poco acostumbrados estábamos a las ruinas y la miseria, por lo menos en la medida que son mostradas en la película de Nieves Conde. Imágenes impactantes, y es que gran parte del filme es un deambular por las miserias de la España de la Posguerra. Imágenes y secuencias son numerosas: El degradamiento moral de nuestro protagonista al tener que aceptar un trabajo criminal, la maravillosa secuencia del padre de familia trabajando en la fábrica (con un montaje espectacular), las masas anónimas de gente, siempre dispuestas a despedazar a sus compañeros….

La fotografía en Blanco y Negro que firma Sebastían Perera ayuda también a contribuir con el mensaje de desolación y pesimismo, incluido ese terrorífico final que no deja paso al optimismo. Paradójicamente, los nubarrones negros de Surcos suponían una perspectiva un poco más luminosa para el panorama cinematográfico español.

[1] LERA, José Maria Caparrós, El cine Español bajo el régimen de Franco, 1936-1975, Ed. Universidad de Barcelona, Barcelona 1983, p. 34

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