Hanussen (1988)

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Hanussen (Hanussen, el Adivino, 1988) forma parte de la trilogía que el director Hungáro, István Szabó realizó sobre su país y la primera guerra mundial (por aquel entonces un imperio multiétnico). Las otras dos películas son Mephisto (Mephisto, 1981) y Redl Ezredes (Coronel Redl, 1984). Las tres películas están basadas en tres individualidades que tuvieron algún papel en la Hungría de la Primera guerra mundial o la postguerra, pero siempre con una singularidad patente (nada de militares o políticos). En el caso de Hanussen, el adivino, nuestro protagonista es precisamente  Erik Jan Hanussen quien es interpretado por Klaus Maria Brandauer (un actor europeo de primera categoría) y que como indica el título en castellano fue uno de los más extraños astrólogos que pulularon por la Europa de entreguerras, llegando incluso a atraer al mismísimo canciller Adolf Hitler.

Aunque para empezar, habría que decir que la película no sigue la vía histórica, sino que en realidad especula abiertamente con la realidad. La Verdad es que Erik Jan Hanussen fue un personaje que colaboró (aunque la historia no es demasiado clara y está envuelta en oscuridad) con el Nazismo y que incluso llegó a impresionar al mismo Führer, que pidió consejo a Hanussen (el esoterismo y el Nazismo siempre han ido de la mano, como es sabido). Sin embargo, la visión del filme es mucho más edulcorada, y nos trata de presentar a nuestro protagonista como una especie de mártir, que incluso acaba siendo ejecutado a manos de los Nazis.

La película arranca con los últimos días de la primera guerra mundial. Nuestro protagonista es un soldado más que en una ofensiva recibe una herida en la cabeza. Eso es el punto definitivo, que le hará cambiar la consciencia de una manera definitiva, en la que incluso obtendrá unos extraños poderes, que le darán la capacidad de poder ver el futuro y otras técnicas telepáticas. Esta primera parte es especial por hacer una interesante radiografía del imperio Austro-Húngaro que estaba en sus estertores finales (aunque en realidad la decadencia no demasiado visible, más allá de un país en guerra). Aún así la película empieza, en estos primeros compases, a mostrar ya sus carencias y  el sinsentido del guión y su desarrollo, que no sabe exactamente por donde hacer avanzar el metraje: Si por la definición de ambientes, por la construcción psicológica del personaje o por el thriller sobrenatural. El resultado es una película en ocasiones entretenida (toda película relacionada con la segunda guerra mundial y el auge del nacionalsocialismo es entretenida ya de por sí) pero que sucumbe ante situaciones repetitivas y ante una falta de imaginación clara.

Y es que gran parte del metraje transcurre con la misma fórmula, y en numerosos momentos el espectador tiene la sensación de estar viendo las mismas escenas puestas en bucle. Me refiero a las secuencias en las que nuestro protagonista se embarca en la aventura de ser un adivino freelance y montar sus propios shows en diversos escenarios por Europa. A partir de ahí la película se convierte en una sucesión de secuencias donde vemos a nuestro protagonista utilizar sus poderes telequinéticos y dejando a los espectadores que asisten al espectáculo de magia totalmente impresionados. Pero más allá de este repetitivo engranaje, la película se queda definitivamente atascada en el nudo del desarrollo argumental.

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De los temas que realmente podría haber sacado provecho el director, finalmente ninguno queda correctamente explotado. El Amor y las relaciones sentimentales de nuestro protagonista con diversas mujeres a las que deja impresionada con sus poderes acaban siendo terminandas como simples flirteos sin más profundidad, la homosexualidad aparece pincelada y de manera sutil  pero sin más miga, la relación entre nuestro personaje y la política es otro coitus interruptus, pues el director prefiere optar por el cortoplacismo…

Lo que más destaca para bien son dos elementos. Primero, la atracción del tema, que a pesar que no aparecer excelentemente desarrollado, está lo suficientemente entretenido como para que pidamos saber que pasa finalmente con el protagonista. Y finalmente, algunas secuencias aisladas, como el magnífico final en el que a pesar de ocultar la historia real, István Szabó crea una tensión unida a un patetismo sublimes.

Una característica también positiva y muy significativa de la película es la fotografía, que crea un clima muy determinado y reconocible. Firmada por Lajos Kontai, la gama cromática se mueve siempre entre los mismos espectros, colores vacíos y apagados, que dan una sensación conjunta de vacío desolador (como fue la época de entreguerras para los países perdedores). Y es muy evidente viendo el filme que la fotografía es intencional. El tono de la película así lo requiere, pues uno de los ejes del filme es la presentación de un mundo en ruinas (recordemos los planos que nos presentan el hospital psiquiátrico) y que empieza a iniciar su camino de autodestrucción.

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