Ganar de Cualquiera Manera (1994)

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Reza una leyenda urbana cinéfila que en el cine apenas encontramos películas deportivas de calidad, más allá del Boxeo (deporte cinematográfico por excelencia, donde se centra la flor y nata del género), ni en Baloncesto, Fútbol o Rugby encontramos demasiadas películas citables. Y a priori podría parecer que Blue Chips (Ganar de Cualquiera Manera, 1994) podría ser la película que rompe con los estándares, teniendo en cuenta que está dirigida por el gran William Friedkin (conocido sobre todo por ser el director de El Exorcista) y que cuenta con actores que si bien no gozan de un excelente caché, si tienen veteranía, como es el caso de Nick Nolte. Pero lo cierto es que el filme naufraga entre una propuesta inalcanzable, a la que Friedkin no sabe suplir sus ansías de grandeza.

La trama del filme se centra en el baloncesto universitario. Nick Nolte interpreta a un veterano entrenador de baloncesto, que en el pasado consiguió diversos títulos universitarios pero que en el presente se encuentra en una situación límite debido a las numerosas derrotas. A pesar de todo, en un primer momento nuestro protagonista rehúsa comprar jugadores universitarios de mayor nivel (algo considerado ilegal en los USA) pero finalmente acabará contratando a tres piezas claves (los tres personajes en realidad  están interpretados por auténticos jugadores de baloncesto: Penny Hardaway, Shaquille O’Neal y Matt Nover) que aumentarán considerablemente el nivel del equipo. El eje principal de la película se centra en el dilema moral que tiene que enfrentar nuestro entrenador: Perder dentro de la legalidad o ganar haciendo trampas. Dilema ético que podría haber desarrollado mucho mejor Friedkin, porque el resultado final es bastante decepcionante.

La tensión es superficial, y el espectador pocas veces se cree lo que está viendo y así como el conflicto emocional de los personajes. Los jugadores de baloncesto, teóricamente protagonistas son en realidad unos secundarios nefastos, mal construidos y de escaso interés. Por ejemplo, el trío de personajes que está interpretado por jugadores de baloncesto reales, son apenas caricaturas (caso más acusado el de Shaquille o’Neal, que el guión intenta convertir en un grandullón en el fondo inteligente, pero que huele a distancia a cliché).

El filme de hecho va en Crescendo acaparando disparates, que eclosionan con un final tremendamente paródico, que resume muy bien las características del peor cine deportivo. Nuestro protagonista interpretado por Nick Nolte acaba revelando en una rueda de prensa los tejemanejes ilegales que ha hecho el equipo, y el Speech es realmente sonrojante. Ese mundo deportivo tan exaltado y sobre todo, idealizado aparece en su máxima expresión ante un personaje que parece Teresa de Calcuta Reencarnada. Nada resulta créible y todo está demasiado forzado en la película, especialmente a medida que avanza el metraje y termina tan estrepitosamente.

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La grandeza del deporte norteamericano queda plasmada casi como una parodia en manos de Friedkin. El Discurso hiperbólico queda amenazado por la simplicidad del argumento, que convierte toda la capa de pintura exagerada del filme en un chiste de mal gusto. Y es que el problema principal, es que el argumento y las posibilidades que desarrolla el filme son en realidad demasiado simples para la forma con la que trata el cineasta.  Se pueden destacar las buenas intenciones, pues al fin y al cabo y pese a los resultados finales Friedkin ha pretendido realizar una película que va más allá del simple entretenimiento, y con un mensaje de fondo, pero lo cierto es que los objetivos no se acaban cumpliendo.

La música tiene una importancia capital en la película, y continuamente el director añade temas folks y canciones de Rock populares, que ayudan a hacer el montaje más ameno, pero que alimentan la superficialidad de la película antes un grupo de canciones que entran dentro de lo perfectamente esperado.

Por otra parte, las secuencias de acción, es decir, las que forman los partidos de baloncesto, anticipan el estilo que encontraríamos cinco años más en tarde en la película de Oliver Stone, Any Given Sunday (Un domingo cualquiera, 1999) donde Al Pacino interpretaba un rol parecido al de Nick Nolte como entrenador veterano. En ambas películas nos encontramos con un montaje aceleradísimo (bien es cierto que Friedkin no se acerca ni por asomo a la sobresaturación de Stone) donde el lenguaje televisivo es una influencia clara, y donde se pretende plasmar en todo su esplendor el Show deportivo. En definitiva, un lenguaje también cargante, que función sólo en ocasiones, y que acaba aburriendo por reiterativo.

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