Los cuentos de Canterbury (1972)

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No se entiende muy bien como I racconti di Canterbury (Los Cuentos de Canterbury, 1972) está considera como una obra notable en la carrera de Pier Paolo Pasolini, cuando podría ser una de sus peores obras. Bien es cierto que hemos de matizar, puesto que con Pasolini siempre hay controversia y no hay posibilidad de consenso. La película como indica el título, está basada en una de las obras de la literatura más conocidas, cumbre del arte inglés y escrita por Geoffrey Chaucer, The Canterbury Tales. Aún así difícilmente podemos hablar de una adaptación, porque en realidad Pasolini hace lo que le da la gana con la obra original, y de hecho en cierto momento incluso se atreve a incluir un guiño cinéfilo a una de las figuras cinematográficas más importantes de la historia, como es Charles Chaplin.

Y también resulta difícil explicar de qué va exactamente el argumento de la película, porque seguramente ni el propio Pasolini lo sabría. En teoría, multitud de cuentos e historias forman el filme, que se nutre del folclore de la edad media, aunque como veremos más adelante, con unas dosis de fantasía surrealista. No hay principio ni final, ni por supuesto un hilo narrativo convencional, algo que per se por supuesto no es negativo.

Pero vayamos al grano…no hay mucha diferencia entre la película de Pasolini y la gran cantidad de películas zafias que se estrenaban en España en aquellos tiempos. Sé perfectamente que al decir esto puedo meterme en un berenjenal pero es tal como suena. De qué va ¿Los Cuentos de Canterbury?  Realmente no es más que una película cómica, cuyos puntos se sustentan exclusivamente en el humor chabacano. No existe historia detrás, y el guión no explora absolutamente nada de la obra literaria original. La estrategia prácticamente sigue siempre el mismo esquema. Generalmente una pareja de amantes insatisfecha, que se acaba rompiendo por la entrada de un tercer personaje, y así una y otra vez, el filme concatena las mismas acciones. En definitiva, temática que muestra continuamente secuencia de erotismo, y con tramas argumentales propias del cine pornográfico.

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Lo que finalmente, produce una simplificación insultante tanto de la obra de Chaucer como a la edad histórica a la que se refiere el filme (mal llamada edad media). Pasolini se ríe a la cara de toda una civilización (por fuerte que parezca el término, esto es así) con un argumento que se basa en la chabacanería más baja para resumir una identidad. Los personajes que aparecen en la película son todos (y cuando digo todos es todos) unos idiotas, salidos, que únicamente piensan en meterla en caliente. Suena fuerte, y así algunos críticos defienden el filme afirmando que la película es un alegato a la jovialidad y a la alegría vital, con lo que no nos encontramos con personajes que transmiten este mensaje, encarnación teórica de virtudes positivas. Sería algo creíble, sino fuera porque los perfiles de los personajes son de una simpleza apabullante y el subrayado está precisamente en las groserías cómicas.

Uno de los fallos más inadmisibles de Los Cuentos de Canterbury lo encontramos en su montaje, un auténtico lío. Algunos aseveran que precisamente el montaje está realizado expresamente así para darle un toque distintivo al filme, pero la realidad está bastante lejos de esta afirmación. Lo cierto es que las historias que forman el filme, que no son pocas puestos que la película se sustenta en una narrativa de historias cruzadas o episódicas, son enlazadas de una manera incomprensible para el espectador, que difícilmente sabe atinar a saber lo que está viendo. Continuos saltos en el montaje, que construyen una narración a trompicones.

Ni siquiera la ambientación, la fotografía o los aspectos técnicos merecen demasiadas alabanzas. En el tema de la ambientación, como ya he comentado, Pasolini se deja llevar por una imaginación que poco tiene que ver con la realidad histórica, sino con la pura fantasía medievalizante. Además Pasolini abusa de la estridencia estética, con un vestuario lleno de colorido que llama poderosamente la atención al espectador, creando una lírica bastante personal en ocasiones, todo hay que decirlo.

Difícilmente podemos destacar algo positivo del filme, aunque hay alguna otra escena que nos evoca el mejor cine de Pasolini, y por tanto bordando el nivel de la excelencia. Curiosamente la de la hoguera, en que el filme deja totalmente de bando el humor y el tono cómico para mostrarnos una ejecución con un dramatismo que se llega a tocar desde fuera de la pantalla. El pueblo entero reunido para contemplar silenciosamente como se ejecuta uno de sus conciudadanos, más como un ritual litúrgico que como un espectáculo circense.

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