Rebeca (1940)

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Rebecca (Rebeca, 1940) es una de las películas más icónicas del magistral director británico Alfred Hitchcock. La película, fue la primera que realizó el cineasta en tierras norteamericanas, después de haber dirigido notables filmes en el Reino Unido. Por si fuera poco, el filme conseguiría en la edición de los Oscars de dicho año los siguientes premios: El de mejor película (el único que conseguiría Hitchcock en toda su carrera) y el de mejor fotografía, recibiendo 11 nominaciones. La película tuvo un éxito importantísimo de taquilla en todo el mundo occidental, y como es bien conocido llegó incluso a impregnar en la propia cultura española, pues a partir del filme se conoce como Rebeca al abrigo que viste en diversos momentos del filme la protagonista interpretada por Jean Fontaine, a pesar de que la propia Rebeca no aparezca físicamente nunca en el filme.

David O’Selznick, uno de los productores más importantes del Hollywood clásico tuvo también un papel muy destacado, y las tiranteces entre el cineasta y el productor fueron notables. Además también hubo algunas complicaciones con la actriz Jean Fontaine (que apenas tenía una importante experiencia al iniciarse el rodaje de Rebeca) y que fue presionada y minusvalorada por el cineasta, buscando despertar la misma actitud que vemos en el filme, con una clara inseguridad respecto al personaje masculino (además de subordinación en algunas escenas donde le ruega a su marido que le disculpe por sus fallos, en una clara posición de mujer dominada)[1]

Rebeca es ciertamente una película especial. La historia realmente atractiva, adapta una obra exitosa escrita por Daphne du Maurier (hay además un juego de palabras en la película con este nombre; ciertamente es un filme donde el humor negro está muy presente como puede comprobar el espectador a lo largo del metraje), aunque introduciendo algunos cambios en la escritura del guión, para obtener más suspense. Incluso aunque el espectador haya aterrizado de Marte y no sepa quién es Hitchcock, notará un ambiente representativo, icónico…especial en Rebeca. Sin miedo a equivocarnos, podemos decir que el mérito del filme y lo que le hace tan especial es su atmósfera. El filme es de aquellos que pueden olerse a kilómetros de distancia, que mantienen una esencia singularísima. Rebeca deja huella, y puede que con el tiempo, incluso lleguemos a olvidarnos de parte de su argumento (no del eje principal, que es de los que dejan marca) pero nunca olvidaremos Manderley y la manera en como el cineasta británico construye la mansión. Para ello, Hitchcock recurre a numerosos trucos, tanto de puesta en escena como temáticos.

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Por Ejemplo Freud parece estar muy presente en todo el metraje. La casa misma de Manderley, encarna en todo su esplendor el Heimlich, aquel concepto que nos hablaba sobre lo siniestro dentro de lo cotidiano. ¿Cuántas veces el espectador (presente o del 1940) no ha visto una mansión como la Manderley en multitud de películas del Hollywood clásico? Y a medida que avanza el filme, seguimos identificando muchos elementos comunes, típicos del séptimo arte ya en aquella época. Sin embargo, un escalofrío nos recorre constantemente cuando vemos a la protagonista travesar los tétricos pasillos. Conocemos, y a la vez desconocemos lo que sucede en Manderley. Fijémonos también en la antigua habitación donde residía la célebre Rebeca, y como juega Hitchcock con ella (como haría años más tarde en Psicosis con la habitación de la Madre).  El filme coquetea con el género de terror, y para comprobarlo sólo tenemos que observar el personaje que interpreta Judith Anderson (una interpretación absolutamente brillante, llegando a eclipsar incluso a la pareja protagonista) que es en sí misma un espectro que se dedica a deambular por la mansión con el único objetivo de torturar a sus huéspedes.

Es cierto que si analizamos detenidamente el guión nos encontraremos algunas incongruencias. Pero de todas maneras, esto ha sido siempre una constante en las películas de Hitchcock, el mago del artificio por antonomasia del séptimo arte. La resolución final por ejemplo (que por cierto, tuvo algunos problemas con la censura que no podía acabar de permitir que un criminal se saliera con la suya), resulta si la pensamos detenidamente, algo forzada.

El dominio del suspense queda evidenciado en una escena preciosa, para mí entre las mejores del cineasta (lo que es ya bastante decir), en la que la señorita interpretada por Judith Anderson acompaña a la protagonista por la mansión. Hitchcock no realiza ningún corte en dicha escena, sino que nos muestra en movimiento el suave deslizamiento de los dos personajes….moviéndose casi como espectros de una novela gótica del Siglo XVIII.

[1] SPOTO, Donald, Alfred Hitchcock: La cara oculta del Genio, Ed. RBA, Barcelona 2008, p. 190

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