The Navigator: Una odisea en el Tiempo (1988)

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The Navigator: A Medieval Odyssey (The Navigator: Una odisea en el tiempo, 1988) es una película que proviene de un pequeño país, Nueva Zelanda. Y por si fuera poco, además el filme, que dirige Vincent Ward, nos presenta una mixtura de género realmente sorprendente, donde se mezclan la ciencia ficción y la epopeya medieval. Vamos, que el filme es realmente una extrañísima muestra de cine fantástico. Participó en el célebre festival Fantástico de Sitges donde además consiguió el galardón a mejor película. El director, ya había trabajado anteriormente e incluso había recibido una nominación en Cannes por la palma de oro por la película Vigil (Vigilia, 1984) pero con The Navigator: Una Odisea en el Tiempo es cuando el cineasta se reafirmó como una promesa de futuro, especialmente para los amantes del cine fantástico, a pesar de que no acabó de cumplir las expectativas.

El Argumento del filme es realmente extraño y curioso. La película se ambienta primeramente en una edad media ciertamente incierta. Seguramente, Ward no puede ubicar con demasiada especificidad a sus personajes debido la falta de presupuesto, que obligó al director a mostrar a la comunidad medieval protagonista viviendo prácticamente entre las rocas, sin civilización alguna. Nuestros protagonistas son una especie de peregrinos, prácticamente personajes etéreos (con una visión de la edad media totalmente distorsionada) que se ven azotados por la llegada de la peste negra (el año es supuestamente 1348). Por este motivo, deciden realizar una ofrenda a Dios, llevando parte de cobre para la fundición de una campana en una lejana iglesia.

El inicio de la película es ya realmente sorprendente. El director presenta una serie de fotogramas en blanco y negro y en color, mezclados, que crean un impacto totalmente lisérgico. Hasta bien entrado unos diez minutos del metraje, el espectador sigue sin enterarse realmente de lo que está sucediendo. Confusión evidente que por un lado  resulta impactante y bien coordinado pero que por otro lado huele a impostada. Aún así esta mezcolanza de imágenes demuestra un talento innegable detrás de las cámaras. Con un montaje ininteligible, esta serie de imágenes resultan también proféticas, pues serán una especie de advenimiento del futuro de la trama. De todas maneras, el convencionalismo se acabará imponiendo a esta primera introducción más experimental.

Esta primera parte del filme es sin duda la mejor de toda la película. No por el guión, que al fin y al cabo no deja de recoger los tópicos sobre el cine y la edad media: Miedo y temor, podredumbre, fe ciega en Dios…sino por la increíble atmósfera con la que construye el cineasta estas secuencias. Con un inevitable recuerdo a Bergman, Ward nos presenta un mundo totalmente alejado del S. XXI, un mundo mágico que está en una dimensión alejada de la realidad, tal y como conseguía Ingmar Bergman en sus filmes. La religión, tan presente en los filmes del sueco queda plasmada con una personalidad intachable. Ayuda una fotografía en blanco y negro que utiliza el cineasta para diferenciarla de la segunda mitad del filme, donde se emplea el color. La saturación fotográfica de esta primera parte muestra una técnica sobria pero con gran capacidad de recursos.

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Pero estos valientes personajes deciden marcharse, para conseguir la gracia de Dios y salirse del castigo impuesto por los pecados cometidos. Así que algunos miembros de la comunidad se trasladan, pero en mitad del viaje, se transportan mágicamente a la Nueva Zelanda del Siglo XX. La segunda parte está fotografiada en color (aunque la plástica sigue teniendo una personalidad considerable, con la búsqueda de una atmósfera oscura, con colores oscuros y una niebla brumosa que domina prácticamente toda la segunda mitad del metraje) pero en realidad la película tira por unos caminos que no son los esperados. Las expectativas hacen pensar que el espectador se va a encontrar referencias cómicas ante la perspectiva de la colisión entre mundos tan diferentes, pero lo cierto es que el filme decae enormemente, precisamente por entrar en unos esoterismos que son realmente incomprensibles para el espectador (y para el propio guionista). El cripticismo no tiene un respaldo realmente interesante detrás, y se acaba cayendo en una frustración general ante lo que podría haber sido y no es finalmente.

Algunos han señalado que el filme tiene un aire cercano al de las películas de Terry Gilliam. Lo cierto es que en algunos puntos el filme si tiene conexión con algunas características del miembro británico de los Monty Pithon, como es el argumento del filme, tan aparentemente disparatado, que por ejemplo nos evoca directamente al filme Time Bandits (Los Héroes del Tiempo, 1981). Sin embargo, Ward tiene su personalidad propia, por ejemplo renunciando prácticamente al sentido del humor tan propio de Gilliam, así como sus intervenciones bizarras. También, como ya hemos dicho, se notan las referencias a Bergman, que quedan totalmente explícitas con el final del filme.

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