La Muerte y la Doncella (1994)

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Se acostumbra a citar La Muerte y la Doncella como una película menor de Polanski pero lo cierto es que a pesar de que es verdad que no es una de sus obras maestras, es una película muy digna, que mantiene las características más personales del cineasta. Además la película cuenta con algunas secuencias de lo más impactantes, especialmente la última, que es una gran explosión de sentimientos, y que noquea al espectador con un gancho directo. La película adapta la obra teatral homónima del autor chileno Ariel Dorfman, que es además una de las obras chilenas más representadas alrededor del mundo.

La película se ambienta en un lugar inhóspito, una pequeña cabaña en mitad de la nada, donde arrecia una potente tormenta. Ahí, un personaje femenino, que interpreta Sigourney Weaver, se comporta de una manera extraña. Finalmente llega su marido, interpretado por Stuart Wilson, quien está realizando un importante trabajo investigando los crímenes que se realizaron en ese país durante el antiguo régimen dictatorial, pero con él llega un enigmático personaje, interpretado por Ben Kingsley, que alterará la vida del núcleo familiar.

Está claro que el filme hace referencia a una dictadura parecida a las que surgieron en Sudamérica (Chile en concreto) durante la segunda mitad del siglo XX, tal y como también hizo el genial cineasta Constantin Costa-Gavras en su la brutal Missing (Desaparecido, 1978). Al igual que en aquella película, el marco político en el que se ambienta la historia tiene una importancia crucial, por más que aparezca de manera indefinida. La película se centra en diversos temas, entre los que destaca especialmente la Justicia y la utilización de esta a conveniencia del poder. Primero, fuera de la historia, somos testigos de la dictadura, que ha destrozado a nuestra protagonista, dejándole serias huellas en su estabilidad mental. Nosotros nunca vemos los crímenes que se han cometido en este período oscuro, pero gracias al personaje de Sigourney Weaver somos testigos de las secuelas que estos brutales crímenes acontecieron a la población. Pero cuando la situación da la vuelta, el concepto de justicia queda en suspensión por Polanski, que busca la interpelación directa con el espectador. El cineasta, siguiendo la corriente teatral contemporánea, plantea una serie de preguntas al espectador, y no acaba dando una solución definitiva a ellas (a pesar de la secuencia final), sino que deja que sea el propio espectador quien obtenga por sí mismo una respuesta (o no).

Schubert Muerte y Doncella película

Personalmente, a pesar de que el final es realmente impactante, creo que Polanski habría de haber jugado la carta de la ambigüedad, que tan buenos resultados da en el nudo del metraje. Gran parte de la tensión viene precisamente del hecho que el espectador nunca sabe si las acusaciones que vierte el personaje de Sigourney Weaver sobre el personaje de Ben Kingsley son ciertas o realmente lo que sucede es que quedó trastocada tras su incidente pasado. Además, tiene un sentido básico en la película, porque de esta manera Polanski nos transmite el mensaje principal. La violencia engendra aún más violencia, el ojo por ojo, la ley del talión, lo único que consigue es dejar ciega a más gente. No podemos dejar de lado el personaje que interpreta Stuart Wilson, quien teóricamente es un personaje que ha de actuar de manera neutral, pero que no acaba de cumplir con la misma justicia que él profesa, demostrando que la corrupción se perpetúa siempre, sea cual sea el sistema dominante de gobierno.

La Muerte y la Doncella cuenta para empezar con una de las mejores interpretaciones femeninas que se han visto en la carrera de Polanski, lo que ya es bastante decir. Es cierto que el papel que interpreta Sigourney Weaver tiene mucho jugo, porque hacer el papel de oligofrénica evidentemente da para más que el de un personaje tranquilo, pero lo cierto es que la actriz borda a las mil maravillas la interpretación. Al principio de la película, cuando aún no se ha desvelado demasiado de la trama, ya Weaver es capaz de enseñarnos que su personaje no es del todo normal, y sólo con la gesticulación corporal, sin tener que recurrir a ningún diálogo. Y cuando finalmente el espectador, al igual que el personaje que interpreta Stuart Wilson, se entera de lo que está sucediendo realmente (y de lo que sucedió), Weaver se amolda perfectamente al nuevo registro.

La película tiene bastante relación con las últimas obras que lleva firmando el cineasta polaco, como son La vénus a la fourrure (La Venus de las Pieles, 2013) o Carnage (Un Dios Salvaje, 2011). En las tres películas Polanski utiliza un mismo escenario y la influencia teatral es crucial para entender estas obras. No en vano, la película adapta la obra del chileno Ariel Dorfman, como ya hemos comentado. No quiere decir para nada que Polanski no acure su lenguaje cinematográfico, pero si es cierto que las influencias son bastante palpables, no sólo por las obviedades (como un mismo escenario y la utilización de unos recursos mínimos, entre los que se cuentan los pocos actores) sino por el dramatismo de algunas escenas o la manera incluso de debatir algunos de los temas principales.

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