Siete días de Enero (1979)

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¿Qué es Siete días de enero (Siete días de enero, 1979)? ¿Una película o un documental? ¿Un testimonio o una denuncia? ¿Una película política o una película partidista? Juan Antonio Bardem es una de las figuras más importantes del cine español, especialmente conocido por sus películas que a pesar de estar dirigidas durante la etapa franquista, como la más famosa de todas Muerte de un Ciclista (Muerte de un Ciclista, 1955), eran críticas veladas a la burguesía y al régimen establecido. Sin embargo, es menos conocida la etapa del cineasta una vez iniciada la transición y posteriormente la instauración de la democracia. Desde la década de los años cincuenta el cineasta se había adherido al PCE, y con Siete días de enero pretendió plasmar uno de los atentados más sonados que tuvieron lugar en la transición, y que marcó supuestamente un antes y un después en el momento político. El 24 de Enero de 1977 se produjo un atentado por parte de un grupo  de extrema derecha, cuando un grupo de pistoleros se presentó ante el despacho de unos célebres abogados laboristas que estaban organizando  una huelga de transportes, y dispararon sobre ellos, asesinado a cinco personas. Estos hechos tan lamentables son los que el cineasta trata de presentar desde su propia perspectiva, que combina el cine real con la ficción.

Por tanto, la ficción y la realidad se entremezclan .El director presenta una galería de personajes que supuestamente son los que participaron en aquellas jornadas, pero también introduce elementos de ficción para contar los hechos, mediante una historia de suspense (cercana al Thriller político). Además algunos de los nombres de los protagonistas están cambiados, por más que sean obvios atendiendo el marco histórico en el que se enmarca la película. La historia principal se condensa en un protagonista que se encuentra en el bando del grupo de extrema derecha. Aún así, Bardem no pretende mostrar una visión individual, ni tan siquiera intimista, sino que utiliza al personaje como un recurso para mostrar una visión coral de los acontecimientos. El personaje está interpretado por Manuel Egea, quien realiza una más que correcta interpretación. Donde Bardem si acierta en algún momento con el filme, es en la creación de este personaje, que representa tan bien el arquetipo del niño rico, heredero de una familia franquista, que empieza a ver que su mundo se tambalea, pero que no es capaz de tener el mismo valor que el que tuvieron sus antecesores (en este caso, el joven constantemente se compara con su padre, héroe de guerra en el bando franquista durante la guerra civil).

Indudablemente, también aparecen algunas figuras históricas (en el momento del filme, más bien diríamos que coetáneas) que por supuesto tienen la identidad cambiada, pero que en realidad son inconfundibles. El caso más significativo es el de Blas Piñar, quien fue el último político más identificativo de la tendencia postfranquista (junto con su partido Coalición Nacional, quien abogaba por volver a los valores anteriores a la democracia) y que aparece reiteradamente en la película. En su caso, el filme lo presenta como un hombre heredero del antiguo régimen, ya bastante agotado, que maneja a su control a sus cachorros fascistas. Un personaje que parece más bien sacado de una novela de Mario Puzo, aunque como ya sabemos, la realidad supera en muchas ocasiones a la ficción.

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Básicamente, el valor de la película reside en su atrevimiento. Estrenar esta película en la actualidad no tendría demasiado mérito, pues cinematográficamente Juan Antonio Bardem tiene muchas mejores obras. Pero en el 1979, realizar esta película demostraba una prueba de valor. Apenas dos años después de los atentados de Atocha, el país seguía totalmente convulso y un filme así era una buena muestra de cine “Crítico” que pretendía poner sal en la herida. No en vano, el filme fue recibido con muchos incidentes en el momento de su estreno, debido a las amenazas de varios grupos de Extrema Derecha.

Es indudable que el filme manifiesta un sentido bastante maniqueo, señalando los “Buenos” y los “Malos” sin distinción, ignorando la tensión política vivida durante aquellas jornadas. Es encomiable que Bardem tenga el valor de alzar la voz contra ciertos sectores, pero también es indudable que el filme tiene un tufo a mitin político que tira para atrás desde las primeras secuencias, y en esto incluso siento coincidir con José Maria Caparrós Lera (los entendidos ya sabrán porque)[1]. Con sólo enumerar unos pocos ejemplos de la manera en cómo trata a los diversos grupos nos damos cuentas: Los falangistas son unas ratas que tardan pocos segundos en traicionarse unas a otras, mientras que los comunistas son héroes que tienen la camaradería por característica principal. El final de la película, visto con perspectiva, resulta bastante bochornoso, el culmen de la propaganda más evidente. No deja de ser curioso que las mejores obras que criticaron al régimen  (tanto en cine como en teatro) se realizaron precisamente en el mandato del dictador, seguramente porque el arte había de investigar nuevas vías de ataques en vez de recurrir al a lo más directo. Las metáforas, tan recurrentes en el cine de los años cincuenta, se cambiaron por un estilo mucho más agresivo y directo, que sólo en algunos filmes funcionaba.

[1] LERA, José Maria Caparrós, Travelling por el cine contemporáneo, Ed. Rialp, Madrid 1981, p. 55

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