Vera Cruz (1954)

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La sensación de que Sergio Leone tuvo que ver necesariamente Vera Cruz (Vera Cruz, 1954) antes de empezar su propia y singular andadura en el género del Western, es inevitable a medida que transcurre el metraje de la película. El filme de Robert Aldrich anticipa sin duda alguna el subgénero del Spaghetti Western, que nació en Italia en manos del citado Leone y que posteriormente se expandiría por todo el mundo occidental. La violencia dura y salvaje, los antihéroes y esa visualidad tan cercana al cómic aparecen ya con mucha fuerza en el filme de Aldrich.

De hecho el argumento también recuerda poderosamente a las películas de Leone, como por ejemplo Il buono, il brutto, il cattivo (El Bueno, el feo y el malo, 1966). En la película de Leone el director mezclaba inteligentemente episodios históricos norteamericanos de gran interés, como la guerra civil norteamericana (1861-1865) de tal manera que metiéndolos en la batidora pasaban de convertirse de historia épica y mítica (de aquella que de tanto en tanto les gusta recordar a los productores norteamericanos) a una historia pop, totalmente desmitificada y sacada fuera de contexto. En el caso que nos ocupa, la película nos ambienta en un episodio muy desconocido dentro del cine Western, como es la guerra entre los Juaristas y el emperador Maximiliano I, que contó con el apoyo del gobierno francés de Napoléon III. Por tanto la película se centra en territorio Mexicano, donde supuestamente sucede toda la acción. El excepcional intérprete Gary Cooper hace el papel de un antiguo combatiente sudista que emigra después de perder sus posesiones en la guerra civil norteamericana. Ahí se encontrará con el personaje que interpeta Burt Lancaster, un autentico granuja. Rápidamente ambos se harán amigos y decidirán emplearse como soldados de fortuna ante el gobierno de Maximiliano, mostrando sus grandes dotes bélicas en una secuencia ciertamente original.

Como podemos comprobar, el filme vuelve a anticipar poderosamente muchas temáticas que se estaban cociendo en esos momentos y que volverían a aparecer con posterioridad, no sólo ya en los filmes de Sergio Leone, sino también en los Westerns de Sam Peckinpah como The Wild Bunch (El Grupo Salvaje, 1969). Nuestros dos protagonistas son literalmente dos mercenarios, que ofrecen sus servicios a los que el filme clasifica como el bando “Malo” (Los seguidores de Maximiliano, que representan la aristocracia más rancia y que se oponen a la popularidad de los Juaristas, que representan la voluntad popular) a pesar de que hacia el final del filme se intenta limpiar el expediente del personaje de Gary Cooper, la película se aleja de la figura heroica que venía siendo la tradicional en los filmes Westerns. El clímax de todo lo anteriormente citado lo encontramos en la resolución final, que no sólo es un duelo Western más (por cierto, otra vez recordándonos a las películas de Leone, pese a que es cierto que la música en esta ocasión no acompaña pues no está el genial Morricone detrás), sino que supone el conflicto entre dos generaciones antagónicas. Mención aparte merece el personaje que interpreta Burt Lancaster. Sí Cooper interpreta a un personaje descreído, pero que aún muestra algunos signos de amor, directamente Lancaster interpreta a un bandido, que no tiene ningún tipo de remordimiento y que sólo busca el beneficio personal.

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Técnicamente hay que destacar la plástica fotografía que firma el genial Ernest Laszlo. Este director de fotografía fue un acérrimo colaborador de Robert Aldrich. Con una amplia trayectoria (incluyendo realización en el cine mudo)  Laszlo es capaz de plasmar una estética muy acorde con el guión del filme. Colorista y llena de emociones, la película tiene poco que ver con el pasado (algo más que significativo si tenemos en cuenta la experiencia de Laszlo) y más con el futuro del género.

Quizá a la película le falta el sello Leone y el empuje que tan bien empleaba el romano en sus películas. A pesar de que Vera Cruz muestra bastante carisma, también es cierto que la trama resulta bastante simple en algunos aspectos y sobre todo simplificadora en el aspecto histórico. Por ejemplo, el personaje que interpreta Sara Montiel (quien desembarcó oficialmente en Hollywood con esta película, la que por otra parte sería la más exitosa de sus películas fuera de España) resulta un tanto arquetípico. Montiel interpreta a una avispada campesina mejicana, y al igual que su pueblo, el filme no es capaz de demostrar demasiada habilidad al describir sus motivaciones (como tampoco lo logra con el bando contrario, pues simplemente se recogen estereotipos). A la vez, el filme combina imágenes de gran impacto con otras un tanto ridículas. Por ejemplo, el movimiento de cámara que nos enseña todo el ejército de Juaristas que se encontraba escondido es realmente impresionante (de aquellas secuencias que inflaman el corazón) pero por ejemplo, la secuencia de la batalla donde nuestros protagonistas consiguen escapar por culpa del atasco de una carreta resulta un tanto estúpida, tanto por el motivo temático como por la encorsetada manera en como la filma Aldrich.

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