Los Valientes andan solos (1962)

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Lonely Are the Brave (Los Valientes andan solos, 1962)  es algo mucho más que un simple Western. De hecho, calificarlo como tal ya resulta bastante inexacto. En realidad, el filme de David Miller es un homenaje a un género que a pesar de su enorme éxito y peso en el cine americano, estaba en la década de los años sesenta dando sus últimos estertores. De tal manera que podemos comparar perfectamente está película con la que rodó el maestro John Ford precisamente en ese mismo año, The Man Who Shot Liberty Valance (El Hombre que mató a Liberty Valance, 1962). Pero mientras que John Ford rodó este testamento cinematográfico del Western con un fondo y forma totalmente clásicos, el filme de David Miller lo hace de una manera totalmente contemporánea, y atenta a las nuevas fórmulas cinematográficas de los años sesenta. No podía ser de otra manera, teniendo en cuenta que el guión lo escribe Dalton Trumbo (basándose en una obra de Edward Abbey), uno de los guionistas de Hollywood más rebeldes y brillantes, que fue colocado en la lista negra por sus relaciones con la ideología socialista.

Kirk Douglas es el intérprete principal, un vaquero que vive en un mundo totalmente contemporáneo. La primera escena de la película deja bien claras las intenciones del cineasta, y además goza de una preciosa poética. Nuestro protagonista, se encuentra tumbado en la hierba, justo al lado de su caballo. Nada parece ubicarnos en ninguna época determinada, excepto el rugido de un avión, que acaba pasando por encima del plano en el momento justo. Una preciosa manera de demostrarnos los dos mundos en conflicto, que son el eje principal del filme. Y es que resulta difícil describir el argumento de la película de una manera narrativa, puesto que realmente la trama es de lo menos importante en la película de David Miller, que apuesta por el contrario por la imagen estética.

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La estructura de la película es como muchos clásicos del género, itinerante y sin un objetivo realmente definido. Kirk Douglas llega a la casa del personaje que interpreta Gena Rowlands, una antigua conocida suya. Al enterarse que su antiguo amigo, que está casado con el personaje de Gena Rowlands, ha sido encerrado en la cárcel, se dejará encarcelar él mismo para poder contactar con él. Aún así, el filme simplemente concatena una serie de secuencias, que tienen la intención de crear una atmósfera, y no exactamente la de narrar una historia convencional.

Está claro que el filme se entronca con la lírica de un género que en la década de los años sesenta estaba sufriendo tremendos cambios, como por ejemplo con el anterior filme citado de John Ford o películas de Samp Peckinpah como Ride The High County (Duelo en Alta Sierra, 1962) también rodada en el mismo año. Sin embargo, a diferencia de la película de Peckinpah, Miller no pone hincapié en la violencia ni en la desconstrucción de esta (tan propia del Western). Más allá, el cineasta trata  de centrarse en otros temas que han formado parte de la mitología del Western. El personaje que representa Kirk Douglas es un cowboy clásico, pero inmerso en un mundo que no es el suyo, lo que tiene unas consecuencias desastrosas. Su modus vivendi choca constantemente con el nuevo estilo de vida moderno. Nuestro personaje en definitiva, es un espíritu libre, que al igual que el argumento del filme, viaje sin un rumbo especifico. Por supuesto, su libertad queda coartada ante un mundo que ha cambiado profundamente. Esto queda bastante patente en la secuencia en que nuestro protagonista se encuentra ante un cartel que pone “No traspasar”, y ante el que decide hacer caso omiso. Por este motivo, el final de la película no podía ser más revelador. Nuestro protagonista, después de una huida que por cierto tiene bastantes puntos en común con el filme High Sierra (El Último refugio, 1941; donde el personaje que interpretaba Humphrey Bogart trataba de escapar de la policía de manera angustiosa entre unas montañas escarpadas) acaba siendo derribado y humillado (aunque es cierto que conserva la vida, a diferencia de su caballo; quizá un hecho simbólico, significando que a pesar de conservar su vida, nuestro protagonista ha perdido definitivamente su libertad). Un final, que puede extenderse por otra parte a todo un género entero, que estaba moribundo.

A todo esto, hay que añadir la espectacular fotografía en blanco y negro que firma Philip H. Lathrop, que goza de una personalidad fácilmente reconocible, que se puede captar tanto en los numerosos paisajes con los que la película se explaya. De hecho, el paisaje es un elemento fundamental en la película, y forma parte indispensable en el discurso del cineasta, que asocia con el propio espíritu del personaje, indómito y salvaje como los fondos que registra Lathrop a lo largo del metraje.

 

 

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