Comida sobre la Hierba (1959)

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Le déjeuner sur l’herbe (Comida sobre la Hierba, 1959) es una extraña película, tan simpática como por momentos repelente, dirigida por el director francés Jean Renoir. El título de la película no es casual, sino que además hace alusión a una de las obras artísticas más famosas de la historia del arte, evidentemente llamada Le déjeuner sur l’herbe, un lienzo que pintó el pintor francés Edouard Manet en el 1863, y que causó cierta polémica entre la alta burguesía por lo escandaloso de su atrevimiento (al colocar el artista figuras de mujeres desnudas, no mitológicas, sino corrientes, en el cuadro). Y al igual que el cuadro de Manet, la película también trata de buscar las cosquillas al sistema establecido, al Establishment, en esta ocasión al estamento científico, aunque también a la burguesía del momento. Y el guión se ríe de todo ello mediante una sátira no apta para todos los públicos (más que nada por lo delirante, tanto del argumento como del tratamiento), que trata con muchas dosis de imaginación, de revelar el frío sistema de los hombres de ciencia, que para Renoir resultan incompatibles con la vitalidad pasional que nos ofrece la naturaleza y la propia vida a cada segundo. Hemos de tener en cuenta que la película está rodada en plena guerra fría (tres años después nos encontraríamos con la crisis de los misiles de Cuba) y el tema tan candente por aquel entonces, de la destrucción nuclear a gran escala, aparece reiteradas veces en la película. La película abre constantemente el interrogante de si el progreso es realmente el único camino posible, teniendo en cuenta que el mismo progreso, mediante una guerra nuclear, es capaz de destrozar la humanidad en un santiamén.

Como decía, el filme puede convertirse en muchos momentos en una obra repelente. Y es que el surrealismo abandera en todo momento la película. Renoir  no filma una película convencional, una simple comedia más. La película no es demasiado comparable con otras películas del mismo género, ni siquiera con otras películas del propio Renoir. El inicio, totalmente confuso y sorprendente (y en mi opinión, fallido) ya es una buena muestra y anticipo de los toques oníricos que encontraremos más adelante.

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La visión que da de la conducta científica (que no de la ciencia, pues esta no es más que un mero instrumento en manos de la humanidad) no es precisamente demasiado complaciente. Evidentemente el eje del filme se centra en la división entre la manera categórica en cómo piensan la mayoría de hombres de ciencia (evidentemente estereotipados, puesto que nos encontramos ante una comedia) y la irresistible fuerza de la naturaleza, singularizada por los campesinos, que viven de manera despreocupada. Por una parte tenemos el mundo científico, quien se encarga de encarnarlo el máximo protagonista, el prestigioso científico Ettiene Alexis (interpretado por Paul Meurisse) y por otro lado el que interpreta Catherine Rouvel, quien hace de una bella campesina, de quien cae enamorado nuestro científico. A partir de este loco enamoramiento, nuestro protagonista se irá dejando llevar cada vez más por la irracionalidad, y abandonado su postura fría y escéptica. No hace falta decir que el filme es un alegato a las posibilidades soñadoras que tiene el arte, y como su calor trata de rivalizar con la técnica, fría y aséptica. El lado dionisíaco contra el apolíneo, un debate que retrotrae de manera evidente a Nietzsche y su obra filosófica.

Jean Renoir se sirve de múltiples referencias culturales, que se entremezclan sin un orden demasiado estricto. Una de las más evidentes (y bellas) la encontramos en el “aparente” pastor que soplando su flauta consigue alterar el equilibrio de los científicos, arrastrándolos a la locura. Indudablemente este personaje es más que un simple pastor, y hace referencia a Dionisio o a Pan (seguimos con Nietzsche), de la mitología griega. Como sucedía en Las Bacantes, cuando el incrédulo personaje principal se reía de los poderes de Dionisio, en Comida sobre la Hierba Dionisio también se venga de la incredulidad arrastrando al personaje hacía la pasión extrema (en este caso el amor; aunque sin funestas consecuencias, más bien todo lo contrario). Seguramente el momento más bello de todo el filme lo encontramos relacionado con este personaje. Nuestro científico, desesperado al no encontrar a su nuevo amor que cree perdido, interroga a nuestro “aparente” pastor sobre su desconocido paradero. Este, que va siempre acompañado en el filme de una cabra, le incita al protagonista a preguntarle al oído al animal, puesto que según él, el animal siempre sabe la respuesta. Nuestro científico, accede. Esto, que parece una simple escena cómica más, en realidad condensa toda la acción dramática de la película. La ciencia, personificada en Ettiene se acaba poniendo de rodillas ante la fuerza irracional de la naturaleza, e unn acto totalmente simbólico. Inmediatamente, los compañeros científicos de Ettiene que creen que ha perdido definitivamente la cabeza deciden taparlo con una manta  para “Tapar sus vergüenzas”. La película nos señala el triunfo del invencible Dionisio, que pese a no ser el Dios más poderoso teóricamente del Olimpo (por lo menos si lo comparamos con Apolo o aún más, con Zeus) siempre consigue persuadir al género humano mediante el despertamiento de los instintos más bajos y primitivos.

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