La Vida es un Milagro (2004)

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Zivot je cudo (La Vida es un Milagro, 2005) es una película dirigida por el prestigioso director Emir Kusturica, sobre uno de los episodios más lamentables del S.XX que él tuvo que vivir en primera persona, como fue las Guerras de los Balcanes. Sabiendo esto, podríamos pensar que la película sería un drama de tomo y lomo, donde las lágrimas esperan al espectador a cada minuto. Pero lo cierto es que no es así, y Kusturica siguió siendo fiel a sí mismo, construyendo una comedia surrealista que de manera trágica nos cuenta los avatares de unos personajes que se ven atravesados inesperadamente por la guerra, pero nunca pierden sus ganas de vivir.

La película se ambienta en una pequeña aldea en Bosnia. Pero nuestro protagonista, Luka (interpretado por Slavko Štimac), no es bosnio, sino serbio. Ya entramos de lleno en el conflicto (uno de los principales, por no decir el fundamental) que supuso la numerosa diversidad de nacionalidades en la extinta Yugoeslavia y que el espectador necesita conocer para poder afrontar la película. Y es que el país estaba formado por numerosas repúblicas, muchas de ellas con una cultura, lengua y tradición diferente a la de los demás, lo que acentuado por una potente crisis económica, condujo a una guerra fratricida, delirante y nauseabunda. Este es uno de los ejes principales del filme, pues a lo largo de la película se fragua el amor entre dos personajes pertenecientes a etnias y culturas totalmente diferentes (Serbia y Bosnia).

Slavko Štimac interpreta a un ingeniero serbio quien se traslada a una pequeña aldea Bosnia con su familia (mujer e hijo) por motivos laborales (la inauguración de una vía ferroviaria, que además tiene una importancia metafórica, pues el cineasta utiliza las vías del tren para mostrar las idas y venidas de nuestros personajes, que a la vez no dejan de ser las numerosas idas y venidas de la propia vida, así como también para subrayar lo absurdo del conflicto en el tema de de las numerosas barreras que se impusieron con la desaparición de Yugoslavia, las fronteras y aduanas). Sin embargo, la guerra les estallará de pleno, y el hijo del matrimonio, Milos (interpretado por Vuk Kostic) es reclutado por el ejército serbio para entrar en combate.

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Podemos diferenciar dos mitades claras en la película, que evidentemente se relacionan temporalmente con el conflicto bélico, con el antes y el después. En la primera parte de la película el cineasta se dedica a registrar la vida cotidiana de la aldea, mediante su personalísimo estilo. Básicamente, la música del filme ayuda a crear un ambiente casi distendido, que es interrumpido con la guerra, que trastocará todos los planes de la comunidad. Los bombardeos y las invasiones llevarán el horror, aunque es cierto que nuestro protagonista parece vivir ajeno en una curiosa burbuja de maquetas y tranquilidad. Ahí aparece un personaje clave, una mujer bosnia (y musulmana) que será cuidada por nuestro protagonista

Hay señas más que evidentes de los rasgos de Kusturica como cineasta a lo largo del filme. Uno de los más evidentes es la utilización del cineasta de la música. Como en muchas otras películas del cineasta, el hilo musical es un leimotiv constante, que se encarga de ambientar prácticamente cada fotograma del filme, y sirve tanto para subrayar la intención del momento concreto como para la elaboración de una atmósfera reconocible e identitaria. Lo cierto es que si tratamos de acordarnos de la película inevitablemente nos viene a la mente la música que la acompaña. Especialmente, Kusturica nos presenta una combinación de música orquestal, muy enraizada folclóricamente con el tema de la película (como es lógico; además también nos encontramos con una gran importancia de la utilización de música diegética, como diversas orquestras o incluso el recurso de la flauta que toca en ocasiones nuestro protagonistas) y que en general subraya el tono alegre y desenfadado del filme. Por supuesto, más allá de la música también hemos de mencionar el corrosivo sentido del humor del cineasta, tan prototípicamente suyo. Kusturica no tiene reparos en convertir temas profundamente dramáticos en absurdos. Incluso de la misma muerte es capaz de banalizar el cineasta, y sólo tenemos que recordar la secuencia en la que uno de los militares muere mientras tenía un frugal encuentro con el onanismo o las secuencias en las que nuestros protagonistas son directamente tiroteados (y en las que incluso el cineasta se sigue permitiendo la ironía, como tragicomedia, en esos delicados momentos).

Esperanzador en definitiva es el relato de Kusturica. El amor en la película se acaba imponiendo a la guerra y al odio mutuo. Ni falta hace decir que la película es totalmente optimista, pues sólo hay que ver como terminó realmente la guerra. Quizá, la visión de Kusturica es muy diferente a la que tenemos nosotros, el resto de europeos, pero lo cierto es que también puede leerse el filme como un mensaje esperanzador, donde el amor sabe anteponerse a las diferencias entre religiones y etnias, no sólo como mensaje de presente, sino también de futuro. No está de más recordar que las heridas que abrió dicha guerra siguen suturando. De momento sólo no queda esperar y confiar en que Kusturica tuviera razón, aunque sólo el tiempo puede decir.

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