Paradise Lost: Asesinato en Robin Hood Hills (1996)

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Demoledor. Así es como podría definirse Paradise Lost: The Child Murders at Robin Hood Hills (Paradise Lost: Asesinato en Robin Hood Hills, 1996), el extraño documental que Joe Berlinger y Bruce Sinofsky estuvieron rodando a lo largo de un año en la pequeña población de Robin Hood Hills, en Arkansas. Los dos cineastas de la HBO se movieron a este pequeño pueblecito de la América profunda (y tan profunda, como veremos más a continuación) para ser testigos en primera línea de uno de los juicios más bochornosos que se recuerdan dentro de la historia judicial norteamericana. Cuando tres jóvenes (uno de ellos de apenas 16 años de edad) fueron condenados a pena de muerte y cadena perpetua por el simple hecho de no tener las mismas aficiones, gustos y principios religiosos que los demás miembros de la comunidad. Todo esto a las puertas del siglo XXI.

Hay que decir ante todo, que sí el documental es una auténtica obra de arte, lo es en gran parte a dos elementos: Primero, el magnífico montaje que emplean los dos cineastas y que presenta el documental como si de una excelente película de juicios se tratará (con el inconveniente de que lo que estamos viendo es real, por desgracia) y segundo, y no por ello menos importante, la auténtica suerte con la que contaron. Y es que sólo en ocasiones contadas una comunidad se abre de manera tan literal ante los ojos indiscretos de los extranjeros, liberando todos sus demonios. Como ya he dicho, en muchos momentos del filme el espectador se pregunta si realmente lo que está viendo es real y no una recreación de los hechos, ante semejante carnaval que se desarrolla delante de las cámaras.

 

Primero, el crimen. Tres niños fueron brutalmente mutilados en Robin Hood Hills. Después de una introducción demoledora, donde llegamos incluso a ver las víctimas  (el único momento donde la película nos las enseña), se nos presenta el juicio. Tres detenidos, sin apenas pruebas y conducidos a un vergonzoso juicio sin ningún tipo de garantía. América profunda en todo su esplendor: Desde la madre que al ver las cámaras del equipo se emociona ante la perspectiva de salir en televisión, pasando por la secuencia en que los padres de las víctimas empiezan a descargar su ira disparando sobre unas inocentes calabazas, como si fueran los detenidos. En el juicio propiamente dicho, la farsa finalmente muestra su rostro, cuando los detenidos son preguntados por el fiscal por sus asociaciones con el diablo por hechos tan banales como vestir de negro, escuchar a Metallica o saber la biografía de Aleister Crowley. La impresión final de todo el esperpento es la de estar asistiendo mediante una máquina del tiempo a una caza de brujas del siglo XVI.

Momento clave del filme cuando uno de los condenados, el más carismático de los tres, afirma que están viviendo un caso similar al de Salem. Cualquiera que sepa un poco de Historia sabrá que Salem fue uno de los episodios  más nefastos de la historia norteamericana (cuando estos territorios aún pertenecían al gobierno británico). En Salem, mujeres y hombres (en total, 19 personas) fueron ahorcadas  por el simple hecho de ser acusadas, estúpidamente, de ser brujas o colaborar con el demonio y haber causado magia negra en contra de la comunidad. Una Histeria colectiva que se llevó por delante a vidas inocentes. Precisamente, eso es lo que vemos a lo largo del documental. Al igual que en Salem, nuestros protagonistas son acusados de manera absurda por tener unos gustos o principios diferentes a los del pequeño pueblo. La excusa, que hoy en día nos puede parecer tan absurda como escuchar a Metallica o vestir de negro estuvo a punto de llevarse por delante la vida de 3 jóvenes. Cuando uno ve el documental, no puede parar de pensar que habría sido de los jóvenes si no fuera porque precisamente ahí estuvo el equipo de la HBO para revelar la farsa que supuso el juicio. Gracias a la popularidad del filme, los 3 condenados recibieron apoyos de todos los Estados Unidos consiguiendo que se revisara el juicio, aunque sólo consiguieron la libertad 18 años más tarde de los hechos que nos presenta este primer filme.

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Por supuesto, un aspecto clave del filme es el montaje. Sin él, Paradise Lost no habría tenido ni la mínima parte de éxito que tuvo. El montaje es el que consigue dar la sensación de ser una película antes que un tibio documental (aunque suene a tópico). A pesar de que los directores no intervienen de manera directa en ningún momento (puesto que simplemente se dedican a recoger la realidad) lo cierto es que gracias a la manera en cómo están montadas las secuencias (así como al propio material) la sensación final es la de estar asistiendo a una película (un drama con tintes de terror) que consigue impactar emocionalmente al espectador. A pesar de que se nos presente un juicio, los directores consiguen que este no se haga pesado, sino dinámico, ágil, tenso e incómodo.

En definitiva, Joe Berlinger y Bruce Sinofsky consiguieron lo que todo buen documentalista desea, cambiar mediante su obra a la sociedad. Y Paradise Lost es la muestra perfecta de que esto es posible. No sólo es que los directores consiguieran salvar la vida de los 3 jóvenes (algo que ya de por sí nos demuestra que el esfuerzo mereció realmente la pena) sino que además el filme se convirtió en un alegato contra los absurdos prejuicios que circulan en gran parte del territorio norteamericano, especialmente en la citada América Profunda. ¿Cómo se puede condenar a muerte a alguien por escuchar música metal, vestir de negro y en definitiva, por ser diferente? Esa pregunta sigue en la mente del espectador mucho después de que el documental finalize, haciéndonos reflexionar profundamente.

Se puede decir que Lost Paradise fue el documental que ligo para siempre las vidas de los dos realizadores, Joe Berlinger y Bruce Sinofsky. Gran parte de su vida profesional estuvo enteramente dedicada a este caso, pues a raíz del éxito de la primera entrega, la productora los mando de nuevo en el 2000 y en el 2011 para que siguieran los último acontecimientos respecto al caso (los tres de Memphis no fueron liberados hasta el año 2011, después de pasar 18 años en prisión).

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