Brat (1997)

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Brat (Brat, 1997) se puede comparar perfectamente con Gruz 200 (Cargo 200, 2007), ambas películas están dirigidas por el director ruso Aleksander Balanov, y ambas cuentan esencialmente una cosa: La anarquía vivida en Rusia durante el desmoronamiento de la URSS. De hecho, mientras veía la película no podía dejar de pensar en la terrible anécdota que me contó una amiga que se había criado en Moscú durante esa época. Decía, con toda la tranquilidad del mundo, que de pequeña, lo más habitual eran los atentados unidos al insomnio. Que cada día deparaba una nueva y desagradable sopresa. Ese estado de desasosiego es el que trata de contarnos Balanov, con una historia de cine negro, que en gran parte bebe de los filmes norteamericanos.

El protagonista absoluto es Danila Bagrov, un joven exmilitar interpretado por Sergey Bodrov Jr. El contexto histórico es el ya comentado, la disolución de la Unión soviética. Bagrov es un joven sin futuro, al que no le interesa prácticamente nada, a excepción de la música, y que tiene un sentido de la ética bastante sorprendente (podríamos decir que es hijo del momento). Finalmente, avisado por su hermano, decidirá visitar San Petersburgo (aún llamado Leningrado en el momento en el que se ubica la película) para labrarse un futuro. Básicamente, Brat se dedica durante todo el metraje a mostrarnos un mundo sin moral. Nuestro protagonista es el máximo ejemplo, y dará sobradas muestras a lo largo de todo el filme.

A partir de la visita de Bagrov a su hermano, el guión de la película seguirá un esquema ascendente que no tendrá demasiadas variaciones. Básicamente, la película seguirá el crecimiento como criminal de nuestro protagonista, que irá superando pequeñas pruebas que harán incrementar su nivel, hasta el clímax final en el que superará a su hermano (el aprendiz que acaba superando al maestro) terminando su aprendizaje en San Petersburgo.

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El crimen es la única salida (o por lo menos, la más efectiva) que vieron muchísimos habitantes de Rusia en aquellos convulsos momentos. La película simplemente se dedica a contar la realidad mediante una historia de cine negro, pero el trasfondo existió y Brat es el espejo de esos momentos de miseria. Nuestro protagonista es el mejor en su trabajo de asesino y pendenciero profesional, pero no es ni mucho menos el único. Uno de los máximos aciertos del filme es precisamente mostrar con un naturalismo pasmoso toda esa violencia que es el pan de cada día para todos los protagonistas, desde los que están directamente involucrados, como nuestro protagonista, como los ciudadanos de a pie (como la conductora del tranvía, que no tiene reparos en juntarse con un asesino). Cuando el mundo se desmorona, la justicia y la ley son accesorios que pierden todo su sentido. En este contexto, nuestro protagonista demuestra tener una idiosincrasia bastante singular. No es un simple matón sin ética, porque al contrario que sus compañeros, él no asesina a sangre fría a cualquiera que se anteponga en su camino, sino que resulta cándido y bondadoso con las personas que no están involucradas en los negocios sucios. De hecho, el filme insinúa en numerosas secuencias (como aquella en la que obliga a punta de pistola a pagar el billete de autobús a un par de personas que se habían colado) que nuestro protagonista es una especie de justiciero, muy sui generis. Un Antihéroe para una época en la que los antiguos héroes de la URSS habían dejado de tener sentido.

El toque y la influencia norteamericana resultan bastante patentes en el filme de Balanov, aunque con un filtro autóctono bastante reconocible. A pesar de que nuestro protagonista parece estar inspirado en numerosos personajes cinematográficos populares; entre los que se pueden observar ejemplos del detective del cine negro, así como del antihéroe, incluso propio del Spaghetti Western (de hecho, nuestro protagonista mantiene una actitud moral bastante cercana a la del personaje de Clint Eastwood en los filmes de Leone), no se trata de un simple refrito, sino que el guión construye un personaje original y lo más importante, con un destacable carisma.

La fotografía, que recae en manos de Sergei Ahstakov, crea una atmósfera bastante particular, basada mayoritariamente en una gama cromática bastante reducida. Los colores anaranjados dominan completamente el filme, dando a la obra un tono crepuscular (realmente la sensación es en muchas ocasiones la de estar viendo una puesta de sol, y metafóricamente parece que el cineasta quiere indicar que efectivamente, lo que se representa en la película tiene bastante de última puesta de sol, de mundo que está empezando a arrastrarse hacia la oscuridad).

 

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