El Trompetista (1950)

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Man With a Horn (El Trompetista, 1950) es una película realizada por el prolífico Michael Curtiz, más conocido por ser el director de Casablanca (Casablanca, 1942). Pero a pesar de que la fama de esta película casi eclipsa las demás obras de su filmografía, lo cierto es que este cineasta de origen húngaro (a diferencia de otros centroeuropeos que huyeron de la guerra, Curtiz emigró a América en el 1926, gracias a la fama que habían cosechado las películas que dirigió en Austria) tuvo también otras películas interesantes en su haber, como la misma El Trompetista. Que a pesar de ser una película de encargo, como prácticamente todas las que dirigió Curtiz en América, nos presenta un tema bastante bien trabajado.

La película adapta la novela de la actualmente desconocida Dorothy Barker (una autora que realizó pocos libros a lo largo de su vida, y que fue elogiada en su momento por tener un estilo afín a Hemingway). La obra de Barker en realidad está parcialmente inspirada en el artista real de Jazz, Bix Beiderbecker, uno de los músicos blancos más importantes del Jazz. Lo cierto es que la novela presenta un personaje que como Beiderbecker, tiene una pasión desbordante por la música (al igual que él, también inicia sus primeros pasos en el piano y no en la trompeta), y que termina trágicamente debido a su adicción a la bebida (aunque la película sólo se atreve a insinuar que el protagonista muere, pero de manera velada). De hecho, la película se inicia con una secuencia sorprendente para el cine clásico: Hoagy Carmichael, quien además de actor, también fue un importante músico, y lo que es más importante, fue amigo de Bix Beirdebecker, rompe la cuarta pared para interpelar de manera directa al espectador, contándole que lo que va a ver a continuación es la biografía de Dick Martin (el seudónimo de Beiderbecker)[1].

El Magnífico Kirk Douglas interpreta precisamente a Dick Martin (aunque en los ensayos él sólo simulaba tocar la trompeta, puesto que fue Harry James quien se encargó de los números musicales), y el eje central de la película es la obsesión por la música, el auténtico motor de la vida del protagonista, que sólo se ve interrumpido por la femme fatale, interpretada por Lauren Bacall, quien consigue apartar por puro capricho a nuestro protagonista de su amor por la música. La primera parte de la película es realmente interesante, y se centra en definir la personalidad de nuestro protagonista principal, un alma solitaria que sólo se entrega por completo a la trompeta, y que no se contenta con una vida cualquiera, sino que vive por impulsos.

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La segunda parte el filme se encalla con el episodio de la femme fatale que desbarata los planes de nuestro protagonista, convirtiéndolo en un simple juguete. Sin embargo, lo cierto es que esta parte no acaba de desarrollar correctamente el drama entre los dos personajes, y la película se vuelve mucho más repetitiva, sin alcanzar las metas que se plantea, de tal manera que al igual que sucede con Bacall, la película también parece actuar por mero capricho.

Es bastante interesante reparar en los avances iconográficos que presenta la película. Realmente, se nota que ya no estamos en los años cuarenta, y es que difícilmente se podría haber presentado en aquella década lo que presenta el Trompetista: Insinuación lésbica y una camaradería poco habitual entre blancos y negros. El primer punto queda representado por el personaje de Lauren Bacall, y supuso un bombazo en el momento del estreno, de tal manera que incluso fue prohibida en algunos países. Aún así, la homosexualidad en Bacall aparece como algo negativo, puesto que condiciona o forma parte de su carácter de mujer pérfida, incluso de femme fatale (en contraposición con el personaje femenino que interpreta Doris Day, y que es una mujer pura que se preocupa por nuestro protagonista a pesar de que este no le hace demasiado caso). Más acertado es la camaradería entre el personaje que interpreta Kirk Douglas y su maestro, Hazzard, interpretado por Juano Hernández. El filme retrata con precisión una amistad que se establece desde que el pequeño Martin es apenas un niño, siendo Hazzard el maestro que le introducirá en el mundo de la música Jazz. A pesar de que en el 1950 aún existían leyes raciales que iban en contra de los colectivos de afroamericanos, la película se atreve a establecer una relación de amistad y de igual a igual entre estos dos personajes. Además Hazzard es un personaje construido a todas luces de manera positiva, y se aleja de la comparsa tradicional a la que venían siendo habitual los personajes afroamericanos hasta el momento.

Por el contrario, el final resulta demasiado ambiguo, y no es capaz de tener el suficiente valor para presentar la muerte de Dick Martin, teniendo que emplear un recurso bastante chapucero, con el que contentar al público mayoritario. De esta manera, el filme evita hacer mención directa a la muerte del protagonista, dejando la respuesta en suspensión. Pero lo cierto, es que tal y como estaba encaminándose el filme, con la progresiva autodestrucción del personaje, una secuencia tan tibia como la final deja descolocado al que no espere una resolución tan convencional.

[1] FIDALGO, Miguel, Michael Curtiz: Bajo la sombra de Casablanca, Ed. T&B editores, Madrid 2009, p. 412

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