Mi Gran Noche (2015)

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Probablemente no haya nada más chabacano, hortera y Kitsch que las programaciones televisivas de fin de año, navidad y celebraciones similares. No hace falta más que recordar los bochornosos programas de este mismo pasado fin de 2015, donde las diversas cadenas competían por exhibir el programa más nauseabundo posible. Eso es precisamente lo que plasma Mi Gran Noche (Mi Gran Noche, 2015) la última película de Álex de la Iglesia, y que desgraciadamente, también se acaba empantanando en el mismo tema que retrata.

El Argumento, irremediablemente nos evoca a otros filmes de Alex de la Iglesia, y en este aspecto podemos decir que el cineasta es terriblemente fiel a sí mismo, quizá hasta al extremo. El filme se ubica cronológicamente en las navidades del 2015 (pasado año), cuando una cadena de televisión se encuentra rodando el programa de año nuevo, que debe emitirse en breves. Sin embargo, las cosas no van nada bien en el programa, que es un caos absoluto, y que lleva ya vario tiempo rodándose. Ahí entra en acción el personaje principal, interpretado por Pepón Nieto (quien hace el personaje que tantas veces le hemos visto hacer, de torpón bonachón; por cierto con una de las pocas secuencias que merecen destacarse desde el punto de vista de la puesta en escena) quien se convertirá en un actor de reparto en este especial Show navideño. Lo cierto es que es difícil describir con palabras el grado de surrealismo que alcanza la película ya desde el primer momento.

Todo es una absoluta farsa que se desvía por el esperpento más cáustico, tal y como pasaba en otras películas del cineasta, como Muertos de Risa (Muertos de Risa, 1999). Algunos comparan la película con la tradición Valle-Inclánesca, pero lo cierto es que incluso De la Iglesia va más allá. Y ahí es exactamente donde radica el problema del filme, que de hecho puede comprobarse ya desde los primeros momentos, donde como en los peores filmes españoles nos encontramos con una conglomeración de caras conocidas, amigos y socios del cineasta y demás casta conocida del cine español, que pululan por el filme sin ningún objetivo claro. Siguiendo las peores tradiciones de las películas del amiguete Segura, el filme se dedica a coleccionar famosos como quien colecciona cromos, buscando desesperadamente en el espectador la sonrisa cómplice.

Pero evidentemente, esto es sólo un aperitivo más. El auténtico problema radica en que los personajes del filme no tienen ningún rumbo bien definido, sino que son simples monigotes que utiliza De la Iglesia como una excusa para introducir sus propios fetiches cómicos. Pongamos por ejemplo el caso del personaje que interpreta Carlos Areces (quien por mucho que me duela decirlo, está francamente horrible, en gran parte por lo absurdo de su personaje). El cineasta es incapaz de mostrar los auténticos traumas del personaje, a pesar de que el filme se explaya bastante en ello (de manera ridícula por otra parte) dejando el carácter como un guiñapo desechado. El supuesto humor corrosivo que emplea el director acaba convirtiéndose precisamente en la misma idiotez que pretende criticar la película. Claro ejemplo de ello lo encontramos en el personaje de Mario Casas, que se nota que intenta ser gran parte del atractivo cómico del filme, convirtiéndose en un personaje que imita a los cantantes de última generación, que sólo son una cara bonita, y que además basa sus chistes en el repertorio más escatológico posible, y que acaba traspasando por reiteración su estupidez a la propia película.

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Además, hemos de destacar en el filme la fallida crítica social que introduce el guión. Parece que el cineasta se ve impuesto totalmente por las circunstancias sociales del momento a poner como cuota una parte de ellas en la película. En la película somos testigos de la huelga que sacude violentamente los sets del plató, por el despido de numerosos trabajadores (un Ere). Siguiendo la bizarrada del desarrollo argumental, la película propone una violencia entre trabajadores y la policía digna de El Día de la Bestia (El Día de la Bestia, 1995). Como decía, más que una necesidad de guión, todo el trasfondo socio-político parece una inclusión con vistas comerciales, como la conversación vía Whatsapp entre el mandatario de la cadena y políticos, que no viene a cuento de nada.

Quizá rescatable de todo este desbarajuste sea el personaje que interpreta el gran Raphael. Actor en su juventud (de películas que sólo servían para vender su carrera como músico) la película mezcla inteligentemente la metaficción, convirtiendo un personaje que es la parodia exagerada de la imagen real del propio Raphael (Alphonso en la película). Ese carácter de estrella presuntuosa (llevado hasta el extremo) encuentra en la interpretación de Raphael su mejor activo. Sin embargo, ni su personaje ni su interpretación es suficiente para salvar la película de la quema.

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