Pesadillas (2015)

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En la década de los años noventa se hizo célebre entre la juventud una serie basada en los cuentos cortos para adolescentes de R.L Stine, titulada Goosebumps (Pesadillas,  1995). La serie contaba pequeños relatos al estilo Creepshow que consiguieron ganarse la simpatía (y la antipatía por momentos puntuales para los que se horrorizaban como un servidor) de aquellos chavales que aún no estaban preparados para digerir películas realmente adultas, pero que gustaban de iniciarse en los géneros del terror. Algunas historias eran realmente originales y jugaban con los mitos clásicos del género añadiéndole un interesante toque autoconsciente (que en ocasiones bordeaba a sabiendas el Kitsch), mientras que otras eran simples pasarratos (No en vano, R.L Stine es considerado como el Stephen King para adolescentes). Ahora, en España, se estrena una película dirigida el año pasado (por temas de hacer coincidir los veinte años que separan la serie y la película) basada en aquella serie de televisión, Goosebumps (Pesadillas, 2015) dirigida por Rob Letterman y que cuenta con Jack Black en el reparto como el mayor reclamo comercial.

Pero a diferencia de la serie, la película opta por un tono mucho más cómico, que busca descaradamente la nostalgia del espectador. De hecho la película está bastante más cerca de la fantasía cinematográfica de los años ochenta (sobre todo con aquellas películas donde los adolescentes eran los protagonistas absolutos, no sólo dentro de la pantalla sino también como Target de las productoras) como se puede comprobar tanto por el tono como por el desarrollo del argumento, así como especialmente por la construcción de los personajes principales. La película se inicia con una introducción reconocible, cuando el personaje que interpreta Dylan Minette, un adolescente normal que hace un año perdió a su padre, se muda con su madre a una pequeña ciudad de los Estados Unidos (típica ciudad de la América profunda que tantas veces hemos visto en el cine). Ahí conocerá a sus extraños vecinos, una joven muchacha de su misma edad de la que parece prendarse rápidamente (interpretada por la bella Odeya Rush) y su padre, interpretado por Jack Black, que ve con malos ojos la relación que rápidamente se establece entre los dos. En realidad, el personaje de Jack Black es el mismísimo R.L Stine (quien por cierto aparecerá, el autor real, hacía el final de la película en un gracioso cameo; la película contiene grandes dosis de metaficción) quien tiene una colección de todas sus obras guardadas celosamente en casa. Desgraciadamente nuestros protagonistas abrirán por error uno de sus libros, y ahí se desatará toda la tragedia…

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Los personajes responden a los arquetipos expuestos en las películas de las que bebe. Nuestro protagonista principal es un joven que cumple con el papel de adolescente arquetípico, ni demasiado listo ni demasiado guapo, sino más bien un personaje con el que la mayoría de público puede empatizar. Por donde más destaca el filme es por sus secundarios cómicos, Jack Black y Ryan Lee. Ryan Lee interpreta el papel de personaje graciosillo y que cumple como escudero del protagonista (siendo todo el rato su sombra), robándole sólo los momentos graciosos. Ryan Lee cumple sobradamente el papel, al igual que también lo hace Jack Black, quien pasa de maniático a literato presuntuoso, que consigue una buena simbiosis con el resto del reparto a pesar de que él es mucho más veterano que los demás.

Así pues, como vemos leyendo el argumento, no existe la lógica en una película donde se mezclan todo tipo de monstruos posibles: Yetis, marcianos, plantas carnívoras, Zombies…Un mix donde tienen cabida todo tipo de seres y donde el director pretende llevarnos más a la infancia que a la adolescencia, pasando por aquellos momentos en los que de pequeños todo soñábamos con aquellas fantasías estrambóticas. La película sabe que lo que está relatando es totalmente imposible, pero da de vuelta la realidad para sumergirse de lleno en su propio relato, tal y como hacían las películas a las que homenajea la obra, en las que lo importante era la imaginación con la que disponía el espectador. Y es verdad que el filme es inocente y no pretende transgredir ni convertirse en una obra maestra, pero a la vez la película no renuncia a contar una historia que mediante su aparente simplicidad pretende hacerse un hueco en el corazón del espectador, como ya hemos dicho, mediante la estrategia de la nostalgia.

Un gran acierto de la película es su sentido del humor, que continuamente parodia sin pudor lo que el mismo filme está relatando, a sabiendas de la irrealidad total del argumento. Los golpes de humor vienen especialmente de los dos personajes Jack Black y Ryan Lee, que llevan el peso cómico del filme.

Desgraciadamente, los efectos especiales son un gran lastre para la película, que lejos de los efectos artesanales a los que teóricamente debería homenajear, prefiere optar por una utilización de efectos por ordenador que cantan desde el primer al último de los villanos que aparecen en la película.

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