Cartas de un hombre muerto (1986)

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Письма мёртвого человека (Cartas de un hombre muerto, 1986) se trata de una de las películas más soprendentes del género de ciencia ficción  estrenadas en la década de los años ochenta. Sin embargo, el filme es realmente desconocido en Europa, principalmente por dos motivos. Primero, porque la película es una producción soviética, de la última etapa del país, díficilmente accesible para los espectadores europeos por el propio tono del filme, que se relaciona más con la mentalidad del país en el que se produjo . Segundo, porque la película es totalmente críptica y va en la dirección contraria a la ciencia ficción más comercial, especialmente la proveniente de más allá del Atlántico. No en vano, el director del filme, Konstantin Lopushansky fue colaborador de Andrei Takovsky, y sin duda Cartas de un Hombre muerto refleja la influencia del genial director en sus obras, como veremos más adelante.

El Argumento de la película no es casual y está profundamente ligado con la década de los años ochenta (en realidad extensible a toda la guerra fría) y la paranoia sobre la posibilidad de una guerra nuclear, que no sólo era propia de los Estados Unidos, sino también de la URSS. La película nos presenta un futuro alternativo donde después de una guerra nuclear toda la población mundial vive recluida entre túneles y ruinas. Rolan Bykov interpreta a un antiguo investigador que se ve sumergido en el nuevo caos mundial. Él es el protagonista de la película, aunque la película nos presentara una amplia panorámica del nuevo mundo, con numerosos personajes secundarios y en realidad el filme pretende mostrarnos como el personaje principal, que además ya es mayor, no puede adaptarse a este nuevo modo de vida, donde la mayoría de secundarios muestran la adaptación a este nuevo mundo.

Algunos críticos han sido excesivamente duros calificando a la película como una mera copia de las obras deTarkovsky, cuando esta sentencia resulta a todas luces injustas. Es evidente que la película demuestra la influencia del director y que en ocasiones está se deja notar en demasía, pero a la vez Lopushansky también pone su propia nota personal. Para empezar hay que decir que la puesta en escena y la fotografía recuerdan poderosamente filmes como Stalker (Stalker, 1979) o Solaris (Solaris, 1972). Al igual que sucedía en aquellos filmes, la película nos presenta una estética apocalíptica (pero en el total sentido de la palabra) con lo que a priori podría incluso parecer descuidada, pero que en realidad va en total consonancia con el mensaje de desolación que pretende aportar el filme. Al contrario que las grandes superproducciones de la ciencia ficción, Cartas de un hombre muerto se sitúa al lado de Solaris tratando de mostrar que el género puede ser más que un mero escaparate de efectos especiales y convertirse en una obra de arte. El filme nos presenta un mundo donde la humanidad ha quedado totalmente destrozada y donde los antiguos valores morales son ahora inútiles. Los decorados y recursos del filme pretenden ajustarse al aislamiento de las comunidades humana y la mejor secuencia que resume esto la encontramos en la que se nos presenta a un grupo de humanos realizando bici estática con tal de conseguir un mínimo de energía con el que subsistir, tal y como si fueran ratas de laboratorio.

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Siguiendo la tradición de su maestro, el filme de Lopushanky utiliza la fotografía de una manera determinada y simbólica, rehuyendo de la estrategia fácil y tratando de buscar la complejidad. La película no se sirve de la fotografía en color, sino que navega entre diferentes tonos monocordes que se irán trasponiendo a lo largo del metraje, más o menos como sucedía en Stalker, donde al principio del filme nos encontrábamos con un tono sepa que monopolizaba el filme. La fotografía tiene la intención de subrayar la diferencia de la película con cualquier forma convencional, y a la vez demostrar y apoyar el mensaje de desolación en la que se encuentra el mundo. Parece evidente que una fotografía de tal calibre va en total relación con el mensaje que pretende transmitir el filme, y que con una fotografía en color habría resultado impostado, o al menos así es como pensó Lopushanky. Aunque lo cierto es que esto también es una decisión arriesgada de vista al sentido comercial de la película.

El filme provoca una sensación desasosegante en el espectador, aunque a veces esta misma sensación se vuelve en su contra cuando el filme se vuelve farragoso con el argumento y no es capaz de desarrollar con agilidad lo que está contando. Mientras los filmes de Tarkovsky resultaban densos pero complejos y siempre se movían en una dirección que el cineasta tenía clara (que no tenía por qué coincidir con los deseos del espectador), en este caso la película divaga en ocasiones sin que sepamos muy bien por donde quiere desarrollar su mensaje el cineasta.

La película se sirve de la ciencia como contexto para introducir el argumento de la película, pero en realidad la obra se explaya en los debates filosóficos e incluso místicos (otra vez debemos citar a Tarkovsky). El final de la película es una buena muestra de la lírica con la que juega constantemente el director, elevando la película a una categoría metafísica que evidentemente pretende trascender más allá del mero entretenimiento.

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