Las Manos de Orlac (1924)

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Orlacs Hände (Las manos de Orlac, 1924) es una de las películas que dirigió el genial director Robert Wiene, más conocido por ser el director de la magnífica película Das Kabinett des Dr. Caligari (El Gabinete del doctor Cagliari, 1920). Desgraciadamente, la fama de esta última película citada ha eclipsado el resto de su trayectoria, y en ocasiones se ha minusvalorado al cineasta afirmando que la mayor parte del trabajo y éxito del filme se debía a su equipo técnico. Sin embargo, en Las Manos de Orlac, nos volvemos a encontrar una película que demuestra que si bien Robert Wiene no era el genio de Cagliari, si era un director con un estilo y personalidad a tener en cuenta. El trágico final del director, desplazado en el año 1933 de su Alemania natal por el ascenso de los nazis, truncó en parte los años maduros del cineasta, que definitivamente terminó el 1938, cuando murió de cáncer. La obra, Las Manos de Orlac, está basada en la novela homónima de Maurice Renard.

La película está considerada como una de las prototípicas del cine expresionista alemán, y ciertamente el filme reúne numerosas características que nos permiten aseverar tal afirmación, como el tema del doble (una constante en el expresionismo alemán), una estética esquizofrénica que juega con los contrastes de luz y sombra, y un argumento delirante que toca el terror en numerosos momentos.

El argumento nos presenta a un músico, pianista, interpretado por Conrad Veidt, quien tras volver de un concierto acaba perdiendo sus dos manos. En una operación quirúrgica, el doctor que interpreta Hans Homma, decide trasplantarle unas manos de un cadáver (aparece por primera vez en el cine la figura del científico loco, que se irá repitiendo con fuerza en los filmes de género posteriores). Desgraciadamente, este cadáver es en realidad un asesino, y al enterarse, nuestro protagonista empezará a obsesionarse con la posibilidad de convertirse el mismo en uno de ellos. Evidentemente esto revertirá en su situación familiar, y la relación con su esposa, interpretada por Alexandra Sorina, se verá afectada de la manera trágica.

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Cometeríamos un error si tratáramos de analizar la película desde una perspectiva racional. Evidentemente es absurdo pensar que por tener las manos de otra persona esto pueda inducirnos a cometer crímenes y transferir la personalidad del otro. Pero la propia película se aleja de la ciencia para acercarse a la fantasía y al terror. De hecho, es el personaje quien se empieza a preocupar una vez se ha enterado a quien pertenecían las manos, es decir, se congestiona él mismo. El proceso que emprende la película mostrando su locura y decaimiento es aterrador alcanza cotas de gran calidad y se trata de un proceso in Crescendo

Uno de los grandes apartados de la película es su atmósfera y ambientación, quienes son los encargados de dotar y afirmar el carácter esquizofrénico que tiene la película, tal y como también pasaba con El Gabinete del Doctor Cagliari. El filme juega con el claroscuro para crear las tensiones psicológicas, inundando de sombras cuando es necesario. Además el filme introduce numerosos elementos que tienen relación con el mundo esotérico y que eran bastante habituales en los cineastas expresionistas del cine alemán de los años veinte. No es casual la inclusión de numerosos elementos que aparecen en la película con una importancia llamativa, caso más claro el de la estatua clásica en una importante secuencia.

Hay que destacar la interpretación de Conrad Veidt, uno de los mayores genios del género mudo, y que en el filme lleva todo el peso con éxito. Veidt ya había participado en El Gabinete del Doctor Cagliari y ahora volvía a colaborar con Robert Wiene. Veidt, una de las caras más icónicas del expresionismo alemán, resume con su interpretación en Las Manos de Orlac el arquetipo de personaje típico de este género. Atormentado por la posibilidad de haberse convertido en un asesino, Veidt nos muestra todos los recovecos de una personalidad que empieza a deslizarse lentamente hacia la locura. El tema del doble, simbolizado con las manos trasplantadas, convierte a nuestro personaje poco a poco en un sociópata. Veidt, que se especializó durante el cine mudo en parte a interpretar estos personajes mentalmente inestables, cumple a la perfección con el papel, siendo terrorífico y a la vez empatizando con el espectador, que se compadece de su suerte.

Es cierto que el final del filme resultó decepcionante ya en su época, con una resolución demasiado complaciente. Aún así se puede apuntar numerosas cualidades y logros de la película: Por una parte, la ya comentada atmósfera, que si bien no está al nivel de las mejores obras expresionistas alemanas, no desentona en exceso, algunas innovaciones iconográficas y una interpretación ya clásica.

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