El Asesinato de Julio César (1970)

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Julius Caesar (El Asesinato de Julio César, 1970), filme dirigido por Stuart Burge, se trata de una de las múltiples versiones que se han rodado a lo largo de la historia del cine, adaptando la célebre obra del dramaturgo inglés, William Shakespare. Sin embargo, como tantas otras adaptaciones, esta producción de origen británico (Patrocinada por la Commonwealth United Entertainment) resulta anodina y pasó por las carteleras sin pena ni gloria, a pesar de que, eso sí, contó con un brillante reparto (que sin embargo en el filme no acaba de formar un equipo cohesionado).  Aparentemente la película tenía bastantes papeletas para convertirse en un antes y un después de las adaptaciones Shakesperianas, pero la recepción crítica fue igual de fría que la propia película[1]. Curiosamente, la película contaba en el reparto con Charlton Heston como Marco Antonio, que ya había realizado el mismo papel en la versión realizada veinte años antes, Julius Caesar (Julio César, 1950), dirigida por David Bradley.

Como director se contó con Stuart Burge, que seguramente fue seleccionado por su pasado como actor teatral, así como por la adaptación cinematográfica, también de la obra de Shakespare, de Othello (Otelo, 1965), mucho más exitosa. La dirección en la película está al nivel del reparto, insustancial, y no hay ninguna escena que llame la atención desde el punto de vista de la construcción escénica. De hecho, uno de los clímax teóricos de la película, el asesinato de Julio César, resulta anémico y ni el carisma de John Gielgud (que interpreta a César y que es uno de los actores que realiza una mejor interpretación el filme) es capaz de arreglar la secuencia.

El filme se atiene a los hechos de la obra de Shakespeare prácticamente de inicio a final. Después de la batalla de Farsalia (que la película resume con una Voz en off) la película se inicia con los últimos momentos del gobierno de Julio César, durante su última estancia en Roma, cuando una gran cantidad de senadores romanos, siendo liderados por Bruto y Casio, conspiran en su contra. Después del célebre magnicidio, la película seguirá los pasos de Antonio y Octavio hasta su venganza, en los campos de Filipos. Hay que decir antes de todo que la película no sigue la historia auténtica, sino que es fiel al texto de Shakespeare. Por tanto,  la visión es presentar a Antonio y Octavio como amigos sin conflictos (a pesar de que hay un momento en el filme en el que pueden verse algunos roces entre ellos) y enalteciendo en parte la labor de los asesinos Bruto y Casio, que en parte son dignificados por el discurso de Shakespeare, al mostrarlos como unos defensores de las libertades republicanas.  Además, el tono teatral se impone totalmente al histórico, y eso en parte estanca al filme. Sólo en algunos momentos la película vuela más libremente, como en las secuencias de la batalla, donde la cámara deja de auto restringirse para acercarse al lenguaje más cinematográfico.

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Uno de los problemas principales es que a pesar de contar con un reparto excepcional, la película no consigue emocionar en casi ningún momento. Durante el asesinato de César el espectador permanece impasible, y quizá sólo en momentos puntuales, como los discursos delante de la plebe (a pesar de que no se pueden comparar con la película de Mankiewicz) o el suicidio final  se consigue levantar algo de pasión, pero por lo demás el resultado final es demasiado simple. Si alguien ya ha visto alguna adaptación de la obra de Shakespeare se aburrirá tremendamente, porque el filme no tiene demasiadas novedades que aportar, y en su aspecto clave, al jugarse casi el completo en las actuaciones del reparto, tampoco funciona, así que en general la película transcurre sin demasiadas estridencias pero tampoco sin arriesgarse en exceso. De la Roma antigua apenas se puede reconocer demasiado, ya que el filme no se estira demasiado en recreaciones y prefiere optar por una vía más intelectual, alejándose de los estruendosos Péplums Romanos de Hollywood (que en los años setenta ya no tenían la importancia que habían tenido en la década pasada) y más allá de cuatro decorados, la película podría pasar por un pieza teatral filmada.

Los conspiradores Casio y Bruto, interpretados respectivamente por  Jason Robards y Derek Godfrey llevan gran parte del papel y la realidad es que su interpretación no acaba de convencer. El Bruto de Robards resulta demasiado tibio, a pesar de que se entiende el carácter dubitativo que le quiere dar el actor, mientras que Godfrey no acaba de perfilar demasiado al personaje, más allá del cliché. Por su parte, Heston cumple aunque no sobradamente.

[1] ROTWELL, Kenneth. S, A History of Shakespeare on Screen: A century of film and television, Ed. Cambridge, Cambridge 1999, p.153

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