Rocky (1976)

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Quizá pueda parecer algo banal escribir una crítica de una película como Rocky (Rocky, 1976) cuarenta años exactos después de su estreno más tarde. Pero teniendo en cuenta que el propio Stallone sigue sacándole rédito a la saga aún en tiempos actuales, pues sólo hace falta ver la fallida Creed (Creed, 2015), no está de más echar un vistazo atrás y mirar con perspectiva la película que supuso el catapultamiento del actor al estrellato.

Y de lo que inmediatamente se da uno cuenta es del tremendo error que fue para Stallone (por lo menos en cuanto a crédito artístico se refiere) el seguir con la saga con una serie de secuelas a cada cual más ridículas, porque aunque indirectamente, estas últimas han conseguido torcer el mito original, no permitiendo una mirada totalmente limpia para los neófitos absolutos del potro italiano (y no tan neófitos). De tal manera, que cuando un espectador que sólo ha oído hablar de Rocky por parodias y el ajetreo comunicativo contemporáneo, se atreve con la película original, queda realmente sorprendido ante lo poco esperado de la situación. Y es que en Rocky, apenas hay dos combates de boxeo (al principio y al final de la película) y la historia romántica entre Rocky y Adrian ocupa un puesto fundamental en el filme, por encima incluso de las comentadas peleas.

Y es que Rocky es algo más que una película de boxeo. Rocky es una película que se encarga de retratar durante todo el metraje la parte más oscura del sueño americano. Por eso mismo, la original es tan prototípica de su tiempo, los años setenta, donde una generación de directores como Coppola, Scorsese (que el mismo año de 1976 dirigiría su obra maestra Taxi Driver, la que por cierto perdería antes los Oscars contra la propia Rocky), fueron capaces de poner del revés a la industria de Hollywood , incluyendo un tono contestatario en sus filmes contra la sociedad que anteriormente habría sido difícil que se hubiera plasmado de una manera tan directa. Indudablemente, el Rocky de Avildsen recoge el guante en este aspecto, para dar un gancho directo sobre las fantasías Hollywodienses que se encargan de mostrar una América totalmente alejada de la realidad.

De hecho, gran parte de la película se centra en describir la desapasionada vida de Rocky Balboa, un hombre que vive como lo hacían la mayoría de los inmigrantes de primera generación que se acercaron a Estados Unidos una vez ya avanzado el país, esto es, en la miseria. Nuestro Rocky es un boxeador, cierto, pero uno de segunda categoría, un sparring barato. La secuencia inicial resume bastante bien el nivel de degradación al que ha tenido que llegar nuestro personaje con tal de ganar unos míseros dólares, con los que poder subsistir.

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Pero la película no se quedará ahí, sino que durante la primera parte se dedicará a seguir (con secuencias pausadas y de un exquisito gusto cinematográfico) a nuestro protagonista en sus garbeos por los barrios bajos. Para sacarse algo de dinero nuestro protagonista trabajará como cobrador de créditos para un mafioso local (hasta la mafia resulta cutre en los barrios donde vive Rocky) y poder así estar con su amada. Si el personaje de Rocky resulta conmovedor por la franqueza con la que el propio Stallone lo definió(es la historia de un perdedor), igualmente tiernos resultan sus compañeros (En especial Adrian y su hermano). Todos tienen taras, ninguno de ellos es perfecto. Seguramente la naturalidad con la que Stallone escribió sus personajes es precisamente la arma con la que conquista al espectador. Sólo hay que fijarse en la escena en la que Rocky invita a Adrian en su casa y desenvuelve sus patéticas tácticas de ligoteo, para darse cuenta del realismo que rezuma el filme.

Es así como la película hace trizas el sueño americano, siguiendo la realidad de un joven de raíces no americanas y su fortuna. A cada nuevo golpe que le da la vida (porque parafraseando al propio Rocky en una secuela, nada golpea más duro que la propia vida) el filme desmonta y aleja el mito un poco más. Incluso la secuencia de la pelea final, con el desfile de Apollo Creed como  George Washington no dejan de tener un tono paródico que se relaciona con el mensaje central del filme.

Por cierto, siempre se ha puesto un énfasis desmesurado en la banda sonora de Bill Conti, con la ya mítica secuencia de Rocky realizando su entrenamiento. Es cierto que dicha secuencia es uno de los momentos más emotivos de toda la película, pero no es menos cierto que si tuviéramos que escoger un tema no deberíamos quedarnos con dicha secuencia, puesto que no es representativa de la esencia de Rocky. Más bien deberíamos escoger las bellas partituras de Conti que tocadas melancólicamente se dedican a describir la desgraciada vida de Balboa o el naciente amor entre los personajes protagonistas.

Desgraciadamente, luego vinieron los años ochenta. Y lo que hasta entonces había sido Rocky y su espíritu de superación (o por lo menos supervivencia), fueron suplantados por películas mediocres como The Karate Kid (Karate Kid, el momento de la verdad, 1984) donde cualquier posibilidad de crear arte se había escabullido dentro de la industria de los grandes filmes, para dejar paso al dinero. La generación de Coppola y Scorsese había dejado paso (si nos referimos al dominio de las taquillas) a las generaciones de cachivaches y recursos de baratillo, y con ellos se fue la sinergia que habían conseguido traer a Hollywood durante unos pocos años. Rocky es en realidad un canto de cisne de aquella generación.

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