Los descendientes (2011)

 

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No es muy difícil adivinar porque flojeó Alexander Payne con The Descendants (Los descendientes, 2011), una película que a pesar de recibir numerosos premios y galardones, entre los que podemos destacar por ejemplo 5 nominaciones a los Oscars (de las cuales consiguió el premio al mejor guión adaptado) parece estar resuelta con el piloto convencional.

Y es que el mayor defecto de la película es su guión, escrito entre varios autores (entre ellos el propio Payne) basándose en la novela de Kaui Hart Hemmings (escritora de origen Hawaiano). No hay mucha diferencia entre la historia que nos encontramos en Los Descendientes y la que podemos ver en cualquier domingo de tarde, después de la sobre mesa. El filme sólo se distingue por su envoltorio, que eso sí, es lo suficientemente goloso como para llamar la atención, pero en el fondo el filme parece además la antítesis del cine del propio Payne, que precisamente se revela en la mayoría de sus películas por ser real y no tratar de manera fría los sentimientos de sus personajes a diferencia de un producto artificial como es el caso. Las relaciones interpersonales, que son siempre el fuerte del cineasta, aparecen aquí totalmente desdibujadas y sin chispa alguna.

La película nos presenta a George Clooney como personaje protagonista, un hombre de mediana edad y padre de dos hijas que trabaja como abogado en una de las islas de Hawaii. Nada más empezar la película la voz en off del personaje de Clooney nos cuenta que los tópicos que tiene la gente sobre Hawaii no son en su mayoría reales, porque en Hawaii, la gente tiene también, literalmente “Vidas de mierda”. Sin embargo, más que separarse de estos tópicos la película los cimentará, como veremos más adelante, con imágenes postaleras de las islas. Su personaje trabaja como abogado y además es heredero junto a otros primos suyos de una importante parte de tierra de la que se debate si venderse o no. Sin embargo, su mujer se encuentra en coma debido a un accidente, así que el personaje decidirá encontrarse con su hija adolescente, que vive alejada en otra isla, pero ella le dará una noticia sorprendente..

La película es un ajetreo continuo de aquí para allá, en una estructura de viaje parecida a la que después veríamos mucho mejor resuelta en el filme Nebraska (Nebraska, 2013) donde también aparecía el tema de la familia entrometida en los negocios, además de manera casi calcada (por lo menos en su aspecto superficial). Aún así la historia que se nos presenta no acaba de rematar en nuestros corazones. Es cierto que hay secuencias emotivas, pero estas se deben más al buen hacer de los actores (ojo, porque Clooney, a pesar de que está bien, en ocasiones palidece con el resto del reparto más joven, en especial con las dos actrices que representan sus hijas, Shailene Woodley y Amara Miller) cuando tienen que afrontar situaciones duras (por ejemplo, cuando la niña pequeña entiende que su hija no sobrevivirá) que no al guión en sí. La historia se huele desde lejos. Hay elementos que chirrían aunque en honor del filme no hay nada exagerado o demasiado Hollywoodiense (como algún despertar del coma que afortunadamente no sucede, o sensiblerías que nunca bordean el límite de lo increíble) y quizá seguramente por eso recibió tantos elogios. Pongamos por caso la relación entre el personaje de Clooney y sus pensamientos respecto a la solución del problema de los terrenos familiares: La solución que propone el guión no tiene ningún sentido, y la conversión del personaje se ve totalmente forzada, pasando de un extremo ideológico al otro sin que el espectador haya comprendido muy bien porque.

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Hay algunas cosas que parecen más impostadas que auténticamente posibles. Es el caso del personaje adolescente, que no sabemos cómo demonios aparece en la película, y lo peor, como puede quedarse durante todo el metraje. Por si fuera poco, no sólo es que aporte entre cero y nada sino que además el guión lo incluye en alguna secuencia que no tiene ningún tipo de sentido, caso del momento en que Clooney se levanta y se dedica a charlar con él como si un adolescente al que acabara de conocer le pudiera decir alguna cosa realmente relevante.

Por otra parte, como apuntábamos anteriormente, la película se aprovecha de Hawaii para continuamente bombardear al espectador con imágenes que parecen sacadas de una agencia de viajes. Y no son cortas, varias nos presentan a nuestros personajes moverse y viajar con secuencias musicales plumíferas como acompañamiento de más de varios minutos y que no aportan absolutamente nada a la resolución de la trama. Estas imágenes resultan vacías a más no poder y entorpecen además lo que cuenta la película.

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