El Médico de Stalingrado (1958)

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Der Artz von Stalingrad (El Médico de Stalingrado, 1958) se trata de una curiosísima película dirigida en tiempos de la RFA, por el director de origen Húngaro, Géza von Radványi, que está ambientada en los tiempos inmediatamente posteriores de la segunda guerra mundial y que está basado en un hecho real. La película cuenta la sorprendente historia de los soldados alemanes de Stalingrado, que una vez finalizada la segunda guerra mundial, siguieron como prisionero de guerra hasta la reconstrucción de la ciudad. La Historia del filme tiene muchos puntos en común con la película española Embajadores en el infierno (Embajadores en el infierno, 1956), rodada sólo dos años antes (que estuvieron tan cerca una de otra se debe a que fue entonces cuando los presos de la guerra fueron liberados) y que también nos mostraba el cautiverio de los soldados en la Urss y su regreso a la península. Además, al igual que el filme español, la película de la RFA también tiene numerosas connotaciones políticas detrás.

La historia se centra en el personaje que interpreta O.E Hasse (uno de los actores alemanes más importantes, llegando a participar en una película de Hitchcock) un médico que después de la guerra es utilizado por los soviéticos para que examine a todos los que se encuentran en el campo de trabajo, tanto alemanes como soviéticos. No es demasiado difícil captar porque el guión de Werner P.Zibaso, basado en la novela de Heinz.G Konsalik, utiliza a un médico como personaje principal y no un soldado de a pie. Y es que para el objetivo crítico del filme, era mejor utilizar una persona aparentemente imparcial como un médico. Efectivamente, la película trata de dignificar la voluntad del país después de la segunda guerra mundial, elevando moralmente a los soldados reclusos y mostrándolos como héroes. Como sucedía con el filme español, los soviéticos son presentados como monstruos que pretenden esclavizar a los soldados de manera bestial, sin concesiones. Los crímenes de guerra aparecen siempre en un segundo término (aunque por lo menos aparecen, algo que no sucede en la película española). La carga política es pues más que evidente.

La trama de la película no es excesivamente complicada, sino que sigue un molde más o menos previsible.  Primero se nos presenta la vida comunitaria, que evidentemente es compleja y difícil para los alemanes, que sobreviven como pueden a pesar del trabajo esclavizante y de los pocos víveres que les proporcionan los soviéticos. Luego se nos presenta la posibilidad de redención, cuando nuestro protagonista tiene la posibilidad de operar al hijo de un importante cargo del campo, la relación amorosa de por medio, la traición hacia los tres cuartos del metraje y finalmente la liberación final. Un esquema que más o menos se repite en películas similares y que no tiene nada de especial. De hecho, los personajes que desfilan por el filme son bastante arquetípicos: El personaje protagonista, que es un humanista que no mira por sus intereses personales y que vive en el campo con resignación siempre tranquilizando al resto de caracteres, el personaje tontorrón que intenta aportar la vis cómica  a la película (aunque fallidamente), el alemán más pasional que se acaba enamorando a pesar de las condiciones en la que se encuentra, la chica aparentemente insensible que acaba cayendo en el amor a pesar de la deshonra de hacerlo con el enemigo y el carcelero cruel y sin sentimientos.

Por otra parte, la relación entre la capitana rusa y el prisionero alemán se antoja además a todas luces artificiales. La sensación es la de que el filme necesitaba una cuota de amor y la introduce sin ningún motivo argumental. Además los dos personajes están exagerados al máximo, mostrando numerosos aspavientos, de tal manera que la relación entre ambas evoca a la peor tradición teatral.

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En los aspectos técnicos el filme cumple. La recreación del campo resulta creíble, de lo más destacables del filme, así como con el vestuario de los dos bandos.

Hay que apuntar que ver la película doblada al castellano es un auténtico suicidio. Para empezar, que tantos los alemanes como los rusos se comuniquen en castellano ya resulta chocante, pero lo que es totalmente desolador es comprobar cómo en numerosos momentos los personajes rusos dicen algunas frases en su idioma pero con un acento castellano que tira para atrás.  Por si fuera poco, el doblaje es realmente lamentable, y no ayuda para nada.

En conclusión, El Médico de Stalingrado es una película que a pesar de su etiqueta histórica, en realidad revela el año en que se realizó, el tiempo intrínseco más que una recreación. La RFA necesitaba por aquel entonces un lavado de cara para poder afrontar su futuro, y en cierta manera el filme resultaba una vía de escape, además de posicionarse ideológicamente, puesto que la guerra fría estaba en su pleno apogeo.

 

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