La calle sin sol (1948)

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A pesar de que hoy en día sólo conocemos a Rafael Gil por los esperpentos casi apologéticos del régimen franquista realizados durante su última etapa, lo cierto es que en su filmografía encontramos algunas obras interesantes, que, paradójicamente, van en mejoría a medida que nos retrotraemos más en el tiempo. Una de sus mejores películas es La Calle sin sol (La calle sin sol, 1948), rodada pocos años después del fin de la segunda guerra mundial. Sin embargo, gran parte del mérito del filme no sólo recae sobre Gil, sino también sobre Miguel Mihura, una de las figuras artísticas españolas más importantes del siglo pasado, quien realizó el guión de la película, a pesar de que no llegó a firmarlo[1].

La película nos presenta a un personaje de origen francés, Mauricio, interpretado por Antonio Vilar, que llega a Barcelona después de haber huido de su país, Francia, no sé sabe muy bien porque. A su llegada en Barcelona, se instala en un hostal, donde conoce a una joven, interpretada por Amparo Rivelles, de la que rápidamente se enamora. Sin embargo, se produce un trágico asesinato en la ciudad, y parece que las pruebas incriminan a nuestro extranjero.

Existen dos géneros que cohabitan en el filme, el drama con tintes románticos y el cine negro. Por una parte, la relación de amor que se establece entre los dos personajes protagonistas y que aparece retratada según los cánones de la época. Vista hoy en día se nota que Mihura parece inspirarse en los diálogos en ciertos aspectos de la comedia romántica sofisticada del momento (se nota Capra en el ambiente), con dos personajes aparentemente ingenuos, aunque también es cierto que esto lo podemos decir especialmente por el personaje femenino (pues el personaje de Vilar tiene varias sombras, que parece planear sobre él y que son puestas por el guión para crear cierto suspense). Y por supuesto, nos encontramos con un filme que apuesta por el cine negro, ya desde el argumento, que presenta dentro de la propia trama, los elementos prototípicos como el crimen, un presunto culpable y una investigación policial, aunque todo ello pasado por la coctelera española de Rafael Gil (para comprobar que es una visión castiza, sólo hace falta comprobar el personaje del policía que sigue al asesino).

Y los aspectos de cine negro de la Calle sin Sol, son realmente jugosos. Podemos citar varios. Por ejemplo, el inicio del filme parece claramente inspirado en filmes del estilo, mostrándonos la huida de nuestro protagonista por Francia. Pero también con la ambientación del filme, porque a pesar de que transcurre en Barcelona (o se supone que transcurre, porque en realidad muchos escenarios huelen a kilómetros a estudio) la película se ambienta en un barrio de mala reputación (el barrio chino). De hecho el propio título de la película hace referencia a la calle principal de la película, donde el sol sólo llega a pasar durante un tiempo minúsculo, lo que es una clara metáfora.  Por no hablar también de la propia trama de la obra, con claros tintes detectivescos o el juego de suspense que nos hace dudar de la inocencia de nuestro personaje protagonista.

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A pesar de la época, hay varias reflexiones que se pueden enlazar con la situación política del momento, no sólo española, sino europea. Nuestro protagonista en realidad está huyendo de las consecuencias devastadoras de la guerra, y de hecho está misma aparece mencionada en diversos momentos de la película. La película radiografía bastante bien todo este ambiente de posguerra, tanto mundial como local, por lo menos hasta donde permitía la censura. Los claroscuros del personaje masculino contrastan enormemente con la luminosidad de la protagonista femenina (por otra parte, mucho más desdibujada, siguiendo los estereotipos del momento, más simple), que parece siempre guardar un oscuro secreto. La narrativa del filme, que sirve también para incrementar el suspense y generar dudas en el espectador, también ayuda a crear una telaraña intrigante en torno a su figura.

Si el tono general de la película evita relacionarse con lo peor del cine español de la época, no se puede decirse lo mismo del final, que es totalmente folletinesco. Parece como si la película se viera en la obligación de tener que señalar a unos culpables (más en la línea ideológica del régimen; como lo es el personaje del pobre) para tener una vía de escape frente a lo que ya resultaba “peligroso” del resto del filme. Pero lo cierto es que la secuencia de la pelea y el incendio están resueltas de manera bastante burda, y además rompen con el tono de la obra.

[1] MOREIRO, Prieto Julían, Miguel Mihura: humor y melancolía, Ed. ALGABA,  Madrid 2004, p. 264

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