La Vida privada de Sherlock Holmes (1970)

 

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The Private life of Sherlock Holmes (La Vida privada de Sherlock Holmes, 1970) es en líneas generales, una oportunidad desaprovechada, que como indica el título de la película, nos presenta una historia protagonizada por el mítico personaje creado por el británico Arhur Conan Doyle, Sherlock Holmes. La película ya tuvo sus problemas en el momento de su producción, y parece que a Wilder no le dejaron explayarse artísticamente en demasía, además de tener varios problemas con el montaje, que fue mutilado por los productores, quienes trataron de montar el filme de una manera totalmente comercial y arruinando la visión personal de Wilder. De hecho al propio cineasta no le haría demasiada gracia hablar del filme el resto de su vida.

Hay dos partes bastante evidentes en el filme, y que se además se distinguen cualitativamente con suma facilidad. La primera de ellas, de menor duración, parece claramente atribuible a Wilder, en cuanto demuestra una potente personalidad, que va más allá del puro cine convencional y de entretenimiento, al que teóricamente asignamos cuando vemos una película del detective. Desgraciadamente, en la segunda mitad, la película se vuelve anodina e intercambiable con las decenas de filmes que también se basan en el personaje británico, e incluso peor a muchas de estas, porque la historia que presenta el filme carece de interés (el guión nos presenta una historia totalmente original y le falta la garra de algunas historias más célebres de Doyle, como El Sabueso de los Baskerville).

Porque parece claro, que el personaje de Holmes tiene unas connotaciones muy interesantes y diferentes a las que los filmes más prototípicos nos tienen acostumbrados en esta primera mitad. No nos encontramos un caso a resolver por parte de nuestro investigador demasiado llamativo, sino más bien al contrario, Wilder pretende desmitificar al personaje mostrándonos su cara más privada, lejos de las historias detectivescas y tratando de resolver menudencias (por ejemplo, pretenden que haga ni más ni menos que un hijo a una bailarina rusa). Por eso en parte causó tanta aversión en su momento, porque ver a Holmes haciendo el payaso en su casa con su siempre fiel amigo Watson, no parecía algo muy elegante para el público británico. Pero además, la película insinúa una homosexualidad latente en el protagonista, que rechaza a una mujer mientras siembra dudas ante su relación con Watson, al que no le dice ni que no ni que sí. Y también se nos presenta un Holmes que parece tener una adicción a la droga, algo que a pesar de que sí aparecía en las obras originales, era comúnmente ocultado en los filmes.

Sin embargo, la segunda mitad del filme tira todo lo conseguido por la borda, creando una historia estúpida donde incluso el guión añade unas notas de folclorismo vergonzoso, como es la historia de Nessie y el viaje a Escocia. Todo lo que hasta el momento había sido un humor que funcionaba en muchas direcciones, se convierte en rutinario. Sentimos incluso lástima por Holmes, porque el guión pretende desmentir lo anteriormente comentado y tratar de juntarlo con la protagonista femenina, a pesar de que ambos personajes no tienen química.

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También hay que decir que a pesar de que Robert Stephens hace una buena interpretación, el espectador no puede olvidar a Basil Rathbone, quien siempre quedará en la memoria como el Sherlock Holmes cinematográfico por excelencia. Como el fiel Watson tenemos a Colin Blakely. En realidad Wilder no quería a caras conocidas para los papeles y principales, y entre los secundarios podemos citar al incombustible Cristopher Lee. Por otra parte, el personaje femenino que interpreta Geneviéve Page no tiene una historia más allá del cliché del de dama de la época.

La película está eso sí, lo suficientemente bien ambientada y la historia recreada como para que sea disfrutable durante su montaje, ni que sea como pasarratos. Si el espectador consigue aislarse de esta segunda mitad del metraje y hacer oídos sordos a los diálogos, podrá disfrutar de unos bonitas imágenes decimonónicas, tanto de postales Escocesas (incluyendo al monstruo Nessie) como de alguna imagen más llamativa del Londres Victoriano, asediado por la niebla, sin duda la imagen más bella del filme.

La Vida privada de Sherlock Holmes es una película que podría haber dado mucho más de sí. Le falta garra, un guión que no tratara de obviar el material literario original y que los responsables de producción no hubieran malmetido haciéndose pasar por lo que no son directores. Ver a Holmes y Watson hacer el pazguato proporciona algún momento jocoso, pero de Dios siempre se espera algo más.

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