Jason y los Argonautas (1963)

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Seguramente, por lo que conocemos actualmente el filme que firmó Don Chaffey, Jason and The Argonauts (Jason y los Argonautas, 1963) no es por su gran trama, ni por la puesta en escena de su director, ni siquiera tampoco por las interpretaciones de sus actores (ahí está por ejemplo como actor principal, en el papel de Jason, el hoy en día olvidado Todd Armstrong) sino por los efectos especiales, que fueron diseñados por el célebre técnico en efectos especiales, Ray Harryhausen y que se convirtieron en su momento en un icono del cine de serie B. Viendo el filme ahora pueden parecer un tanto desfasados, pero guardan, sin duda, un carisma especial. El filme tuvo un éxito de público considerable y en nuestro país la película no se distribuyó hasta el 1981, con prácticamente veinte años de diferencia, porque la sucursal de la Columbia había clausurado en el 1964[1].

La película, que sigue la estela de los filmes coetáneos italianos del género Péplum, se ambienta en una edad mítica, que se inspira vagamente en el mundo mitológico griego (la obra sigue más o menos el texto de Apolonio de Rodas), pero que se toma en realidad numerosas licencias para hacer el producto más comercial. El caso más claro lo encontramos en el personaje de Hércules, que aparece en el filme en un cóctel extraño, que tiende a mezclar diversos elementos dispares. Tampoco es que sea una grave afrenta, puesto que no estamos hablando de una película histórica, sino que simplemente Chaffey escoge esta carcasa porque luce mejor para las auténticas intenciones del filme, que no son más que las del puro entretenimiento. El filme, como decíamos, está hermanado con los productos italianos que se estaban realizando paralelamente, sólo que en este caso la producción es británico-americana, y eso se nota bastante en la estética del filme, mucho más cuidada que en otras.

La película se basa en la leyenda de Jasón y los Argonautas, y la película nos presenta el viaje del héroe en busca del Vellocino de oro, aunque con algún elemento particular (como ya hemos dicho, la inclusión de un Hércules, que en el filme aparece como un hombre adulto y de aspecto envejecido). En realidad el filme de Chaffey es una película de aventuras de tomo y lomo, que no hay porque negar que tiene algunos momentos de evasión realmente buenos. Eso sí, para ello antes deberemos entrar en sintonía con la propuesta.

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Pero sí, aquí la estrella principal es Ray Harryhausen y los modelos que elaboró que aparecen en la película, y que no son pocos. Desde el titán Talos, las arpías (quizás estas son las que hoy en día puedan parecer más desfasadas), o los míticos esqueletos, que por otra parte están reaprovechados del filme The Seventh Voyage (Simbad y la princesa, 1958), las pequeñas criaturas de Harryhausen llenan completamente la pantalla.

Por lo demás, nos encontramos ante una película que se disfruta pero que se queda a medio gas. La película sigue la estructura de otras películas de aventuras, donde los hechos se van acumulando, en una especie de ir superando las cada vez más grandes adversidades, como si por tener una suma de múltiples monstruos y criaturas aumentara la calidad de la obra. Además, el final del filme es demasiado apresurado, y se cierra de golpe y porrazo, justo después de que Jason ponga pies en polvorosa ante los esqueletos de Harryhausen.

Al ser una película descaradamente dirigida al entretenimiento, poco se puede rascar más allá de la capa superficial de efectos especiales que envuelven Jason y los Argonautas. De hecho el propio argumento del filme oculta los hechos trágicos que aparecían en la mitología original, entre Jason y Medea, porque obviamente romperían con el tono principal. Resulta interesante destacar el papel del rey, que pérfidamente trata de enviar lo más lejos posible a Jason, o el de los Dioses ante Jason, pero incluso este último, en parte por la propia interpretación del actor, aparece como un carácter flojo y soso, del que la obra no consigue sacar ningún beneficio. Todo el carisma se debió quedar en los efectos de Harryhausen, porque lo que es nuestro héroe tiene una clara falta de atractivo.

Por cierto, a diferencia de películas como contemporáneas, como la versión de Troya (Troya, 2004), de Wolfang Petersen, tiene el inteligente detalle de utilizar a los Dioses como realmente aparecían en obras mitológicas como la propia Ilíada, donde Zeus y los demás miembros del Olimpo juegan con los humanos, como si piezas de un juego de mesa se tratarán.

[1] DE ESPAÑA, Rafael, La Pantalla Épica: Los héroes de la antigüedad vistos por el Cine, Ed. T&B, Madrid 2009, p.278

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