007: Alta tensión (1987)

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The Living Daylights (007: Alta tensión, 1989; una traducción muy a la española, todo sea dicho) es una de las películas de la saga Bond más olvidadas. En parte, porque forma parte de una dupla de películas (la otra es License to Kill) interpretada por uno de los Bonds menos conocidos, Timothy Dalton (sólo superado en su escasa popularidad por el australiano George Lazenby). La película no es realmente terrible como cinta de acción, y Timothy Dalton le dota una interesante personalidad a su personaje (diferente a la de los anteriores Bonds), pero al filme le pesa una segunda mitad absolutamente soporífera, que hunde totalmente la película en la mediocridad. Por otra parte, la película consiguió una recaudación aceptable, en Estados Unidos (y más en UK), lo que rompe un poco con el tópico de película “maldita”.

El argumento no es realmente complejo. Nuestro Bond se embarca en una aventura por Centroeuropa que le pondrá en la pista de una peligrosa conspiración de la KGB, que pretende eliminar a todos los espías que se encuentren en su camino. Después de varios viajes por Europa (algo que también es una de las señas de identidad de la saga), nuestro protagonista llegará al mismísimo Afganistán, donde deberá enfrentarse a las tropas soviéticas. No lo hará sólo evidentemente, sino que en todo momento contará con la ayuda de la “chica Bond”, personaje arquetípico que no puede faltar en cualquier película de la saga. En este caso, el personaje es una chelista checoeslovaca, interpretada por Maryam d’Abo. Nos encontramos, desafortunadamente, con otro caso de mujer florero, que apenas tiene un peso crucial en la película, más allá de lucir palmito, a excepción quizá del último tramo que transcurre en Afganistán.

Lo cierto es que además, se nota que con Timothy Dalton se inauguraba una nueva etapa mucho más seria (más incluso que la que encarnaba Sean Connery), y el Bond socarrón y jocoso que encarnaba Roger Moore deja paso a un espía con una licencia para matar que no dudará en usarla. Que es la última película antes de la caída de la Unión Soviética se nota en el filme (además, hemos de recordar que en aquellos momentos finales de la década de los ochenta, la política del Reino Unido era totalmente contraria a la de la URSS) porque recupera el espíritu político de las primeras películas.

Efectivamente, los malos vuelven a ser los rusos, aunque con algunos matices. Parece que la película es sólo especialmente crítica con la intervención soviética en Afganistán. De hecho, no era la primera vez que el cine occidental se hacía eco de dicha guerra, y hemos de citar aquí las célebres películas de la saga Rambo (más en concreto, la tercera entrega). Porque si Rambo era una oda (literalmente según el filme) que defendía a los muyahidines, aquí nos volvemos a encontrar con que nuestro espía secreto se pone en contacto y apoya a dichos grupos armados contra la invasión soviética. Algo que no deja de ser más que bochornoso en estos tiempos que corren, donde somos testigos de las consecuencias políticas que tuvo aquel apoyo al fundamentalismo islámico. Al igual que en la saga de Stallone, en 007: Alta tensión, los rebeldes afganos son presentados como “luchadores de la libertad”, y las referencias religiosas que profesan son totalmente aligeradas, con lo que apenas queda descrito el extremismo de estos personajes.

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Pero más allá de connotaciones políticas, lo cierto es que el problema principal del filme es esta segunda parte en Afganistán, que no pega ni con cola con el resto del metraje. La primera intervención de Bond en la película, con la ya mítica introducción propia de la saga, es buena (que no excelente) y levanta las suficientes expectativas como para poder hacernos creer que nos encontraremos ante una correcta película. Sin embargo, el Bond de Afganistán no deja de ser una ensalada tradicional de tiros, sin ton ni son, donde los efectos pirotécnicos se imponen a cualquier lógica.

Y la obra no tiene demasiados defectos en los que se supone que es el ámbito principal en el que juega la película. Las secuencias de acción funcionan en su mayoría, como es el caso de la introducción, o las que tienen lugar en la nieve, con persecuciones en su mayoría bien rodadas. Por otra parte, nos encontramos con los elementos habituales de la saga, la aparición de Q y sus artilugios de última tecnología, así como los vehículos de alta gama. Nada demasiado destacable, ni para bien ni para mal.

Finalmente hay que añadir que Timothy Dalton cumple como Bond. Aporta un toque mucho más oscuro al personaje (aunque eso quedaría más patente en la segunda entrega de Dalton como Bond, en Licencia para matar) que sirve para añadir nuevos matices en comparación con otros actores. Resulta una lástima que el actor no pudiera encarnar más veces el personaje, porque nos dejó con la duda de si hubiera sido capaz de convertirse en uno de los Bonds más icónicos.

 

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