Robin Hood (1973)

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Desde siempre el personaje de Robin Hood ha tenido un papel que se podría definir como políticamente incorrecto, por la carga social que comporta la propia historia (totalmente mitificada en su mayoría) sobre la que se cimenta su leyenda. Y es que por más que se la modifique o se introduzcan cambios en ella, no deja de ser el cuento de un grupo de bandidos que se dedican a robar a las clases privilegiadas para dárselo a los más pobres. Y eso, es lo que también puede verse en la versión que realizó en la década de los años 70 la compañía Disney, con la producción animada de Robin Hood (Robin Hood, 1973) y bajo la dirección general del no menos mítico director Wolfang Reitherman (responsable de varios de los clásicos Disney de los años sesenta). A pesar de que la película se ha considerado como una obra menor, lo cierto es que se trata de una de las cintas más divertidas de dicha década, y si bien quizá tiene una estructura demasiado endeble, es una pequeña joya a redescubrir, especialmente para los más pequeños de la casa.

Pero pensar que Robin Hood es una película exclusivamente dirigida al público infantil sería un error, y como ya hemos comentado, hay diversas lecturas en ella. La película se divide en tres actos bastante diferenciados. En la primera parte tenemos la presentación de los personajes, la comunidad de ladrones que vive en el bosque liderados por el zorro Robin Hood. También se presenta el malvado usurpador Juan sin Tierra (que en la versión original está doblado por Peter Ustinov, una de las grandes bazas del filme), que se ha aprovechado de la marcha del rey Ricardo a las cruzadas para hacerse con el trono. Sus medidas crueles ponen al pueblo en su contra, pero hace oídos sordos a las súplicas de sus siervos. En esta primera parte la película consigue un buen arranque, por su interesante retrato de Hood y su comunidad animal de Sherwood (que en parte está animada con una pegadiza música que compone George Bruns).

La segunda parte del filme se centra en el concurso de tiro al arco, donde la película explota más correctamente su vena de acción (Hood es descubierto y los emisarios del rey tratarán de capturarlo mediante la fuerza, lo que desencadenará una serie de escenas de persecución típicas del género ). Desafortunadamente, el tercer acto del filme es una reiteración y continuación mucho más inane de esta segunda mitad.

La figura del príncipe Juan (apodado sin Tierra) aparece retratada de manera muy sibilina. El rey, que tiene forma animal de león (el animal por antonomasia que simboliza el orden supremo en la cadena animal) aparece representado como un usurpador que se ha aprovechado de la ausencia del rey Ricardo para conseguir el trono. Los recursos de guión que utiliza el filme para simbolizar el desorden del monarca resultan interesantes, pasando desde los consejeros mismos que utiliza el rey (una serpiente, otro animal que dentro del reino animal simboliza el pecado y la corrupción divina, así como un secuaz que se encarga de exprimir hasta el último centavo al pueblo mediante impuestos ) hasta el propio Juan, un león desganado (incluso físicamente se le ve totalmente desmejorado y opuesto a la imagen clásico del león, fuerte y potente). Digo todo esto, porque la película no dispara tiros al aire. Se puede ver los estereotipos con los que juega la factoría Disney: El rey ha de ser por necesidad un león, mientras que la serpiente es el animal que forma parte del bando “malo”. Incluso el final de la película no deja de ser un emparejamiento dinástico que acerca al bandido con la realeza (cuando Hood se casa con la sobrina de Ricardo, que casualmente, es como él, un zorro). Evidentemente estamos en los años setenta, y lejos está aún la factoría de producir películas más rompedoras como Zootopia (Zootrópolis, 2015) y en este sentido Robin Hood es más “conservador”.

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Algunos han criticado[1] la animación realizada por la compañía Disney, aseverando que no estuvo bien trabajada y que además muchas de las animaciones están reutilizadas de otras películas de la misma factoría (algo que ya sabemos que era algo habitual y que se repitió en más películas, como por ejemplo en La Cenicienta). Lo cierto es que si bien en plena década de los años setenta se podía exigir algo más a Disney, la película suple perfectamente sus carencias técnicas con otras tácticas y recursos, ya sea el absoluto protagonismo de Hood (con un toque cómico bien conseguido) o los diversos vericuetos por los que pasan nuestros personajes y que hasta la última parte del filme funciona más que correctamente.

Sin duda, lo que hace grande al filme es que es resulta disfrutable tanto por grandes como pequeños. Esa capacidad de amoldarse es la que la convierte en lo que se podría denominar con la etiqueta clásica de filme familiar. Cierto que vista hoy en día podemos darnos cuenta de que a la película le falta la moraleja más típica del cine Disney actual, pero a cambio Robin Hood opta inteligentemente por la evasión bien construida.

[1] BECK, Jerry, The Animated Movie Guide, Ed. Chicago Review Press, Chicago 2005, p. 320.

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