Dies Irae (1943)

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Dies Irae (Dies Irae, 1943) se trata de una de las películas más importantes de a la vez uno de los directores europeos más aclamados de la historia. Sin embargo, lo cierto es que en su momento el filme por poco no vio la luz. Y es que después del desastre comercial (que no artístico) que supuso Vampyr (Vampyr, 1932) a Dreyer se le daba prácticamente por perdido. Finalmente, después de más de una década sin dirigir, la productora Palladium le ofreció un proyecto a Dreyer, una adaptación de la obra noruega titulada Anne Pedersdotter, del noruego Hans Wier-Jenssen, estrenada en el 1908 y basada en un caso real de brujería (es decir, juzgada y condenada como tal).

Como no podría ser de otra manera cuando estamos hablando de Dreyer, la película contiene el debate religioso como el eje fundamental de la película, sobre la que se desvían las diferentes subtramas. La película tiene también bastantes similitudes con otro filme realizado por Dreyer, como es La Passion de Jeanne D’Arc (La pasión de Juana de Arco, 1928). En ambas películas nos encontramos con un tribunal que condena a mujeres por considerarlas brujas, aunque si en La pasión de Juana de Arco esto ocupa todo el arco central del filme, en Dies Irae nos encontramos con una mayor multitud de temas. En Dies Irae, el protagonista es Absalom, un hombre ya adulto que se casa con una mujer mucho más joven que él. La madre de Absalom ve con malos ojos la relación entre ambos, y durante toda la película seremos testigos de sus intentos de boicot. Además para irrumpir la tranquilidad del hogar, retorna el hijo pródigo de Absalom, Martin, que rápidamente queda prendado de la joven esposa de su padre. La tragedia está servida.

No podemos tampoco obviar que la película está rodada en plena segunda guerra mundial, lo que algunos críticos han relacionado con el propio discurso del filme. Así, Dies Irae sería un alegato contra el nazismo y la devastadora persecución de estos contra aquellos considerados como subhumanos (Üntermenschen). En realidad, el propio Dreyer renegó de esa visión en un primer momento, aunque si podríamos decir que en líneas generales la película se hace eco de la barbarie a la que puede llegar la incomprensión del hombre. Ósea, el filme va más allá de un período concreto, convirtiéndose en una obra atemporal. Por otra parte, reducirla a una única dimensión sería minusvalorar la pieza, porque precisamente, una de las grandes bazas del filme está en la ambigüedad con la que afronta Dreyer una gran cantidad de temas (especialmente, en cuanto a la moralidad de sus personajes se refiere).

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Ya en el momento de su estreno la película fue calificada de tediosa y lenta. Unas críticas injustificadas que además ignoran el estilo de Dreyer, quien se toma su tiempo para ir preparando el clímax. La película como ya hemos comentado toca numerosos temas. El más obvio es el ya comentado de la intolerancia contra todo aquel que sea diferente, pero hay más. Dies Irae es una película tan inteligente que no se dedica a señalar con el dedo, haciendo el camino fácil al espectador para que vea quienes son los malos y quienes los buenos. Al contrario, en la línea del cineasta, la película muestra a los personajes protagonistas como totalmente humanos, por la gran galería de contrastes positivos y negativos que demuestran. Es el caso de Absalom, que es una persona bondadosa pero cobarde y que permite el fallecimiento de una inocente (por salvarse a sí mismo). Pero sin duda, el personaje más interesante es el femenino, el de la mujer de Absalom, interpretada por Lisbeth Movin. Casada a la fuerza, se contiene y guarda en si todo el rencor hacía su marido, hasta que finalmente explota y carga contra él. Interesante en cuanto Dreyer nos muestra como una fémina con personalidad potente era fácilmente clasificada de bruja en aquellos momentos.

Dies Irae tiene una estética apabullante, que hasta un neófito no aficionado al cine puede reconocer fácilmente. La película parece inspirarse en la pintura de Rembrandt, pero no en aquella mitológica en la que el genio holandés se dedicaba a burlarse de las antiguas fábulas griegas, sino la pintura de Rembrandt mucho más oculta al gran público, especialmente en grabados sobre el antiguo testamento, donde en ocasiones nos encontramos con atmósferas que aplastan a sus personajes, como un aire pesado que degrada la condición humana de nuestros protagonistas. Los célebres claroscuros del pintor pueden observarse en muchos fotogramas de la película, y esta fotografía que firma Carl Andersson se asimila muy bien con el discurso de Dreyer.

Por cierto, en la película suena la partitura que compuso el músico Hector Berlioz y que Dreyer trata de una manera tan magnífica que consigue poner los pelos de punta. Se trata de la música que el coro de niños canta en el momento en que la bruja es quemada en la hoguera. Para quien no lo sepa, esta música fue posteriormente adaptada por Wendy Carlos para el inicio de The Shinning (El Resplandor, 1980), así que parece obvio que Kubrick viera la película de Dreyer.

 

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